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Aquella fauna del circo

la llegada de la mentalidad ecologista a finales del Siglo XX ha acabado definitivamente con el esplendor de los animales del circo.

Miguel del Pino
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Caballos de circo | Corbis

"Aquel que más noches de Circo tenga en su haber es el que primero entra en el Reino de los Cielos".
Alfredo Marqueríe

El reciente fallecimiento de María Cristina del Pino Segura, la gran trapecista canaria conocida como 'Pinito del Oro', y el no lejano de otra María del Pino que le disputaba la gloria de ser la mejor del mundo en el trapecio fijo, la andaluza "Miss Mara" nos hace recordar con nostalgia el romántico mundo de ese circo de estética modernista a caballo entre los siglos XIX y XX.

Aquel circo lleno de colorines y lentejuelas no se concebía sin la presencia de los "animales artistas", toda una fauna especializada en habilidades en la pista que rugía, ladraba, relinchaba o barritaba, porque incluía grandes felinos, perritos, caballos, elefantes y hasta alguna criatura insólita que nunca habíamos visto viva, como el "tamandúa de las selvas amazónicas", un oso hormiguero que presentó en cierta ocasión el Circo Americano.

Y los monos: los monos no podían faltar y los monos por excelencia eran las crías de chimpancé, unas criaturas adorables en su infancia que llegan a ser al alcanzar la edad adulta animales altamente peligrosos, por su mordedura, su fuerza y su inteligencia.

También vino a Madrid algún orangután allá por los años sesenta, cuando ya la especie empezaba a preocupar a los científicos por la decadencia de sus efectivos en la naturaleza debido a la tala de sus selvas nativas, en Sumatra y Borneo.

Los caballos se aplicaban en realizar interminables vueltas a la pista permitiendo lucirse a sus acrobáticos jinetes, o se ponían de manos formando hileras equinas de espectacular belleza, pero también se vieron en la pista números de alta escuela, como durante la gira que realizó por diferentes países la Alta Escuela Española de Equitación de Viena, con sus inmaculados caballos blancos llamados "lipizanos", directos descendientes de los caballos cartujanos españoles.

El número de los elefantes solía cerrar el espectáculo y resultaba especialmente impresionante para un público que se sobrecogía cuando el dócil e inteligente animal amenazaba con aplastar a la domadora posando dulcemente sobre su cuero sus pesadas patas columnares.

Los domadores de felinos exponían de verdad, y prueba de ello son los frecuentes accidentes, algunas veces mortales, que sufrieron las principales figuras como el italiano Sergio Cardona. Ninguno llegó a alcanzar en España tanta fama como nuestro Ángel Cristo, seguido de los Paul Noel, Theo Van Lingen o el 'Capitán Moustié'. Había números de leones, de tigres, de doma mixta y de osos, estos últimos resultaban especialmente peligrosos por su carencia de mímica: el domador tenía dificultad para identificar conductas de aviso antes de que se produjera el ataque.

En el circo los animales y las personas compartían lo bueno y lo malo en función de la generosidad de la recaudación en las taquillas. Si había hambre la había para todos y esto condujo a veces a lamentables situaciones de animales que eran abandonados tras las ruinas de los circos en que trabajaban.

La muerte de una animal artista era una verdadera desgracia para la compañía en la que trabajaba, recordamos la desgarradora escena del entierro de una elefanta del circo que nos sobrecogió en aquella mítica película española 'Pelusa' en la que Marujita Díaz interpretaba de manera genial a una payasita.

Pero las circunstancias fueron cambiando en lo referente a las relaciones entre el hombre y los animales domésticos, y poco a poco los animales artistas fueron siendo excluidos de las pistas del circo. Los primeros en salir fueron los grandes monos, para los que, en nuestro país, se habilitaron reservas que trataban de asegurar su supervivencia mientras se soñaba con una imposible reintroducción a sus paraísos africanos.

Seguramente a los monos les seguirán muy pronto los elefantes, cuya manutención en buenas condiciones resulta prácticamente imposible en las estrecheces de una carpa donde, encadenados, suelen terminar desarrollando comportamientos neuróticos a veces no exentos de peligrosidad.

Ya desde el Siglo XIX venían clamando algunas voces proteccionistas que procedían de sociedades de defensa de los animales; a veces sus críticas se basaban en supuestas torturas a los animales durante su adiestramiento. No era cierto, la doma mejor siempre ha sido la doma en positivo, aunque nunca haya faltado desaprensivos, como en cualquier otro campo.

Pero la llegada de la mentalidad ecologista a finales del Siglo XX ha acabado definitivamente con el esplendor de los animales del circo. En la mayor parte de los casos esta desaparición está justificada por las razones que venimos comentando, especialmente por la dificultad de proporcionar a los animales una vida en condiciones aceptables tanto desde el punto de vista sanitario como del humanitario.

La prohibición absoluta implica el peligro de que muchos animales artistas tengan que ser sacrificados por no dar lugar a su reubicación en centros de protección por las prisas mal entendidas, así ha ocurrido en algunos países, como México, donde ha habido que eliminar a muchos caballos y perros, absurdamente expulsados a toda velocidad de las pistas con el fin de que las autoridades puedan mantener una actitud políticamente correcta.

En cualquier caso el circo con animales va siendo ya cosa del pasado y parece lógico que así sea, con una objeción: no llamar "circo ecológico" a un circo sin animales, porque ecología es sinónimo de vida, no de su ausencia.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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