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Luis Herrero Goldáraz

Salvar al cabrón

Tenemos tantas ganas de redimir al villano como de ver caer al santo.

Luis Herrero Goldáraz
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Hace mucho tiempo que me ronda la cabeza una idea que sólo me parece buena porque estoy casi seguro de que podría expresarse de alguna forma muy sonora. La idea es que en el eterno dilema moral entre el bien y el mal sale más a cuenta lo segundo, ya que al fin y al cabo siempre es preferible redimirse en una última acción desesperada que sentenciarse con un tropiezo final. Me explicaré mejor: entre Darth Vader y la psicópata de los dragones, todos preferimos a Darth Vader. El caso es que es algo que se me ocurrió un día viendo Crónicas Vampíricas y no había podido soltarlo hasta ahora, que por fin he leído El Quijote y ya tengo referencias de verdadero intelectual.

Pregunta para eruditos cervantistas: ¿a nadie más le sorprende que el hijo de la gran puta de don Fernando, desvirgador de campesinas y usurpador de prometidas ajenas, tarde exactamente tres líneas en convertirse en todo un referente moral? No sé, igual es cosa mía, pero no deja de resultarme curioso que durante medio libro uno esté deseando leer el desenlace entre Cardenio y su antiguo amigo –imaginando todo tipo de venganzas montecristinas– y después vaya y resulte que don Fernando hasta mola más. Porque eso es al menos lo que se desprende del hecho de que, sin venir a cuento, se convierta de repente en el líder al que se aferran todos los que no saben lidiar con las locuras del Quijote. ¡Pero por Dios, si hasta hace dos segundos era odioso! No nos engañemos, lo más humillante que le pasa a Cardenio en la primera parte del Quijote no es volverse loco y vagar semidesnudo por los bosques de Andalucía pegando a los pastores. Tampoco que todo eso fuese provocado por que su supuesto amigo se la hubiese jugado raptando a traición a su prometida. Lo más humillante que le pasa es que después, hechas las paces, vaya el cabrón de don Fernando y encima le condene a pasarse el final del libro en un segundo plano atroz. Algo deberíamos aprender de todo esto.

Viendo Crónicas Vampíricas, he dicho, me di cuenta de que lo mismo que había hecho Fernando con Cardenio era lo que le estaba haciendo Damon a Stefan –el vampiro malo al vampiro bueno, para entendernos–. La verdad es que es una historia bastante triste. Tiene que ser jodido que una horda de guionistas se curren una serie entera para convertirte en el sueño erótico adolescente de toda una generación y que de repente llegue tu antagonista y te robe el pastel. Dan incluso ganas de sentir lástima por él, aunque tampoco tantas como para compadecerle del todo. Porque, siendo sinceros, uno puede ser bueno o malo –y redimirse–, pero lo que nunca debería tener permitido es ser soso. Si de alguna forma has pasado de ser el protagonista a pelear tus líneas de relleno con el actor secundario número cuatro es que algo has hecho mal. No hay que darle muchas más vueltas al asunto.

Pero volviendo al tema del bien y el mal, que en el fondo no hemos abandonado, me parece curioso que una sola acción pueda llegar a redimir toda una vida de fechorías y depravación. Es algo que dice mucho del ser humano, que parece estar deseando salvar a los hijos de puta a poco que pongan de su parte. Tenemos tan poca memoria que por mucho asco que nos haya dado alguien, o incluso por mucho dolor que nos haya podido provocar, basta un pequeño cambio en su actitud –o incluso simplemente en el paisaje que le rodea– para que la imagen que nos había proyectado varíe por completo. Creo además que eso debe de ser algo que se aprende en primero de política, y por eso, en realidad, los actores de la Cámara me parecen personajes fascinantes. Su vida consiste básicamente en saltar a la comba con la delgada línea que separa la condena de la salvación popular. En la mayoría de las ocasiones sólo tienen que terminar su andadura pública sin una mancha mediática del tamaño de Wisconsin para permitirse descansar durante los años postreros sin las incomodidades del escarnio. Pero es que además, aunque las cosas les fuesen mal, aún les quedaría el truco marrullero de colocar un pie en cada lado de la frontera. Por eso es tan sencillo encontrar casos de dirigentes atacados y ensalzados simultáneamente. A veces pienso que debe de ser una gozada currar sabiendo que nada de lo que hagas importa demasiado de cara al futuro de tu imagen. Otras me doy cuenta de que igual es todo lo contrario, quién sabe. Las personas, al fin y al cabo, tenemos tantas ganas de redimir al villano como de ver caer al santo. Además, hemos demostrado ser capaces de esperar el tiempo que haga falta para saciar esa sádica necesidad. La única conclusión lógica entonces es que en realidad da igual que uno viva o muera con su fama. Lo difícil es saber lo que harán en el futuro con nuestras estatuas.

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