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De peñones y peñazos

España ha sido incapaz de actuar con la debida firmeza en asuntos como la devolución del Peñón de Gibraltar a la legítima soberanía española y el acatamiento de los nacionalistas periféricos al orden constitucional.

Pablo Molina
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Con los gravísimos problemas que tiene España actualmente, al borde del precipicio en cuyo fondo yace expectante el rescate financiero internacional, el gobierno se enfrenta a dos conflictos añadidos, muy similares entre sí a pesar de pertenecer a ámbitos antropológicos tan distintos como los futboleros separatistas y los piratas gibraltareños. Si el prestigio de una nación se mide por la altura de sus enemigos, difícilmente España habrá llegado nunca como ahora a tan altas cotas de patetismo compartido.

Tal vez todo obedezca a esas casualidades que a veces se dan en política, a pesar de la famosa sentencia que niega tal posibilidad, pero casual o no, lo cierto es que nuestros problemas financieros rivalizan en la atención del respetable con los actos de piratería de los llanitos y la pitada a los símbolos nacionales, derecho inalienable este último que la cafrada nacionalista ejercita con profusión en cuanto sale del terruño.

Pero además de su utilización para el blanqueo de dinero, el fútbol y Gibraltar tienen otra característica común que tiene que ver con la causa primigenia de ambos despropósitos: el respeto a España. Tanto en el peñón como en la final de la Copa del Rey, ninguno de los protagonistas tiene el menor interés en actuar con el respeto debido a las instituciones que casualmente permiten el desarrollo de sus actividades, en Gibraltar manteniendo abierta las comunicaciones con la península y en la competición copera permitiendo la participación de aquellas entidades privadas que desprecian a su titular y lo que representa.

¿Por qué silban los nacionalistas al representante del Rey y al himno nacional en la final de copa? Pues, señora, porque pueden. Igual que el imitador del Sheriff de Nottingham que dirige los destinos del peñón manda sus patrulleras a que acosen a los pescadores españoles que legítimamente faenan en las aguas de su país; porque puede también. Y como aquí nunca pasa nada, los acontecimientos se desarrollan con las autoridades legítimas de la nación paralizadas a causa de un complejo de culpa injustificado, cuyas consecuencias acaban pagando los que simplemente actúan como si vivieran en un país serio, capaz de respetarse a sí mismo como paso previo a la exigencia de ese acatamiento a los demás.

Los problemas que afectan a la dignidad nacional no se resuelven de un plumazo. Exigen una línea de firmeza prolongada en el tiempo al margen de los vaivenes políticos a que toda nación está expuesta en su devenir histórico, sólo que la Historia no contaba con ZP. Con él, y antes con González Márquez, España ha sido incapaz de actuar con la debida firmeza en asuntos como la devolución del Peñón de Gibraltar a la legítima soberanía española y el acatamiento de los nacionalistas periféricos al orden constitucional.

El gobierno puede mandar patrulleras de la Guardia Civil a las playas de La Línea y la Policía a las proximidades del Vicente Calderón, pero ninguna de esas dos acciones elementales va a solucionar dos contenciosos enquistados desde hace tiempo, mientras no queden fuera de la discusión política asuntos que deberían suscitar el consenso general. No parece que Rajoy ni Rubalcaba estén por la labor. Al resto de la clase política mejor no preguntarle. Su opinión ya la expresan animando a los que vienen a Madrid a tocarnos el pito.

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