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Pablo Planas

Una misa bilingüe en una iglesia catalana

En el Fondo no hay esteladas en los balcones. Y el cura tampoco se mete en política, circunstancia que eleva a Espinar otro peldaño en la escala clerical.

Pablo Planas
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Hay una iglesia diferente en Cataluña. Está a pocos pasos de la salida de la última estación de la línea 1 del metro de Barcelona, en la parada Fondo, de Santa Coloma de Gramanet. Hace unos días esa ciudad, cuyo primer alcalde en democracia fue el cura comunista Lluís Hernández, salió en los telediarios porque un sacerdote había sido denunciado por pederastia. Pero la iglesia de esta historia no es esa. Es la de la parroquia de San Juan Bautista, a cargo de mosén Francesc Espinar. Se trata de una construcción humilde, de una pobreza sobrecogedora, arquitectura de protección oficial de los sesenta, de centro evangélico entre la ciudad y el páramo. Fondo, parada y barrio, es conocido como Chinatown, pero hay de todo, latinos, árabes, eslavos, africanos y del país también. Era y es un barrio obrero, con buenas y malas casas, buenas y malas calles, como en cualquier parte.

La cuestión es que el cura Espinar no es ni comunista ni nacionalista, lo cual ya es toda una novedad respecto a la panorámica general del clero catalán. Con razón se podría pensar que esa es la causa por la que estuviera confinado en una de las parroquias a priori más cutres y paganas de Cataluña, en la banlieu de Fondo, donde acaba el metro. No es el caso y el padre Espinar tiene la iglesia abarrotada todos los domingos. Ha habido días solemnes en los que ha tenido que salir a dar la comunión a la calle. El éxito de sus prédicas es tal que acuden a misa hasta los chinos. A la de doce hay que llegar con tiempo para no estar de pie. Una cosa tan insólita como recurrente, un fenómeno que sume en la perplejidad a las autoridades eclesiásticas catalanas, absortas en las vicisitudes del derecho a decidir.

Mientras la mayoría de las parroquias languidecen porque no hay ni curas ni fieles, la de mosén Francesc está cada vez más viva, aumenta el número de comuniones, confirmaciones, bodas y bautizos y las misas se llenan de personas de toda raza y condición. El sacerdote es hombre culto que se maneja en varios idiomas con soltura y que despliega una intensa actividad asistencial, un tipo abierto, vestido de cura y que se deja ver por el barrio, que no sólo atiende en la iglesia y que es un personaje querido. Lo primero que hace sus misas especiales es que son en castellano, lo cual sería lo de menos si no fuera por los indisolubles vínculos de la iglesia catalana con el separatismo y la consecuente obsesión por la pureza lingüística. Así que tenemos un cura catalán que no es ni comunista ni nacionalista y encima predica en castellano, o sea, una auténtica rareza.

En el barrio de Fondo no hay esteladas en los balcones. Y el cura tampoco se mete en política, circunstancia que eleva a Espinar otro peldaño en la escala clerical. El sermón es el sermón, no un editorial a favor de la inmersión lingüística y la hacienda catalana, sino una apelación a los principios y valores de la religión católica, dentro del más estricto canon de un domingo de septuagésima. Si será canónico el cura que la misa de diez la oficia en latín, por el rito tridentino. Este dato podría llamar a engaño, pero el padre Espinar no es ningún tradicionalista ultraortodoxo de una orden elitista. Es el mismo cura de antes, pero en latín. Esas misas se dejaron de hacer definitivamente a finales de los sesenta y fue Benedicto XVI quien reestableció su uso. Son misas cantadas, complicadas para el sacerdote y que implican un gran esfuerzo. Se requieren monaguillos, un organista, un coro y, sobre todo, que el sacerdote sepa latín, cosa también muy rara aquí y lengua que el pater Espinar habla con voz firme, rotunda y segura, alto y claro. Ojo, no es un espectáculo. Es una misa de domingo, algo que merece el mismo respeto que el rezo islámico del viernes.

Y va gente. No se llena la iglesia, pero no está ni mucho menos vacía, lo que es la guinda del milagro de Fondo. Una iglesia destartalada con un altar de contrachapado y bancos de pino barato, en medio de Chinatown, llena de gente y de recogimiento en una misa bilingüe, cantada en latín y con el sermón en castellano. Hay una iglesia diferente en Cataluña. Al menos una.

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