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Los nazis y el vendedor de crecepelo

Si es por banalizaciones, convendría insistir en que el presidente de la Generalidad catalana es uno de los más conspicuos practicantes del género.

Pablo Planas
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A los mandarines nacionalistas no les molesta que les llamen nazis. Lo que les fastidia, dicen, es que de la comparación entre un dirigente de CiU y un nazi del Tercer Reich se pueda inferir que los seguidores de Hitler no eran tan malos. Hay que ser retorcido, narcisista y ególatra para construir un sofisma por lo demás tan endeble, pero es que no están acostumbrados a pensar. Son más de acción, como si dijéramos. La prosa tacañona del último informe del Consejo Audiovisual de Cataluña, algo así como la Santa Inquisición catódica, se engancha a esa teoría al afirmar que la equiparacion de "planteamientos democráticos" con "regímenes totalitarios" constituye una flagrante banalización de los segundos. O sea que comparar, por ejemplo, la cadena humana independentista con un montaje goebbelsiano sería una reivindicación del nazismo en vez de una crítica a las exhibiciones de masas del catalanismo. Sí, sí, precisamente eso es lo que pretende...

Si es por banalizaciones, convendría insistir en que el presidente de la Generalidad catalana, Artur Mas, es uno de los más conspicuos practicantes del género. Banalizar es comparar el separatismo con la conquista de los derechos civiles por parte de los negros en Estados Unidos, que es exactamente lo que hizo Mas al aludir en un discurso a Martin Luther King. O igualar la cadena independentista del pasado 11 de septiembre a la lucha de los ciudadanos de Letonia, Lituana y Estonia por sacudirse la URSS. También es banalizar, y mucho, salir del Museo del Holocausto en Israel y ponerse a establecer delirantes conexiones entre la historia de los judíos y la del pueblo catalán. Banalizar, por último, sería visitar la India y decirse inspirado por Gandhi para convocar un referéndum separatista. En tres patadas, Mas ha convertido las peripecias de negros, judíos e indios durante siglos de persecuciones, esclavitud, plagas bíblicas y genocidios en incidentes de rango equiparable a lo que le pasa al pueblo catalán sometido a la cruel España. Ha contado Mas con la ventaja de que sus anfitriones en los Estados Unidos, Israel y la India no deben de saber quién es exactamente ese político español con aires de vendedor de crecepelo, dicho sea sin querer banalizar la lucha contra la alopecia.

En las últimas horas, y a cuenta del informe del CAC, se ha recordado que la Generalidad no ha puesto ningún reparo a la difusión en los medios de comunicación catalanes del eslogan "España nos roba". Natural. Ha sido la propia Generalidad la que ha dado la orden de que se diga eso, que no es ni una opinión ni un dato, sino una mentira. Una mentira muy sobada y muy cansina, pero con la que comulgan cientos de miles de catalanes convencidos sinceramente de que Madrid es una pocilga (al margen de las huelgas) y de que los españoles somos una banda de maltratadores cuya única misión es la de hallar cada día una nueva manera de estrangular a la bella y serena Cataluña y, por ende, a sus habitantes.

Menos tocado está el asunto del simposio a celebrar el próximo mes y que paga la Generalidad bajo el lema "España contra Cataluña, una mirada histórica (1714-2014)", en lo constituye un ejemplo patrocinado y perfecto del denominado "discurso del odio". Cómo será la cosa que el Cercle de Cultura, una entidad que agrupa a editores, autores, profesores e intelectuales de acrisolado catalanismo, como Pere Vicens i Rahola o Xavier Bru de Sala, ha publicado en su web un comunicado en el que afirma:

El título del simposio, "España contra Cataluña", explicita una toma de posición muy alejada de las complejidades de la realidad histórica (...) El Círculo de Cultura quiere hacer constar su desacuerdo con el apoyo institucional que el departamento de la Presidencia de la Generalidad ha dado al citado simposio.Queremos manifestar nuestro temor a que eso sea el exponente de una falta de criterio suficientemente integrador para reafirmar al mundo y a nosotros mismos cuáles son las voluntades y las razones de los catalanes para resolver nuestro porvenir colectivo.

No es que estén en contra del proceso. Más bien, al contrario. Pero, aunque sea por estética, todo tiene un límite, vienen a decir.

Poco acostumbrados a las críticas, habrá que ver qué hacen los políticos nacionalistas ante las objeciones de una entidad en cuya junta directiva figuran nada menos que Carles Duarte, presidente del Consejo Nacional (catalán) de la Cultura y de las Artes, o Fèlix Riera, director de Catalunya Ràdio. ¿Encargarán un informe al CAC o los purgarán directamente?

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