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Bachelet, presidenta legítima pero anémica

Todos la saben débil e irresoluta, y todos tratarán de tirarla hacia su lado.

Mónica Mullor
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Michelle Bachelet es la sucesora electa del actual presidente de Chile, Sebastián Piñera. El 11 de marzo de 2014 asumirá su segundo periodo al mando del país y lo hará con el mayor porcentaje de votos emitidos (62%) y el menor porcentaje histórico de votantes posibles (26%) respecto del padrón electoral.

La gran protagonista de la segunda vuelta presidencial que este domingo vivió Chile no fue Bachelet sino la abstención (58%). Así, más de siete de cada diez chilenos prefirieron quedarse en casa, ir la playa o votar por su contendora, Evelyn Matthei. Esto quiere decir que Bachelet fracasó rotundamente en su intento de concitar una "nueva mayoría".

Frente a una abstención tan apabullante y un apoyo tan anémico, lo que queda claro es que los chilenos no están ni ahí con la apuesta de quienes apoyan a Bachelet –la Concertación y el Partido Comunista– por refundar el país, reemplazando el actual modelo de desarrollo por uno estatista y socializante.

Tal como en el caso de Salvador Allende a comienzos de los años 70, Bachelet no cuenta con el mandato de la mayoría de los chilenos para llevar a la práctica sus ideas refundacionales.

Llegó por ello la hora de la verdad de la Mr. Gardiner chilena. Tal como el curioso personaje de Jerzy Kosinski –el jardinero convertido en estadista–, Bachelet ha vivido de la ambigüedad, sonriéndoles a todos, desde los poderosos banqueros que la apoyan a los jóvenes radicalizados que quieren cambiarlo todo.

Bachelet tendrá un duro mandato por delante, ya que muchas de las propuestas que ha defendido durante su campaña, como la de elaborar una nueva Constitución, exigen de amplias mayorías en el Parlamento de las que carece. Deberá, también, hacer frente a los intereses de los partidos que representa, de los empresarios que la apoyan y, no menos, a la constante amenaza por parte de los grupos más extremos de volcarse a la calle si no se cumplen sus expectativas. Y deberá, finalmente, hacerle frente a ese Chile mayoritario que no la apoyó y que no estará dispuesto a aceptar aventuras políticas que pudiesen poner en peligro sus logros.

Nadie sabe a ciencia cierta adónde irá la Mr. Gardiner chilena. Sembrar vientos es mucho más fácil que domar tempestades. Todos la saben débil e irresoluta, y todos tratarán de tirarla hacia su lado. Y en esa lucha serán los sectores más radicalizados, aquellos que manejan la calle, los que más se harán notar. Su capacidad de movilización es temible, tal como han mostrado desde el 2011 en adelante. Sin embargo, el Chile de hoy cuenta con un recurso estabilizador que no existía hace cuarenta años: el peso aplastante de su mayoría apolítica y, sobre todo, de esa amplia clase media surgida de los éxitos del modelo que hoy se pretende desbancar. Será ese Chile el que resistirá y se movilizará. En esta perspectiva, lo más probable es que el nuevo gobierno de Bachelet no sea, como ella quiere, el comienzo de un nuevo modelo de sociedad, sino sólo un paréntesis o un preámbulo a una larga fase de reafirmación y consolidación de aquel modelo basado en la libertad y la responsabilidad individuales que ha llevado a Chile a las puertas del desarrollo y de la erradicación total de la pobreza.

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