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Luis Herrero Goldáraz

Crimen y condena

Otras miserias son expuestas con agrado, pese a todo. Pienso en la satisfacción que muestran algunos al condenar sin pruebas, o con pruebas, a inocentes y a culpables.

En todas las calles de Madrid existe todavía una doña Rosa que viene y va por entre las mesas, hace tropezar a sus clientes con su trasero inmenso y exclama, harta ya de repetirlo, que lo único importante es no perder la perspectiva. Y si no existe doña Rosa, extinta ya como aquella España novelada por Cela, existe Paco, el del estanco. O Juan, que recorre con su taxi este pantano de sonámbulos. Rafa, el portero que custodia mi edificio. O Yésica, la chica de coleta alta que pone los cafés en la franquicia de la esquina, la que tiene un local al lado de otras tantas, en la calle en la que antes yo solía coger el bus. También existe Teresa, con su falda ejecutiva y su rutina de abogada. O Manuel, que nadie sabe lo que hace para vivir con tanta holgura. Ahora que voy en metro, reconozco que hace tiempo que no contemplo las fachadas como las dibujaría Ibáñez en 13, Rue del Percebe, ni me imagino qué cantidad de historias morirán todos los días en silencio, detrás de las cortinas, entre todas las paredes que nos separan, nos organizan y nos salvan.

Desde que voy en metro, sí, he dejado de entretenerme imaginando nuestra vida como la de una colmena. Y no entiendo por qué, si no hacen falta las fachadas para darse cuenta de que cada cabeza es una celda y cada mirada una ventana que encierra opaca nuestra inaccesible habitación. Lo recordé todo el otro día, cuando pasé corriendo por Serrano y no pude quedarme a ver qué sucedía en esa acera, con tanta cámara y tanto micro y tanto lío alrededor. Descubrí después que en aquel edificio vivía un marqués, apodado ahora el fascista, y que aquella misma tarde había matado a su pareja y a otra mujer segundos antes de pegarse un tiro. Desde entonces, cada vez que paso por ahí me quedo un rato contemplando la fachada, como solía hacer, le doy vueltas a la cantidad de historias que mueren en silencio detrás de las cortinas y me voy sin ganas de seguir mirando cada casa como si fuese una viñeta aislada. A veces se me viene a la cabeza James Stewart, en La soga, y pienso que hace falta ser muy sagaz para intuir la maldad que ocultan las entretelas de la civilización. Si algo me ha quedado claro en estos días es que es casi imposible imaginar lo que no se puede ver, y que por eso casi nunca nadie piensa que podría estar cenando sobre el baúl que guarda el cadáver de su amigo. Tampoco que algunas personas viven amenazadas a un timbrazo de nosotros. O que la única oportunidad de descubrir la miseria de los demás suele abrirse después de los disparos, cuando ya hasta la condena llega demasiado tarde.

Otras miserias son expuestas con agrado, pese a todo. Pienso en la satisfacción que muestran algunos al condenar sin pruebas, o con pruebas, a inocentes y a culpables. Actúan como si la condena no fuese siempre una mala noticia; como si hubiese que celebrar la cacería del culpable en lugar de lamentar la pérdida del inocente. Mirado así, puede que sea una broma del destino que una política se haya visto obligada a reivindicar su presunción de inocencia la misma semana en la que han sido asesinadas dos mujeres a manos de uno de esos hombres a los que no habría dudado en tirar al cajón de sastre de la infamia, con pruebas o sin ellas para hacerlo. La ley condena e imparte las penas para que nadie reciba el veredicto antes de tiempo, pero también para que nadie usurpe sus funciones judiciales nunca. Para mí, las personas admirables son las que no quieren juzgar ni condenar, aun con pruebas para hacerlo. Las que usan sólo la moral para aceptar el castigo que les corresponde a ellas. En semanas como esta, recuerdo siempre las palabras de mi padre: "Si algo no soporto es a esa masa que acude a las puertas del juzgado a insultar a los condenados, como si hubiese gente sin opción de redimirse".

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