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El horror y Marta del Castillo

Se nos ha devuelto el horror del corazón de los padres de Marta del Castillo Casanueva, Antonio y Eva, un horror que no cesa.

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El horror existe. No sólo en el corazón de las tinieblas que embargan el alma después de haber cometido innumerables crímenes. Hay un horror cotidiano, que descubrió Kafka. A veces un solo crimen encierra dentro de sí mismo todo el horror insoportable. Conrad, en otra de sus novelas y en otro viaje, atinó atribuyendo horror a la incertidumbre, esa forma de ceguera que destruye la paz interior. En estos momentos, cuando ya hemos certificado el horror electoral de unos partidos que no están a la altura de los ciudadanos, se nos ha devuelto el horror del corazón de los padres de Marta del Castillo Casanueva, Antonio y Eva, un horror que no cesa, fundamentado en no saber siquiera dónde se encuentra el cuerpo de su hija, pero incrementado y avivado por comportamientos que causan tanto espanto como el asesinato mismo.


Acabamos de saber que Antonio del Castillo llegó a ofrecer dinero al miserable Miguel Carcaño, que debería pudrirse en la cárcel como se pudre el cuerpo de Marta, para que revelase el paradero de su víctima. Un horror obligado para el amor de un padre por su hija. Pero el horror más intenso reside en la respuesta del asesino confeso. No le compensaba, dijo. No le compensable la oferta de un hombre desolado por la duda, por el desconocimiento, por la tragedia de no poder sepultar con respeto los restos de su hija. Qué horrible manera de expresarse. "No me compensa", como si el descanso de Marta y su familia fuera asunto de trueque, de negocio, de cálculo penal o económico. Y si así debe ser, ¿cómo es que ninguno de nosotros nos hemos preguntado qué dinero sería el que compensase al criminal? Si lo que quiere es dinero, ¿por qué no hacer una colecta nacional con tal de que esta familia repose de una vez? ¿Acaso no es pavoroso que una democracia, incapaz de desenmascarar esta trama criminal de niñatos sin escrúpulos –y seguramente de algunos asesores no tan jóvenes–, no sepa cómo lograr que no haya más horrores en la vida de esta familia?

Y ayer mismo, más horror. Nos enteramos por el propio padre de Marta de que hay una carta escrita por un abogado en la que se relata que el defensor de uno de los indeseables que estuvieron con el asesino confeso el día del crimen sabe dónde está el cuerpo de la joven. La confidencia le fue comunicada el 28 de octubre de 2012 pero hasta 2014 no lo puso en conocimiento del Colegio de Abogados de Sevilla. Otro horror. ¿Por qué tardó un año en transmitir tan relevante dato? ¿Qué hizo el Colegio de Abogados, o qué no hizo y por qué, cuando recibió el escrito? ¿Cómo es que es ahora, en 2015, cuando Antonio del Castillo remite la carta al juez, que se cita al defensor del indeseable Samuel Benítez, Manuel Caballero, para que declare este mismo lunes? ¿Es posible que un abogado que, por cierto, no tuvo reparos en cobrar las costas a la familia Del Castillo tras la absolución de su indeseable cliente conozca el lugar exacto donde está Marta del Castillo y no lo haya comunicado? ¿Hasta ese extremo puede amparar el secreto profesional? ¿No ha encontrado este letrado, si es que no ha mentido, la forma de que la familia conociera la verdad sin perjudicar a su defendido, ya absuelto? Ah, el horror, el horror...

Pío Baroja tal vez hubiera comenzado así la farsa villanesca de este horroroso crimen, sembrador de espanto, como definieron Borges, Ocampo y Bioy, en la conciencia cívica española:

En Sevilla, el veinticuatro
del horrible mes de enero
de dos mil nueve, murió
Marta del Castillo, pero
no fue cerca de algún árbol
ni hallaron en un paseo
el cuerpo de nuestra joven.
Está muerto, muerto, muerto,
deshaciéndose de pena
en el polvo de un secreto.
Los criminales, los cómplices,
y una trama de perversos,
han demostrado con creces
que su horror puede vencernos
y nuestra respuesta es
silencio, sólo silencio.

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