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La boda de Millo

El Gobierno de Rajoy es claramente partidario de la vía Junqueras, una suerte de solución oso amoroso con presidenta de paja que introduzca suavemente la república.

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Enric Millo y S. S. de Santamaría, con sendos chalecos amarillos | EFE

El delegado del Gobierno en Cataluña, Enric Millo, tiene tanta prisa por que se acabe el 155 que ya está diseñando la ceremonia de traspaso de poderes. Dice que será un acto "sencillo" en el que estarán presentes los símbolos constitucionales eliminados en la última toma de posesión de presidente de la Generalidad. Descarta, empero, presidir el magno evento. Así se lo ha dicho a la agencia Efe:

Si miramos los actos anteriores, normalmente el presidente saliente da paso al presidente entrante. Es evidente que yo no he de dar el traspaso a un nuevo presidente porque yo no soy el presidente de la Generalidad.

En teoría, el presidente de la Generalidad es Rajoy, que delegó en la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, quien a su vez subdelegó en el secretario de Estado de Administraciones Territoriales, Roberto Bermúdez de Castro. Ciertamente, Millo no pinta mucho, aunque algunos viernes monte ruedas de prensa para comentar los acuerdos del Consejo de Ministros relativos a Cataluña como si fuera el ministro británico para Escocia.

No está descartada al cien por cien la repetición de las elecciones, de modo que la boda que organiza Millo se puede suspender en cualquier momento. Se habla de una encuesta que otorga a Puigdemont cuarenta diputados, la destrucción total de ERC y las versiones catalanas de socialistas, populares y Podemos. A tal sondeo se atribuye el último y desesperado llamamiento de Junqueras desde Estremera para que se forme Gobierno "ipso facto". Al final va a ser verdad que el presidente de ERC es el hombre de Santamaría.

Sin embargo, ni ERC ni lo que queda de Convergencia, por no hablar de Junts per Puigdemont, ocultan que la intención es montar un Gobierno republicano de apariencia autonómica y obediencia separatista, un trampantojo para avanzar en la demolición de España, que anda un tanto encallada en el frente del noreste por culpa de la resistencia de Puigdemont a pasar a la Historia y porque, además, algunos jueces y fiscales no tienen claro que sea legal y democrático pegar golpes de Estado o que los profesores de la escola catalana hagan bullying a hijos de guardias civiles y policías nacionales.

El Gobierno de Rajoy es claramente partidario de la vía Junqueras, una suerte de solución oso amoroso con presidenta de paja que introduzca suavemente la república a plazos de al menos una legislatura en vez de meses. Puigdemont duda por el eco mediático internacional de su peripecia, que no sería el mismo en caso de que hubiera un presidente como el que suplica el valido Millo, que haga lo que quiera pero que no se regodee. El fugado, en cambio, pretende una victoria aplastante y exige la capitulación total del Estado. No le vale que Montoro le haga de abogado, Millo tenga lista la retirada del Estado y Rajoy bendiga que tres jueces de Schleswig-Holstein digan que no hubo violación. ¿O era rebelión?

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