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El endiablado juego del poder

Estamos ante una situación en extremo complicada que, aunque tiene un abanico relativamente amplio de soluciones posibles, no es fácil de resolver.

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La formación del gobierno, después del fragmentado resultado electoral que se derivó de los últimos comicios, se está mostrando como una tarea endiablada, de una complejidad sin antecedentes, cuya resolución somos aún incapaces de entrever. Ello es así porque en este juego del reparto del poder hay demasiados actores y se pueden arbitrar múltiples combinaciones en las que la aritmética parlamentaria ofrece resultados para la investidura, aunque tal vez no sea así para articular, con un mínimo de estabilidad y coherencia política, la gobernación del país.

Digamos de entrada que, como ya vio con claridad John von Neumann -el matemático impulsor de la teoría de juegos-, aunque tal vez no llegó a aceptarlo en un sentido moral, las soluciones cooperativas -y la formación de un gobierno a varias bandas es un problema de esta naturaleza-, cuando hay más de dos jugadores involucrados en su búsqueda, son extraordinariamente complicadas, muy difíciles de formalizar y, por ello, seguramente imprevisibles. Además, más allá de la abstracción formal, en el mundo real las cosas se complican cuando, como es el caso, los jugadores no sólo operan a partir de la búsqueda de objetivos racionales -como pudiera ser la maximización del poder-, sino que se ven arrastrados por sus propias ambiciones y temores, por sus compromisos previos y por sus prejuicios ideológicos.

En el caso de la España actual, es evidente que, en la búsqueda de una solución para la gobernación del país, hay al menos cuatro fuerzas políticas importantes, que pueden llegar a tocar el poder gubernamental, y varias más secundarias, cuyo papel es el de facilitadoras de las soluciones arbitradas por las otras. Además, entre las principales, el PP y el PSOE lo son con aspiración a la dirección del gobierno, mientras que Ciudadanos y Podemos tienen limitado su acceso a, como mucho, alguno de los puestos ministeriales. A su vez, entre las fuerzas secundarias, casi todas ellas nacionalistas, las contrapartidas viables se limitan a aspectos simbólicos, además de al reparto presupuestario, por más que algunas hayan puesto encima de la mesa la cuestión de la autodeterminación.

El juego del poder que estamos presenciando se complica todavía más si se tiene en cuenta que la fragmentación política se manifiesta también en el interior de los partidos participantes, principalmente en el lado izquierdo del espectro ideológico. La derecha y el centro parecen estar, de momento, pacificados; pero en la izquierda bullen las rivalidades internas. En el PSOE compiten, en este momento, dos concepciones muy diferentes, una genuinamente socialdemócrata -y, por tanto, reformista dentro del sistema político- y otra más bien fascinada por el mensaje revolucionario, a la vez que infectada por el cáncer del nacionalismo periférico -que ahora ocupa la dirección central del partido-. Y en Podemos se adivina una mezcolanza de fuerzas izquierdistas, algunas de ellas bien organizadas, a las que se suman otras de naturaleza nacionalista, sin que el resultado llegue a ser una amalgama plenamente coherente o sólida, tal como se ha visto con el caso de Compromís y está gestándose con el de los seguidores de Ada Colau.

Pero no se trata sólo de que los actores de este complicado juego encuentren entre sí alguna solución para el arbitrio de la gobernación y el reparto del poder, sino que también han de hacerlo comprensible a sus electores, pues el pueblo suele votar a partir de esquemas cognoscitivos mucho más simples que los que manejan los políticos avezados y, aunque es un elemento pasivo en del desarrollo del juego, su papel puede volverse activo en el caso de que, habiendo fracasado los partidos políticos, hubiera que convocar nuevas elecciones.

En definitiva, estamos ante una situación en extremo complicada que, aunque tiene un abanico relativamente amplio de soluciones posibles, no es fácil de resolver, pues sólo unas pocas de ellas son viables teniendo en cuenta todo lo que está en juego. Avizorar cuáles son estas últimas es una tarea prácticamente imposible cuando se está fuera del cotarro negociador, pues una buena parte de los datos del problema ni siquiera es pública. Cualquier analista podría expresar sus apuestas y recordarlas después si resultan acertadas -o bien olvidarlas si ocurre todo lo contrario-, pero nadie tiene en este momento la clave de la solución a este dilema del poder. Por ello, estaría bien ser modestos y recordar la sentencia de Plinio que Michel de Montaigne hizo grabar en el frontispicio de su Torre de Eyquem: "Nada es cierto sino la incertidumbre".

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