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Santiago Navajas

Un cuento (terrible) de dos razas

Lo que triunfa en amplios sectores del progresismo norteamericano es la instigación al odio racial, el apartheid institucional contra los blancos

Santiago Navajas
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Lo que triunfa en amplios sectores del progresismo norteamericano es la instigación al odio racial, el apartheid institucional contra los blancos
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En 1982 Paul McCartney y Stevie Wonder cantaban Ebony and ivory, una canción que proponía la armonía racial. Pero ya fue sintomático entonces que fuera un éxito de ventas mientras que la élite mediática la despreciara y el gobierno sudafricano la censurara.  Los racistas de todos los partidos, tanto los progresistas como los conservadores, no soportaban una apología a favor de la conciliación entre negros y blancos. Cuarenta años después lo que triunfa en amplios sectores del progresismo norteamericano es la instigación al odio racial, el apartheid institucional contra los blancos (y los asiáticos) en forma de discriminación positiva y despidos debido al color de la piel (blanca). 

En Estados Unidos la vida se empeña en imitar a una novela de Philip Roth.  Una estudiante negra, Oumou Kanoute, de la elitista y exclusivamente femenina universidad Smith College, estaba un día almorzando tranquilamente en uno de los comedores, que estaba cerrado en esos instantes, cuando una vigilante de seguridad del campus, de raza blanca, se le acercó para preguntarle qué hacía allí.  A continuación se desató una historia de acoso y despidos, insultos y calumnias, sentimientos ofendidos y reacciones iracundas, que muestra cómo los Estados Unidos de América se están precipitando por el abismo del enfrentamiento civil debido a la extensión de una ideología del odio social que enclaustra a los individuos en categorías colectivistas de género, raza y clase en una guerra de suma cero por el poder.

La señorita Kanoute se sintió ofendida y, ni corta ni perezosa, publicó en Facebook el nombre y fotografía de la vigilante blanca acusándola de racista. La presidenta de la Universidad se temió lo peor, manifestaciones violentas y protestas incendiarias, por lo que se apresuró a pedir perdón.  No a la trabajadora calumniada sino a la estudiante que se había hecho la víctima.  ¿Perdón por qué?  La vigilante había hecho su trabajo, preguntando a la chica qué hacía en un lugar cerrado.  Pero en Estados Unidos da igual lo que hagas porque pende sobre todo el mundo, especialmente los blancos, la espada de Damocles del racismo estructural, el machismo estructural, el clasismo estructural y todo tipo de estructuralismos, tan invisibles como el traje nuevo del emperador Foucault, que pueden usarse para culpar a cualquiera de privilegios espurios y aprovechar para conseguir alguna prebenda en forma de cuota, discriminación positiva o, al menos, quince minutos de fama.

Finalmente una investigación independiente concluyó que no había pasado nada relevante en el pseudo conflicto entre la estudiante negra que paga casi 80.000 dólares de matrícula y la trabajadora blanca cuyo sueldo rondará la mitad de esa cifra. Salvo, añadimos nosotros, que una vez más en Estados Unidos se ha machacado la verdad, la cultura de la queja ha obtenido un nuevo triunfo, unos trabajadores han sido acosados exclusivamente por el blanco color de su piel y la comunidad negra sigue escuchando los cantos de las sirenas caníbales del odio racial, el victimismo social como coartada y el resentimiento histórico como actitud vital. Los incendiarios de Marx y la Coca Cola han hecho que en Estados Unidos el ébano y el marfil están en llamas.
 

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