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Pablo Molina

Los davosianos

Hay una clase política mundial convencida de que el problema del planeta es que hay muy poco intervencionismo del Estado y demasiada libertad.

Pablo Molina
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Hay una clase política mundial convencida de que el problema del planeta es que hay muy poco intervencionismo del Estado y demasiada libertad.
Xi Jinping y Pedro Sánchez. | EFE

El Gobierno quiere hacernos felices aplicando las recetas ideadas en la última cumbre de Davos, que los catequistas progres del anunciado Gran Reseteo han resumido en un vídeo muy didáctico a disposición de todo el que se quiera instruir. Se trata, fundamentalmente, de acostumbrarnos a vivir bajo un régimen comunista de ámbito internacional inspirado en los chinos, que son los que más saben de esto. Cien millones de muertos después, resulta que los comunistas tenían razón al encerrar en campos de exterminio a lo que rechazaban su modelo de bienestar social. Habrá que recuperar el Gulag (el Laogai chino sigue funcionando a pleno rendimiento) para ingresar a los que se nieguen a tener una vida reseteada como mandan los davosianos, secta mucho más destructiva que los davidianos, que se asesinaban y suicidaban entre ellos sin molestar a nadie más.

Xi Jinping y Pedro Sánchez dicen que en 2030 no poseeremos nada pero seremos felices. Vale, pero ¿comparados con quién? Porque el concepto de felicidad es extremadamente subjetivo y, en todo caso, entre ser feliz sin tener un duro o llevar una vida de perros como los millonarios izquierdistas, muchos preferimos lo segundo.

En el vídeo de promoción de este gran reseteo mundial aparece un joven –evidentemente idiota– que sonríe a la cámara mientras aparece precisamente ese texto, según el cual nos despojarán de todos nuestros bienes y alcanzaremos la felicidad. A partir de aquí ya da igual el resto del mensaje, porque si existe la propiedad privada ningún dron te llevará ningún paquete a una casa que no tienes y toda tu vida dependerá de lo que el Gobierno de turno (marxista, por supuesto) decida hacer contigo.

Ese futuro distópico, más propio de una serie de TV que de un programa serio de gobernanza internacional, es en el que cree sinceramente una clase política mundial convencida de que el problema del planeta es que hay muy poco intervencionismo del Estado y demasiada libertad. En esta operación tan siniestra solo se salvan los chinos: ellos saben bien que todo es un engaño y que esto no va de hacer feliz a la humanidad.

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