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Andalucía

Pedro de Tena

Dos Españas: la de Nadal y la de los ERE

Con la desaparición de Guerrero se disipa una de las últimas posibilidades de que alguien, en algún momento o circunstancia, tirase de la manta.

Pedro de Tena
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Con la desaparición de Guerrero se disipa una de las últimas posibilidades de que alguien, en algún momento o circunstancia, tirase de la manta.
Javier Guerrero en la Audiencia de Sevilla | EFE

Casi al mismo el tiempo que me enteraba de la muerte imprevista de Francisco Javier Guerrero Benítez, uno de los principales condenados en el caso ERE, levantaba su decimotercer Roland Garros Rafael Nadal Parera. Ambos son una manifestación de dos Españas. Una la del mérito, de la capacidad, de la voluntad de ser, de la nobleza y el juego limpio. La otra, la del favoritismo, del enchufe, de la miseria moral y el mamoneo, la de la desconsideración de la ciudadanía por afán partidista.

No crean que yo creo que Guerrero es el principal protagonista de esa España despreciable, al menos para mí. No. Guerrero fue una víctima, no inocente, eso no, de una cultura política y moral, o mejor, de una generación que degeneró como Joaquín Miranda, el banderillero de Juan Belmonte, que en su cuesta abajo moral llegó a ser gobernador civil de Huelva. Guerrero, como el pobre José Enrique Rosendo, también prematuramente fallecido, fue el instrumento de un PSOE gravemente pervertido en Andalucía desde 1982.

En la España y la Andalucía de ese PSOE, el mérito personal no podía competir con la cualidad de ser militante del partido. La capacidad demostrada, intelectual o técnica, no podía superar el poder de la oligarquía partidista. La voluntad de ser una persona individualmente distinguible no podía ganar a la obediencia a la entidad colectiva, abstracta y determinante, del partido. La nobleza de la conducta personal era derrotada siempre por la mezquindad de la consigna política inmisericorde y amoral. El juego limpio de unos contendientes en clara y leal competencia era sepultado por ruindad del juego político concebido como algo ajeno a la decencia.

Francisco Javier Guerrero fue director general de Trabajo en la Consejería de Empleo y Asuntos Sociales u otros nombres, cuando Manuel Chaves era presidente de la Junta de Andalucía y Gaspar Zarrías era su mano derecha. ¿Alguien puede creer que firmó la tonelada de ERE´s que firmó con cargo al "fondo de reptiles" de la Junta, como él mismo lo bautizó, sin el consentimiento de su única autoridad política y la de sus cómplices sucesivos en el organigrama de la Junta? Es imposible Casi lo dijo, pero calló y calló. Una lástima.

Guerrero había sido alcalde de El Pedroso, la famosa localidad sevillana de la Sierra Norte beneficiada por razones electorales evidentes con una lluvia de millones de euros del erario público derivada del procedimiento ilegal de los ERE. Desde esa atalaya municipal, construyó su chiringuito de poder haciendo fuertes y ricos cómo no, a sus amigos del pueblo, Los Rosendo, padre e hijo, del aparato del PSOE de toda la vida, siervos del mandamás José Caballos.

Antes de su muerte, tuve un encuentro con mi antiguo colega periodista José Enrique Rosendo, al que convirtieron en millonario con dinero público de los ERE en un pispás. Me contó y me contó off de récord tantas historias durante tantas horas que no pudo resistir el embate del brandy - y así puede atestiguarse en los anales del restaurante Becerra de Sevilla, calle Zaragoza -, y casi cayó rendido en la lona del alcohol. Pero le prometí silencio y lo he respetado. Algunos me lo afearán, pero qué se le va a hacer. Soy de gacetillero de la vieja escuela moral.

Con Guerrero no tuve intimidad. Pero comprendí desde el principio que era uno de los chivos expiatorios perfectos de esta trama. No era inocente, pero no quiso nunca ser el soplón. Pudo haberlo hecho. Si así hubiera ocurrido, hubiéramos conocido de verdad qué ha sido el caso ERE y quiénes han sido sus auténticos protagonistas, algunos de los cuales han logrado zafarse del dogal de una sentencia.

Sólo quiso gritar alguna vez que él no era más que una pieza, no fundamental, del engranaje, pero no lo dejaron prosperar por esa vía. Al final, se vio obligado – familia, futuro -, a doblegarse ante el gigantesco poder de un partido corrupto hasta el tuétano del que él mismo fue actor voluntario y responsable.

No hay muerte que me alegre. Pero la de Francisco Javier Guerrero me duele especialmente. Seguramente, en alguna de las tensiones que han provocado su infarto he tenido participación, que no responsabilidad. Con su desaparición, se disipa una de las últimas posibilidades de que alguien, alguna vez, en algún momento, en alguna circunstancia, hubiera tirado de la manta. Si alguien podía hacerlo, era él. Quedan otros, pero no con tanto descaro ni tanta capacidad de sublevación.

Descanse en paz, a pesar de los daños que ha causado a la nación española, a Andalucía y a la decencia democrática. Ojalá su familia, algún día, decida contar lo que él nunca pudo. Hoy, al menos, nos queda Rafael Nadal, como hace 13 Roland Garros, como siempre, símbolo de otra España que es posible si quisiéramos.

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