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Luis Herrero

Tortazo a la vista

Cs estuvo muy cerca de liderar una derecha huérfana y lo habría conseguido si Rivera no se hubiera convertido en el repelente niño Vicente.

Luis Herrero
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Cs estuvo muy cerca de liderar una derecha huérfana y lo habría conseguido si Rivera no se hubiera convertido en el repelente niño Vicente.
Albert Rivera, en una imagen de archivo. | EFE

Atención: hay un partido que va camino de hacerse papilla en las urnas de noviembre. Hace poco más de un año era el favorito de las encuestas. La moción de censura —la del bolso en el escaño de un Rajoy beodo— le cambió los planes. Disipó de momento el sueño de liderar el país pero le abrió la oportunidad de liderar una derecha huérfana, malherida, desideologizada y deprimida. Estuvo muy cerca de conseguirlo. Tal vez hubiera podido lograrlo si su líder, Albert Rivera, no hubiera adoptado el papel de repelente niño Vicente que le vimos en los debates y en la campaña electoral. Sabía más que nadie, le quitaba la palabra a todo el mundo, daba pellizcos de monja a derecha e izquierda, ponía cara de estreñido cada vez que le llevaban la contraria y se arriscaba en el no es no a demasiadas cosas. Si el espejo en el que siempre se quiso mirar —Adolfo Suárez— hubiera estado vivo, le habría mandado al encerado, con orejas de burro, a copiar cien veces el lema, no escrito, de su escudo de armas: simpatía y utilidad. Rivera se olvidó de ambas.

El sueño de Suárez, una vez que UCD saltó por los aires, consistía en sacar al mercado una marca que fuera capaz de usurparle a los partidos nacionalistas —CiU y PNV— la prerrogativa del chantaje en la negociación de las mayorías. Nada hizo avanzar tanto, y tan deprisa, el hambre de independencia de vascos y catalanes como la ausencia de una bisagra nacional que fuera capaz de garantizar la gobernabilidad, a izquierda y derecha, en época de mayorías relativas. Esa fue la razón de ser del CDS. La ley electoral que padecemos, diseñada a propósito por el propio Suárez para favorecer el bipartidismo, sinónimo entonces de estabilidad, y contentar a los nacionalismos, sinónimo entonces de tranquilidad, hizo imposible que su esfuerzo fructificara. Rivera volvió a intentarlo, años más tarde, en un contexto distinto. La sociedad española se hartó del mangoneo bipartidista del PSOE y PP y el nacionalismo se quitó la careta y dejó ver su verdadero rostro independentista. Las cosas, a Rivera, se le pusieron a huevo. Tanto, que el mal de altura le obturó la mente.

Es tristemente posible que Rivera crea que Ciudadanos ha prosperado durante este tiempo gracias a él, y que nadie haya sido capaz de convencerle de que lo ha hecho a pesar de él. Su jactancia cesarista lastró la altura de crucero del partido en los momentos mejores y será plomo en las alas que acelere su entrada en barrena. Cuando al fin se ha dado cuenta de la mala situación en que su falta de olfato (siempre creyó que habría acuerdo PSOE-Podemos) y su ambición personal (siguió jugando a ser el líder de la derecha tras el fiasco del sorpasso) han puesto a Ciudadanos, se ha aprestado a rectificar con la misma jactancia cesarista con que promovió los errores que le han traído hasta aquí. Sin debate previo, por el socorrido artículo 33, acaba de anunciar que convierte la gobernabilidad de España en su prioridad y que está dispuesto a pactar a derecha e izquierda para garantizarla. El anuncio llega tarde y mal. Por primera vez, una encuesta —El Confidencial— lo coloca como quinta fuerza. Por detrás de Vox. Va a perder más de dos millones de votos y casi 30 escaños.

Que algo tenía que hacer, dadas las circunstancias, estaba claro. ¿Pero así? ¿Ahora? ¿Cuando está a punto de convertirse en un sumando inútil tanto para el PP como para el PSOE? Sánchez necesitará, grosso modo, 50 escaños para alcanzar la mayoría absoluta. ¿De qué le sirven los 30 de Rivera si son incompatibles —como son— con los 40 de Iglesias y Errejón? Me temo que el movimiento del líder de Ciudadanos es tan extemporáneo y está tan mal explicado que aún perjudicará más sus expectativas. Quienes no quieran ser comodines del PSOE se irán al PP y quienes no quieran irse al PP se refugiarán en la abstención. Tal y como están las cosas, hoy por hoy, Ciudadanos no es un partido útil. Y Rivera sigue siendo igual de antipático. ¡Ay, Dios, menuda leche le espera! Por otro lado, si votantes socialistas ven la nueva apuesta de Rivera como la antesala de un pacto de Sánchez con la derecha, votarán a Podemos o a Más País y dejarán el mapa político más complicado de lo que estaba. De caballo blanco a montura de Atila en cinco meses. Bravo, Albert.

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