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Mario Noya

Biden el Destructor: del MAGA al MAPA

Cómo estará siendo el arranque de la Presidencia Biden que Alexandria Ocasio-Cortez, la Irene Montero que les ha caído encima a los useños, no cabe en sí de gozo.

Mario Noya
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Cómo estará siendo el arranque de la Presidencia Biden que Alexandria Ocasio-Cortez, la Irene Montero que les ha caído encima a los useños, no cabe en sí de gozo.
El presidente de EEUU, Joe Biden. | EFE

Cómo estará siendo el arranque de la Presidencia Biden que Alexandria Ocasio-Cortez, la Irene Montero que les ha caído encima a los useños, anda proclamando satisfecha: "Creo que la Administración y el presidente Biden han superado las expectativas que tenían los progresistas". Los progresistas, ya saben, los que quieren pasar del America First de Trump a su America Last y del MAGA, Make America Great Again, al MAPA, donde la G de Grande se convierte en la P de Pobre, miserable.

Cómo piensan hacerlo. Gastando como nunca (¡6 billones!), subvencionando todo, regulando a mansalva, apostando a muerte por las energías limpias que son una estafa, acogotando a los sectores productivos de la economía y crujiendo hasta lo indecible al contribuyente, con una subida de impuestos abracadabrante.

Seguro que no les suena.

Como su semejante Manuela Carmena, la Magdalena(s), el viejo y apacible Joe, taaan moderado, ya no necesita engañar al electorado más parvo, se ha quitado la careta y… ¡resulta que es el Kraken, también aquí a Trump le ha ganado por la mano! Es el presidente más (ultra)izquierdista de la historia de EEUU, alertan los críticos. ¿Pretende instaurar una versión corregida y aumentada del Big Government de Roosevelt y Johnson? "Se está produciendo una transformación fundamental de la implicación del Gobierno en la sociedad", admite Robert Creamer, estratega demócrata muy bien conectado con la Casa Blanca que exulta: si tiene éxito, será "el presidente más transformativo [el palabro es suyo] desde FDR".

Al viejo y taimado y falsario Joe, traidor al electorado al que se presentó como el mismísimo Centro Centrado de la nación, le sobra desvergüenza pero no tiempo, porque las elecciones de mitad de mandato están a la vuelta de la esquina, otoño del 22. Y resulta que ahí es casi norma que el partido del presidente se pegue un buen costalazo y pierda la mayoría en una de las Cámaras legislativas o incluso en las dos. Para colmo, y pese al trato lewinskiano que recibe de la prensa ya de nuevo mainstream y no mainscream como en tiempos de DT (el otro día una Monica de nombre Yamiche Alcindor y 34 añazos tuvo los ovarios de decirle a su Bill, en plena rueda de prensa, que la formidable crisis migratoria que padece EEUU ahora mismo en su frontera sur se debe a que los inmigrantes le perciben como un tipo "moral y decente" que se hará cargo de ellos), Biden parte con la macanuda desventaja de ser el mandatario peor valorado a estas alturas de mandato en mucho, mucho tiempo, nada menos que desde Ford y excepción hecha de Trump, nazificado por la prensa goebbelsiana que en el pecado lleva la penitencia: los que vivían tan bien de decir que con Trump todo mal, ahora lo pasan fatal porque la audiencia les ha dado despiadadamente la espalda.

¿En qué confía Biden para superar la ordalía de las midterm? En que los electores afronten 2022 como afrontaron 2002, como un año de resurrección después de un golpe devastador, y le den un voto de confianza, al socaire de la recuperación económica de unos EEUU por fin recuperados de la pandemia. "La economía está yendo muy bien", dice sin vergüenza el senador demócrata Joe Manchin. "Eso ayuda mucho. Con independencia de quién gobierne, cuando la economía está fuerte, la gente trabaja y está contenta y esperanzada, así que debería ir bien".

La economía va bien porque antes de la pandemia iba de maravilla gracias a las políticas de Donald J. Trump, que beneficiaron extraordinariamente a las minorías y a las rentas más bajas, como destacó el senador republicano Tim Scott (¿un negro linchado por demócratas? Me pinchas y no sangro) en su antológico discurso de réplica al que asestó Biden al Congreso la semana pasada con motivo de sus cien primeros días de mandato, en el que por supuesto Crooked Joe se atribuyó lo que no debía: tanto la recuperación económica como lo que la está haciendo posible, la masiva campaña de vacunación que debe todo a la operación Warp Speed, lanzada contra viento y marea ¡demócrata! por su predecesor.

Un tipo moral y decente, sí. El padre de Hunter. Menuda joya.

***

"Es la fórmula tácita de Biden", informa Axios. "Habla como un afable hombre de consenso y actúa como un despiadado sectario". [...] Habla como un moderado y actúa como un radical. Habla de normalidad y procede como un revolucionario. (...)

(...) Transcurridos cien días de la Presidencia Biden, apenas hay un aspecto de la vida americana que [el presidente] no esté tratando de alterar. (...) quiere gastar 6 billones [trillions] de nuevos dólares, subir los impuestos a su mayor nivel en tres décadas, (...) convertir el Senado en la Cámara de Representantes y la Corte Suprema en el Senado; supervisar la intervención federal de los procesos electorales y de la Policía; obligar a sindicalizarse al mayor número posible de trabajadores, mientras proscribe el derecho al trabajo (...) Es como si, tras ser elegido presidente después de llevar 50 años en política, Joe Biden hubiera decidido impulsar todo aquello que no ha podido sacar adelante su partido.

La arrogancia que despliega es tan abrumadora como alarmante. Joe Biden ganó la Casa Blanca por unos 40.000 votos. El Senado está empatado 50 a 50. Los demócratas perdieron un montón de escaños en la Cámara de Representantes y para nada consiguieron avances en los estados. ¿Quién en su sano juicio cree que el electorado dio a Washington DC una señal para que arramblara con el mapa político?

(Charles C. W. Cooke, "Los cien primeros días de Biden: la radicalidad de la Presidencia demuestra que su campaña fue un fraude", National Review).



La prensa apenas se inmuta ante las manifestaciones indignantes de los altos cargos de Biden, como las de la embajadora ante Naciones Unidas, Linda Thomas-Greenfield, según la cual "el pecado original de la esclavitud injertó la supremacía blanca en nuestros textos y principios fundacionales". Abraham Lincoln, que en su Discurso de Gettysburg afirmó: "Nuestros padres alumbraron en este continente una nueva nación, concebida en libertad y comprometida con la proposición de que todos los hombres son creados iguales", se hubiera llevado una sorpresa. (...) [La América de Biden] es una América que mide el progreso no por la creciente adherencia a sus principios fundacionales sino por el apartarse desdeñosamente de ellos.

Al describir la Constitución como un texto del supremacismo blanco, los altos cargos de Biden pueden justificar su deslealtad hacia ella. En nombre de la equidad, pueden traspasar sus límites y cambiarle el significado. Los planes de Biden de copar la Corte Suprema se basan en gran medida en este sentimiento de tener derecho a ello. Al afanarse en dotarse de una Constitución viva que suplante a la auténtica, Biden pretende expandir el poder de la Judicatura. Necesita más activistas progresistas en la Corte Suprema para sortear la molesta resistencia de la ciudadanía. Si Biden se sale con la suya, lo que Lincoln denominó el "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" estará condenado. Perecerá a manos de déspotas con toga para los que el desarrollo de los derechos precisa de la supresión de la democracia.

(George Neumayr, "El funesto arranque de Biden", The American Spectator).

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