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Elogio de Marilyn Monroe

Si los ojos de Bette Davis parecían tan profundos como el mar, los de Marilyn Monroe eran capaces de llegar hasta el núcleo incandescente de la Tierra.

Si los ojos de Bette Davis parecían tan profundos como el mar, los de Marilyn Monroe eran capaces de llegar hasta el núcleo incandescente de la Tierra.
Cordon Press

Ahora hay una polémica porque en una nueva adaptación hollywoodense de la Odisea va a interpretar a Helena de Troya una actriz negra. Es paradójico porque Homero describe a la semidiosa griega como "de níveos brazos". La propia protagonista de la controversia ha reconocido que no solo no ha leído el poema homérico, sino que ni siquiera sabía de su existencia. Y eso que es graduada por Yale. Sospecho que a Aquiles lo interpretará Peter Dinklage.

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Todavía resulta más paradójico que Lupita Nyong’o, que así se llama esta Helena de brazos carboníferos, no sea una mujer capaz de encender pasiones desatadas, sino una actriz de atractivo discreto por la que no habría ardido Troya ni se habría movilizado un solo barco. En el imaginario colectivo occidental, Helena era una mujer cuya belleza podía incendiar continentes y arrastrar a miles de hombres a la guerra. Si los ojos de Bette Davis parecían tan profundos como el mar, los de Marilyn Monroe eran capaces de llegar hasta el núcleo incandescente de la Tierra.

Aby Warburg, el gran historiador del arte, desarrolló el concepto de Pathosformel, es decir, matrices gestuales y expresivas que transmiten cargas emotivas a través de las imágenes y atraviesan siglos. Las imágenes, nos enseñó, no son meras decoraciones, sino depósitos de energía simbólica. Marilyn Monroe fue nuestra principal Pathosformel contemporánea, nuestra Helena de Troya moderna. Si a la griega la cantaron Homero, Gorgias, Isócrates y Eurípides, a Norma Jean, el nombre real de MM, la cantaron Bob Dylan, Elton John y Lana del Rey.

Era tres cosas a la vez: una persona (Norma Jean), una actriz (Monroe) y un personaje (Marilyn).

Como persona, mi anécdota favorita es la que relató Douglas Sirk:

En la casa de un emigrante alemán que había muerto en Hollywood se vendían los libros de su biblioteca… La única otra persona allí era una mujer joven y bellísima que no conocía. De repente me preguntó: "¿Este tal Brecht es un escritor interesante, verdad?" Era Marilyn Monroe. Responder a esa pregunta fue realmente difícil.

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Marilyn Monroe y Cary Grant

Como actriz, nadie la describió mejor que Howard Hawks:

Marilyn Monroe era la chica más asustada, sin ninguna confianza en su talento… Y sin embargo tenía ese efecto mágico cuando la fotografiaban. La cámara la amaba y de repente se convertía en un gran símbolo sexual. Cuando se volvió muy importante, cada vez tenía más miedo… Siempre fue mejor en material fantástico, como en Los caballeros las prefieren rubias. No había nada real en ella. Todo era completamente irreal.

Como personaje, queda para siempre el célebre vídeo en el que le cantaba Happy Birthday a Kennedy, su particular Paris.

Y así, como Gorgias defendió y ensalzó a Helena absolviéndola de toda culpa y celebrando su belleza como una fuerza divina, yo ensalzo a Marilyn. Ella tampoco fue culpable de nada. Su mera presencia era un hechizo. Desarmaba voluntades, inflamaba deseos y detenía el tiempo con una mirada. Evaporaba con un gesto 3.000 toneladas de agua por segundo en las cataratas del Niágara. Ni persona, ni actriz, ni personaje. Marilyn Monroe es, por encima de todo, una Pathosformel viva de Warburg, una diosa moderna, la encarnación eterna de Helena de Troya, la de níveos brazos, tan níveos, tan luminosos y tan perfectos como los suyos.

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