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El lama Pujol y el ‘Catalexit’

El Catalexit no es una amenaza. Es un vaticinio feliz que, para nuestra desgracia, no se cumplirá.

Pablo Molina
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La matriarca del clan de los Pujol ya dio muestras de la pachorra de la famiglia al afirmar en el Parlamento catalán que no tenían "ni cinco". Entre vivir con lo puesto y manejar más de mil millones de euros en bancos extranjeros hay un amplio margen para debatir, pero el sentido de la afirmación de la madre superiora del convento nacionalista ha quedado mucho más acotado con la última intervención del benjamín de los Pujol, el gran Oleguer.

El hijo menor de D. Jordi ha comparado a su padre con el Dalai Lama y a España con el régimen comunista chino, una referencia tan grotesca que solo puede formularse en Cataluña sin que los presentes llamen a los loqueros. Allí, en cambio, las palabras de Oleguer no causan rechazo –ni siquiera extrañeza– porque, en el fondo, los que trabajan por la secesión de la región catalana necesitan abonar ese relato que convierte a una familia de choris en el ejemplo vivo de un pueblo que lucha por su libertad.

El estado de locura, nada transitorio, de los separatistas y de sus referentes políticos debería hacernos reflexionar al resto de los españoles sobre la necesidad de cortar toda relación con ellos, al menos hasta que los ciudadanos catalanes los obliguen a volver a la cordura. No es normal que los dirigentes políticos más corruptos de la historia de cualquier democracia conocida tengan una opinión tan sublime de sí mismos y de la ideología que representan.

Lo que sorprende es que los demás partidos políticos del espectro nacional sigan tomándose en serio a unos canis dispuestos a llevarse por delante a una de las regiones tradicionalmente más prósperas de España. La preeminencia del ya denominado "problema catalán" es una falacia que solo se sostiene por el complejo enfermizo de unas elites dirigentes incapaces de ver la cara grotesca del enemigo que tienen delante y actuar en consecuencia.

Solo ellos, los políticos de los grandes partidos y sus medios afines, pueden estar sinceramente acojonados por el hecho de que los dirigentes atolondrados de una Administración en quiebra como la catalana decidan cortar los lazos con el resto del Estado. Si el Brexit no ha sumido en la depresión a los dirigentes europeos, calculen lo que debe preocuparnos la amenaza secesionista de los dirigentes de una región que, congestionados de tanto robar, ahora se comparan con los lamas tibetanos.

El Catalexit no es una amenaza. Es un vaticinio feliz que, para nuestra desgracia, no se cumplirá. Si no se afronta así esta cuestión, los separatistas catalanes seguirán vaciándonos el bolsillo, insultando nuestra inteligencia y acabarán sosteniendo que el patriarca de los quinquis es la reencarnación con barretina de un maestro jedi.

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