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Marcel Gascón Barberá

Contra los penitentes de izquierdas

El otro día, mientras bebíamos y comíamos cosas caras en una casa magnífica con jardín, alguien sacó el tema de Trump

Marcel Gascón Barberá
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El otro día, mientras bebíamos y comíamos cosas caras en una casa magnífica con jardín, alguien sacó el tema de Trump
El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump. | EFE

El otro día, mientras bebíamos y comíamos cosas caras en una casa magnífica con jardín, alguien sacó el tema de Trump. Como es habitual en las reuniones sociales, la persona en cuestión habló del presidente estadounidense como si fuera un estúpido que está siendo un desastre para el mundo. Como también es habitual, hablaba convencido de que todos los que estábamos allí compartíamos su opinión sobre Trump, algo que nos vimos obligados a desmentir dos de los presentes con una breve relación de los logros con que el magnate neoyorquino está haciendo de su país y del mundo un lugar bastante mejor del que dejó su predecesor Obama.

La conversación se fue volviendo poco a poco más general, y el mismo que había traído a colación a Trump empezó a perorar sobre la crisis que a su juicio está viviendo un mundo libre cada vez más desigual que estaría condenado a morir por sus propias contradicciones internas. El problema principal de este declive es en opinión de mi interlocutor lo que él llamó la uberización de la economía global, que según su diagnóstico no estaría trayendo más que ruina y precariedad para los trabajadores mientras los ricos se forran a costa de los que doblan la espalda. Este fenómeno, continuó, se habría acentuado en los Estados Unidos desde la llegada a la Casa Blanca de Trump, y estaría avanzando peligrosamente en una Europa igualmente amenazada por las discrepancias sociales y la caída acelerada del nivel de vida de la mayoría.

Yo no sé mucho de economía estadounidense, pero objeté que algo de bienestar habrá traído quien presenta unas cifras de empleo (pre y post pandemia) tan espectaculares, y enseguida regresé a lo particular para argumentar que el problema de Europa es más un exceso que un déficit de regulación. En España, por ejemplo, nada ayudaría al bienestar general y la creación de empleo como una flexibilización radical del mercado laboral que permitiera a las empresas despedir (¡y por tanto contratar!) con más facilidad. También hice alusión a la mentalidad funcionarial que domina el pensamiento juvenil en España, donde buena parte de la población joven carece por completo de vocación y no aspira más que a jubilarse a los veintipocos sacándose plaza en la Administración.

Nadie concedió y el debate murió con quien lo inició advirtiendo del negro futuro del capitalismo y de un mundo occidental supuestamente agonizante como consecuencia de los abusos del capitalismo salvaje. Permítanme comentar que yo era probablemente el más pobre entre quienes participaban en la tertulia, y sin ninguna duda el más uberizado de todos, sin que ninguna de las dos cosas me suponga el menor problema mientras me permita pagar un alquiler, comer y beber a menudo fuera y viajar de vez en cuando a ver a la gente que quiero.

Vayamos ahora al pasado miércoles. Un amigo me había invitado a la presentación de un libro. Venía también su hijo, que tiene mi edad y se gana bien la vida en una empresa de informática (de eso que ahora llaman IT). Sentados en una terraza después del acto, el hijo se puso a lamentarse de los crecientes problemas sociales que desgarran a Occidente, para plantear después la necesidad de un cambio de sistema que nos libere no solo de la esclavitud del trabajo y la necesidad económica, sino del aburrimiento y la monotonía de nuestras vidas de oficinistas o trabajadores de fábrica.

Como parte de la solución propuso el conocido Ingreso Mínimo Vital. A los pocos minutos de empezar a argumentarle que no estamos tan mal, que tenemos libertad suficiente para buscar trabajar menos, que nadie te prohíbe en un sistema capitalista montar una comuna autogestionada y que la famosa paguita no traerá más que apatía y un conformismo letal, me cansé y me dije a mí mismo que no, que no podemos aceptar que se nos impongan estos términos victimistas de debate. Y me lancé en su lugar a una diatriba contra esa cansina penitencia en que quiere meternos la izquierda y que acabará, ella sí, si la interiorizamos, matando de tristeza y de culpa este modelo de convivencia y progreso que tanta libertad y exuberancia nos trae.

Porque no me convencerán ni me harán decir que donde hay luz hay oscuridad, ni me quitarán la alegría de disfrutar de todo lo bueno siendo consciente de a qué y a quién se lo debo.

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