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A rey puesto, rey depuesto

La historia del efímero reinado español de Amadeo I, dos años, dos meses y siete días, fue un continuo de incomprensiones, malos entendidos, conjuras, desprecios, deslealtades y traiciones.

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Matar a Juan Prim i Prats fue solo la primera parte de un proyecto de retorno a un viejo orden que el general y Jefe de Gobierno intentaba subvertir para conducir a España por sendas de progreso y modernidad, que chocaban frontalmente con los intereses y objetivos de la clase dominante en la práctica totalidad de sus sectores. Si a Prim lo liquidaron a trabucazos, con el sucesor que él había impuesto, el rey Amadeo I de Saboya, decidieron que lo mejor era hacerle la vida tan imposible hasta que él mismo se viera forzado a suicidarse políticamente.

Entre la democracia y la chusma

Poco antes de su abdicación, y con motivo de una reunión de gobierno a propósito de un conflicto de competencias planteado por un grupo de artilleros, Amadeo I de Saboya mantenía una tensa reunión con el presidente Ruiz Zorrilla y el ministro de Gracia y Justicia, Cristino Martos. Al cónclave asistía la reina consorte, María Victoria dal Pozzo della Cisterna, con el único fin de solventar los problemas de comprensión de Amadeo, habida cuenta de que su egregio esposo no había conseguido dominar el idioma del pueblo sobre el que reinaba y no acaba de entender los pormenores de lo que allí se debatía. Ambos políticos, enfrascados e inmersos en un torticero juego de intereses, plantearon al rey la necesidad de que aceptara las normas del Congreso de apoyo a la democracia, como si él mismo no lo hubiera hecho con anterioridad de manera clara y rotunda. Ante un planteamiento tan vil, la reina, en la única intervención política que se conoce a lo largo de su corta estancia en España, le espetó a don Manuel Ruiz Zorrilla: "No se confunda usted; esto que hay aquí no es democracia, esto es chusma". Dicen que el presidente del Gobierno, quien había jurado defender la monarquía amadeísta aún a costa de su vida, dio un puñetazo en la mesa y gritó un "¡Viva la República!", que sonó al punto final de un proyecto en el que don Amadeo había puesto alma, corazón y vida, y cuya constatación se haría pronto letra de abdicación y renuncia.

Malvenido y efímero

La historia del efímero reinado español de Amadeo I, dos años, dos meses y siete días, fue un continuo de incomprensiones, malos entendidos, conjuras, desprecios, deslealtades y traiciones.

Elegido democráticamente por el Parlamento en sesión extraordinaria de 16 de noviembre de 1870, Amadeo no acabó de encajar en el gusto de casi nadie. Los "alfonsinos" lo consideraban un advenedizo y un accidente en la línea continuista borbónica; los "montpensieristas" lo señalaban como directo culpable de haberse interpuesto en el camino hacia el trono de Antonio María Felipe de Orleans, duque de Montpensier; los carlistas lo repudiaban por liberal y por tener ellos listo y preparado a su propio soberano; los republicanos renegaban de él como continuador del régimen monárquico; la nobleza y la aristocracia lo miraban por encima de hombro como a un extranjero advenedizo, ajeno a sus rancios valores de la raza hispana; la Iglesia católica abominó de él desde el principio, tanto por la situación de precariedad en la que su padre, Víctor Manuel II, primer rey de Italia, había dejado al Vaticano, como por su personal política de apoyo a las desamortizaciones, hasta el punto de que algunas autoridades eclesiásticas se negaron a jurarle fidelidad; y el pueblo siempre le vio como algo ajeno, fundamentalmente por su incapacidad o su nulo deseo de aprender español. Para terminar de enfangar el oscuro panorama, tres días antes de su desembarco en Cartagena, su principal y casi único valedor, el general Juan Prim, había sido asesinado en la madrileña calle del Turco, casi al mismo tiempo que en Cuba se daba el primer grito independentista de Yara y los elementos políticos que le apoyaban se dividían, constituyendo agrupaciones distintas bajo la dirección respectiva de Sagasta y Ruiz Zorrilla.

Así las cosas, Amadeo I de Saboya llegó sólo a Madrid (su esposa María Victoria dal Pozzo della Cisterna, VI princesa de La Cisterna y de Belriguardo, se había quedado en Italia reponiéndose de su reciente segundo parto) el 2 de enero de 1871, para dirigirse inmediatamente a la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, donde se velaba el cadáver de Prim. Luego se dirigió a Palacio, donde, espantado ante el frío polar de las grandes estancias, acabó instalándose en una pequeña sala que hasta entonces se había utilizado para el servicio. Durmió como pudo y se levantó temprano con la intención de ordenar que se iluminaran sus aposentos y que se le sirviera el desayuno, pero el servicio aún no había saltado del lecho y las cocinas no estaban, por supuesto, encendidas. Al poco, el marqués de Dragonetti, su ayudante, secretario y amigo, fue informado de que la costumbre era servir al rey el desayuno a las once de la mañana. En respuesta, éste les dijo: "Eso era antes. Su Majestad es un Saboya, y si no está listo el desayuno desayunará fuera", de manera que Amadeo y su secretario hubieron de lanzarse solos a la calle tratando de encontrar algún lugar donde tomar algo. Acabaron en el Café de París de la Puerta del Sol, donde desayunaron a la inglesa, unos huevos revueltos sobre una tostada de pan, lonchas de jamón serrano y unas salchichas.

A pesar de que la cosa se inició con un desplante, al rey le debió gustar la experiencia y a partir de aquel momento y hasta su abdicación se convirtió en un asiduo de los cafés capitalinos. Siguió yendo al Café de París a desayunar o a tomar una copa de grappa, y con mucha más frecuencia a almorzar o a cenar en el Café Fornos. En ambos establecimientos tenía a su disposición los cigarros Virginia que le entusiasmaban, como después los tendría en el hotelito de la Castellana, testigo de sus citas amorosas con la Dama de las Patillas, la hermosa Adela de Larra Wetoret, la niña que con solo seis años descubrió el cadáver de su padre, el escritor Mariano José de Larra, Fígaro, y que fue su amante más duradera.

El adiós a un proyecto imposible

A los desprecios y ninguneos que recibía desde su entronización la real persona, se fueron sumando las ofensas a la reina María Victoria, que era despreciada por las damas de abolengo a la menor oportunidad.

La primera afrenta nos la cuenta Sainz de Robles: "... las damas de la aristocracia, borbónicas, fanáticas, brillaron... por su ausencia en todas las recepciones y capilla palatinas organizadas por la Reina y aún quisieron ofenderla cierta tarde, en el Paseo de la Fuente de la Castellana, paseando, en landós de lujo, tocadas con la clásica mantilla española como dando a entender que no abdicaban de su casticismo y que repudiaban los nuevos métodos palatinos". El párrafo se refiere a la llamada "Rebelión de las Mantillas", manifestaciones que durante los días 20, 21 y 22 de marzo de 1871 fueron protagonizadas por mujeres pertenecientes a la aristocracia madrileña, ataviadas con mantilla española y lideradas por la influyente princesa Sofía Troubetzkoy, cuyo fin fue el de mostrar el españolismo, el tronío y la majeza hispanas, a la vez que el apoyo a la Casa de Borbón y al futuro Alfonso XII.

Al menos, este desaire de pésimo gusto a la soberana tuvo una réplica por parte del empresario teatral Felipe Ducazcal, quien, y sigue contando Sainz de Robles: "... en otro landó despampanante, llevando a uno y otro lado suyo a dos furcias de mucho postín, se estuvo paseando igualmente, como dando a entender a las ridículas aristócratas que tanto o más que ellas valían aquellas ‘horizontales’ tan elegantemente vestidas, ensombreradas y alhajadas".

La última de las afrentas, tuvo sin duda mucho más calado. María Victoria dio a luz a su tercer hijo, el infante Luis Amadeo, el 29 de enero de ese año y de lo que siguió a continuación nos da cuenta María Emilia González Sevilla: "... el día del bautizo del príncipe, ninguna noble dama se ofreció a llevar a la pila al recién nacido como era costumbre antaño, cuando las madres no asistían a la cristianización de sus hijos porque guardaban cama largo tiempo. Lo hizo, al fin la duquesa de Prim, su antiguo valedor. El banquete que se organizó en palacio para celebrar tan fasto acontecimiento tuvo más de fúnebre que de alborozante. Se había dispuesto una mesa para cincuenta comensales, pero faltaron más de veinte invitados con diferentes excusas. La embajadora portuguesa y la duquesa de Parma lloraron a escondidas por el desprecio de la nobleza española a los reyes".

La llegada a un punto de no retorno

A comienzos del año 1873, la situación de Amadeo era ya de todo punto insostenible y el 11 de febrero de ese año redacta una carta al Congreso en los siguientes términos:

Grande fue la honra que merecí a la Nación española, eligiéndome para ocupar un trono. Creí que la corta experiencia de mi vida en el arte de mandar sería suplida por la lealtad de mi carácter, y que hallaría poderosa ayuda para conjurar los peligros y vencer las dificultades que no se ocultan a mi vista en la simpatía de todos los españoles amantes de su patria...Conozco que me engañó mi buen deseo. Dos años largos hace que ciño la Corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetran los males de la Nación, son españoles, todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tantas opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía, hallar el remedio a tantos males. Lo he buscado ávidamente dentro de la ley, y no lo he hallado. Fuera de la ley, no ha de buscarlo quien ha prometido observarla. Éstas son, señores Diputados, las razones que me mueven a devolver a la Nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo renuncia de ella por mí, por mis hijos y sucesores. Estad seguros de que, al desprenderme de la Corona, no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarle todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía.

A mediodía de ese mismo día, 11 de febrero de 1873, uno de los más fríos de los últimos inviernos, Amadeo estaba empezando a almorzar en un reservado del Café Fornos, cuando su secretario Dragonetti vino a traerle la respuesta que le daba la Cámara. Redactada por el diputado Emilio Castelar, algunos de sus párrafos resultan todo un alarde de cinismo: "... el conocimiento que los señores diputados tienen del inquebrantable carácter de V.M.; la justicia que hacen a la madurez de sus ideas y a la perseverancia de sus propósitos, impiden a las Cortes rogar a V.M. que vuelva sobre el acuerdo". Tras la lectura del texto, Dragonetti informó a su rey de que, además, Ruiz Zorrilla, el presidente del Consejo, había terminado la sesión gritando un "¡Viva la República!".

Amadeo ordenó que no le sirvieran ya la comanda y en su lugar se tomó un par de copas de grappa, el aguardiente italiano que solía consumir después de cualquier refrigerio. Encargó que le enviaran a Palacio diez cajas de su tabaco preferido, los cigarros Virginia, y se fue dando un paseo hasta los reales aposentos, donde inmediatamente encargó a la reina María Victoria que preparara las maletas. Preparado el equipaje, la familia real al completo bajó a las cocinas y allí tomaron todos un estofado de carne con patatas, que Amadeo acompañó de unos cuantos tragos de grappa, bebiendo a morro de una garrafa. Inmediatamente después, salieron todos en un carruaje hacia la estación de ferrocarril de Atocha, con la sola compañía de dos diputados comisionados al efecto para acompañar a la real familia hasta la frontera de Portugal. Al llegar a la estación de Aranjuez, uno de los diputados bajó del convoy y se dirigió a la cantina a comprar algo para acompañar el largo viaje. Volvió con unas lonchas de jamón serrano, una hogaza de pan y leche caliente, para el rey, la reina y los tres infantes, ateridos todos de frío. En el grupo se reflejaba cierta nostalgia y abatimiento, pero Amadeo Ferdinando Maria di Savoia, hasta hacía unas horas Amadeo I de España, tampoco podía ocultar su interna satisfacción por abandonar un país y un paisanaje que nunca le quiso y al que él jamás logró entender. De haber llegado a conocerlo, seguro que hubiera compartido y corroborado el análisis que años después haría Pío Baroja de lo español:

Aquí no hay más que tres cosas: un patriotismo de Madrid, burocrático y falso, un regionalismo, que es una cursilería, y luego la barbarie natural de la raza. Esto es lo español.

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