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Luis Herrero Goldáraz

¡Ay, qué moción!

Va a ser verdad que en el mundo a veces ocurren cosas que ni en los guiones de Hollywood.

Luis Herrero Goldáraz
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Tenía que ganar el Madrid para que la semana terminase con los ánimos equilibrados. Los aficionados del Barsa habían disfrutado al menos de la tradicional goleada europea de fase de grupos, por lo que el empate en el Clásico hubiese dejado la cosa un tanto desnivelada. Antes no lo sabíamos, pero a toro pasado parece evidente que así son las cosas y así tenían que pasar. Ni siquiera importa que se acumulen los indignados que, como el niño que llora porque prefiere el regalo de navidad de su hermano, defienden que no es comparable que te pinte la cara el Shakhtar con ganarle al eterno rival gracias a un penalti que blablá. Yo no sabría decir si el subidón del Camp Nou compensa del todo el vértigo que nos invadió el miércoles, en ese momento en el que caímos en la cuenta de que igual este año nos toca perder en cuartos de Europa League contra Mourinho. Lo que sí sé es que necesitábamos esto más que los culés. Y eso es suficiente. Hace dos días, los aficionados blancos estábamos a punto de saltar de la azotea, pero ha llegado Lucas Vázquez para convencernos de que la vida puede tener sentido aunque nos hayamos quedado sin laterales derechos en octubre. Va a ser verdad que en el mundo a veces ocurren cosas que ni en los guiones de Hollywood.

Como que aparezca Iglesias para decirle a Casado que su discurso le ha parecido brillante. La intervención del líder del PP pilló tan a contrapié a la Cámara que el aplauso les tuvo que salir a todos como un acto reflejo. No es que al Gobierno le venga necesariamente bien a largo plazo este nuevo posicionamiento de los populares, pero Koeman también felicitó automáticamente a los jugadores blancos antes de darse cuenta de que está obligado por contrato a denunciar que el VAR sólo entra en escena para perjudicar al Barsa. Lo que tienen los trabajos en los que se cobra por mentir es que uno debe ser fiel a su papel aunque sepa que nadie se va a tragar el farol. A día de hoy la apuesta es que lo que celebraron desde la bancada azul fue la definitiva división de la derecha, pero nadie quita que mañana tal vez se encuentren teniendo que tildar de extremistas, por ver si cuela, a los democristianos resucitados del PP y a los socialdemócratas rescatados por un Ciudadanos que nunca se ha encontrado en mejor posición para robarle la tostada al PSOE abducido por el sanchismo. Es cierto que el partido de la legislatura acaba de empezar y que puede pasar de todo con los jugadores que tenemos sobre el campo. Lo que pasa es que si Lucas Vázquez puede desequilibrar un Madrid-Barsa uno ya tiene que estar preparado para cualquier giro inesperado de guión.

Más allá de todo eso, a medida que avanzaba la semana me fui dando cuenta de que el mejor titular para describirla lo había escrito Gistau hace años. Él lo utilizó para hablar de una moción que jamás llegó a celebrarse y yo se lo robo para mencionar una que nadie se explica que se haya podido celebrar. Durante dos días han ido desfilando los políticos para quejarse en alto del tiempo que se han visto obligados a perder innecesariamente en mitad de una pandemia, como yo cuando le echaba la culpa de mis malas notas al profesor y no a haber procrastinado durante todo el semestre. Al menos la cosa se ha puesto emocionante. Por un momento hasta parece que se ha resquebrajado esa dinámica que obligaba a la gente a radicalizarse para compensar la radicalización de los de enfrente. Falta por ver cómo se irá desarrollando el nuevo estado de alarma y si la entente autodenominada demócrata, pese a aglutinar a los partidos más fascistas del país –por utilizar la terminología más extendida–, podrá resistir sus contradicciones internas otra vez. El balón sigue rodando pero, como poco, se nos ha quedado un partido de los que dejan sin uñas.

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