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La libertad del cónclave

La institución del cónclave nació como consecuencia del desastre que fue la elección del sucesor de Clemente IV, fallecido en 1268.

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La independencia de los cardenales que participan en el cónclave, que tiene por objeto que su elección esté influida sólo por el interés de la Iglesia católica y la salvación de las almas, ha costado muchos siglos y reformas. La deformación de la escritura y el uso de inhibidores de frecuencias son sólo dos de sus condiciones. Otras tienen su origen en cismas, amenazas y hasta muchedumbres airadas rodeando el palacio donde se reunían los electores.

El primer papa, San Pedro, fue elegido por Jesucristo, y los posteriores del siglo I fueron nombrados de manera testamentaria. Más tarde participó la comunidad cristiana romana, y por último se inmiscuyó el césar –que primero residía en Bizancio y después en Aquisgrán–, al reclamar la facultad de sancionar el nombramiento. Cuando el imperio carolingio se desmembró, otros monarcas y la aristocracia romana se convirtieron en electores. Algunas elecciones en el Siglo de Hierro del papado produjeron tumultos y escaramuzas en las calles de Roma.

El papa Nicolás II (1059-1061) convocó el mismo año de su elección un sínodo que se celebró en Letrán con la finalidad de purificar la Iglesia: se excomulgó a los sacerdotes casados que no repudiasen a sus esposas y se prohibió la compra de cargos eclesiásticos. También se reguló la elección papal: los cardenales obispos tenían la facultad de escoger un candidato; el colegio cardenalicio íntegro podía aceptarlo o rechazarlo; el resto del clero romano y el pueblo (laicos) lo aprobaba; y el emperador perdía su derecho de veto. El emperador Enrique IV se opuso a estas normas y Nicolás II se alió con los normandos para defender su independencia.

A pan y agua

Poco a poco, los cardenales acabaron reservándose para sí la elección del papa. La institución del cónclave nació como consecuencia del desastre que fue la elección del sucesor de Clemente IV, fallecido en 1268. Debido a las disensiones entre los cardenales franceses y los italianos, y las presiones de los monarcas, la Iglesia estuvo sin cabeza durante tres años. A fin de que los cardenales, reunidos en Viterbo, nombrasen papa se les encerró en el palacio episcopal y luego se les redujo la comida a pan y agua; y hasta se quitó el techo. Pese a estas medidas tan drásticas para los príncipes que entonces eran los purpurados, Gregorio X sólo fue elegido en 1271.

Para evitar una sede vacante durante tanto tiempo, Gregorio X fijó las primeras reglas del cónclave: los cardenales debían reunirse en un plazo de diez días en la ciudad en la que hubiera fallecido el papa reinante y en una sala aislada del mundo exterior, y si a los tres días no había nuevo pontífice se les empezaba a reducir la comida.

En los siglos siguientes, y pese a algunos retrocesos, se añadieron nuevas normas para convertir el cónclave en una elección libre e independiente: exclusiones por razones de edad, límite en el número de cardenales, prohibición absoluta de revelar lo hablado en la sala y de postularse uno mismo, imposición del escrutinio como único medio (se excluyeron la aclamación y el compromiso), exigencia de dos tercios de los votos...

Los monarcas católicos de España, Austria y Francia gozaron entre el siglo XVII y el XX del derecho de veto, ius exclusivae, que les permitía excluir de la elección a un cardenal que considerasen hostil a ellos o demasiado favorable a otros. Este veto como tal lo expresó por primera vez España y lo usaron, entre otros, Felipe IV, Felipe V y Fernando VII de España, Luis XIV de Francia y Carlos VI de Austria.

El último monarca en emplearlo fue Francisco José I, emperador de Austria y rey de Hungría. En el cónclave celebrado en 1903 a la muerte de León XIII, cuando el cardenal Mariano Rampolla, secretario de Estado del difunto, parecía que iba a ganar, el cardenal Jan Puzyna pronunció el veto imperial. Las razones que se han atribuido son la filiación a la masonería de Rampolla y, la más probable, su política contraria a Austria y al emperador.

El papa elegido, Pío X, el primero del siglo XX en ser declarado santo y célebre por su oposición a la herejía modernista, prohibió el uso del ius exclusivae bajo pena de excomunión, aplicada tanto para el monarca como para el cardenal que lo pronunciase.

Un teólogo español pone su fe en la CIA

Otra de las costumbres eliminadas en los últimos siglos fue la del saqueo por el populacho del palacio del cardenal nombrado papa. Aunque éste no fuese romano, por lo general solía tener alguna residencia en Roma. La chusma tuvo que regresar a sus cubiles desencantada en 1522, cuando el cónclave eligió al flamenco Adriano VI, que ni había asistido a la reunión porque se encontraba en Vitoria como regente de España, por designación de su pupilo Carlos I.

El periodista Ramón Pérez-Maura cuenta que, en un curso de verano de la Universidad Complutense, el teólogo Olegario González de Cardenal insistió por tres veces al general Vernon Walters, director de la CIA entre 1972 y 1976, para que desvelase las maniobras de la Inteligencia norteamericana para conseguir la elección del arzobispo de Cracovia como Juan Pablo II. El católico Walters hizo callar al teólogo descreído con la siguiente frase:

¡Usted debería saber que al Papa lo eligió el Espíritu Santo!

El Espíritu Santo interviene en la elección del Vicario de Cristo, pero necesita de la colaboración de los hombres. 

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