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Santiago Navajas

De Nixon y De Gaulle a Donald Trump

“Reagan, cabrón, trabaja de peón”: así recibió la izquierda a Reagan cuando vino a España de

Santiago Navajas
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“Reagan, cabrón, trabaja de peón”: así recibió la izquierda a Reagan cuando vino a España de
Donald Trump | Imagen TV

"Reagan, cabrón, trabaja de peón": así recibió la izquierda a Reagan cuando vino a España de visita oficial. Tierno Galván, alcalde de Madrid, rechazó participar en los actos de bienvenida al presidente de los EEUU. Alfonso Guerra dijo que pensaba irse a Hungría. Lo de Guerra era mentira y además una estupidez: en la Hungría de János Kádár recibían mucho mejor a políticos neoliberales como Margaret Thatcher que a paleosocialistas como Guerra.

En 1985 Ronald Reagan era el hombre más odiado por socialistas y comunistas. Era para ellos la encarnación de la extrema derecha. No solo había derrotado a los candidatos demócratas, sino que estaba poniendo contra las cuerdas al imperio soviético, junto a Thatcher y Wojtyla, lo que sacaba de sus casillas a la izquierda. Unos pocos años antes, en otra visita muy especial, Solzhenitsyn había escandalizado a la izquierda exquisita española al decir que, en comparación con la tiranía soviética, la dictadura franquista era un juego de niños. Juan Benet clamó que ojalá volvieran a encerrarlo en un campo de concentración. Claro que había quien preferiría el Gulag a Volverás a Región...

Trump ha tomado el relevo de Reagan como el hombre más abominable para aquellos cuyo amor por narcosocialistas como Maduro sólo es comparable a su desprecio por el american way of life. Las protestas contra el racismo no son sino una máscara de la enésima insurrección, en forma de disturbios violentos e intimidación emocional, contra los Estados Unidos. La izquierda querría a todo el mundo asustado ante los ataques contra la propiedad privada, e intimidado ante los chantajes emocionales de lo que se ponen de rodillas para significarse.

Pero hemos de recordar lo que pasó en EEUU y en Francia cuando la extrema izquierda hizo su primera gran aparición posmoderna tomando las calles e incendiándolas. En aquella ocasión los estudiantes de París llamaban fascista y golpista al general De Gaulle. Los de San Francisco, paleto y reaccionario a Nixon. Todos se ponían de rodillas ante Mao Tse Tung y Fidel Castro. Intelectuales y celebridades progresistas como Leonard Bernstein se codeaban en fiestas y brindaban con champagne con grupos radicales como los Panteras Negras. A la alta sociedad le parecía excitante alternar con terroristas. Es célebre la foto de Jean-Paul Sartre en animada charla mientras comparte un puro con Che Guevara. Fernando Savater recuerda cómo en la Sorbona filósofos como Lyotard loaban a los terroristas de ETA, como si los comunistas antifascistas fuesen muy diferentes a los fascistas anticomunistas, totalitarios todos ellos.

Pero tras las algaradas se celebraron elecciones. Los manifestantes se quedaron en la cama por la resaca de los contenedores incendiados y los sueños quemados. Tanto De Gaulle como Nixon ganaron por goleada. Y no es que los votantes prefiriesen la seguridad a la justicia, sino que anhelaban la libertad que los antifascistas totalitarios y los racistas antiblancos habían volatilizado con su kale borroka de niñatos posmodernos jugando a ser Lord Byron.

Donald Trump ha señalado que ha tomado nota de lo que hizo Nixon, lo que ha hecho saltar las alarmas en los promotores intelectuales del vandalismo, como Paul Krugman en el New York Times, para el que ahora Nixon es un referente a la altura de Lincoln. Curiosamente resulta que la izquierda considera a Nixon y a Reagan como campeones de la democracia, cuando hasta ayer los comparaban con Hitler. No hay que descartar que dentro de 20 años sea Trump el beatificado ante la irrupción de otro líder republicano que les haga morder el polvo. A la falacia ad hitlerum le queda mucho recorrido.

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