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Santiago Navajas

Franco, nuestro Shylock

No se trata de defender los derechos de los Franco, sino los del conjunto de la población contra la arbitrariedad de los poderes estatales.

Santiago Navajas
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No se trata de defender los derechos de los Franco, sino los del conjunto de la población contra la arbitrariedad de los poderes estatales.
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En El mercader de Venecia Shakespeare hizo un retrato lo más antisemita posible del usurero judío Shylock: feo, retorcido, sucio, mezquino, miserable. Hace falta ser muy rastrero, resentido y sádico para pretender cobrarse una deuda en, literalmente, carne y sangre. Nadie tan abyecto mereció, sin embargo, tanto nuestra compasión. El genio de Shakespeare brilló como nunca al hacernos sentir y comprender que esa aberración de la naturaleza, ese engendro de avaricia, ese monstruo de iniquidad, Shylock, también era, aunque nos pueda parecer increíble, un ser humano sujeto a dignidad y derechos, porque también sangra (cuando le pinchan), también muere (si lo envenenan), también –lo más increíble– ríe (si le hacen cosquillas). Es en Shylock más que en Hamlet, Lear o Macbeth donde Shakespeare expone lo trágico que constituye la esencia de la humanidad: incluso al más desalmado de los criminales cabe reconocerle que en él habita el espíritu de la trascendencia.

Franco puede haber sido el peor personaje de la historia de España. También cabe admitir que es absurdo que esté en el Valle de los Caídos alguien que no fue víctima en la Guerra Civil, más bien al contrario. Y parece razonable pensar que el lugar más destacado para sus restos mortales es el cementerio en el que ya se encuentra su esposa. Pero nada de lo anterior justifica que un Gobierno haya recurrido a un decreto-ley, de "extraordinaria y urgente necesidad", y a negar a la familia de Franco el derecho a enterrarlo donde estime conveniente con la delirante excusa de posibles atentados y desórdenes públicos, cuya posibilidad, paradójicamente, ha hecho emerger el propio Gobierno, con su medida tan banal como electoralista, tan necia como divisiva. Que al Tribunal Supremo le parezca ajustado a Derecho todo este disparate jurídico, moral y, sobre todo, político no hace sino subrayar la confusión y el caos que reina en el Estado de Derecho español, sometido a todo tipo de presiones para acabar con la separación de poderes, la presunción de inocencia y la esfera de derechos individuales en el altar de un supuesto bien nacional y una presunta seguridad pública.

Pero lo peor de todo no ha sido el ánimo vengativo del poder ejecutivo, el talante servicial del judicial, el silencio cómplice del legislativo y la habitual propaganda del mediático. No, lo peor es que el juicio sumarísimo al que se ha sometido a Franco y, de manera derivada, a su familia ha importado más bien poco a la mayor parte de la población, tan anestesiada como irresponsable que no se da cuenta de que no se trata de defender los derechos de los Franco, sino los del conjunto de la población contra la arbitrariedad de los poderes estatales, una vez más alineados para restringir libertades y reprimir voluntades. Tomemos nota de que cuando han ido a por los Franco casi nadie ha dicho nada, así que no nos extrañemos, y mucho menos nos quejemos, cuando vayan a por los Pérez, los López o los Gómez. Una vez que se hace una excepción en el sistema garantista ya nadie está a salvo, y estamos viviendo demasiadas excepciones. Las falacias ad hominem se están multiplicando en nuestro sistema jurídico civil y penal. Shylock, el más ruin de los hombres, tuvo en el más grande de los dramaturgos a alguien que lo defendió y le dio la oportunidad de expresar su punto de vista. Van a fusilar simbólicamente a Franco al amanecer como les hubiese gustado hacer en persona, cobrándose su libra de sangre y carne en forma de polvo y huesos. No es justicia ciega, es venganza pueril. Afortunadamente, no tenemos ya a alguien como Franco entre nosotros. Lamentablemente, tampoco contamos con ningún Shakespeare.

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