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Pablo Errejón contra Íñigo Iglesias

Sí, hay matices y diferencias que pueden llegar a ser de fondo, pero no por sí mismas, sino por lo que tratan de ocultar: decidir quién manda.

Santiago Trancón Pérez
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Íñigo Errejón y Pablo Iglesias | EFE

Se pelean, se besan, se atacan, se abrazan. El periodismo de corral (casi todo) se entrega con obsesión patológica a contarnos el enfrentamiento entre estos dos gallos y yo, harto de tanto cacareo, me propuse conocer de primera mano la divergencia, el choque, el drama shakespeariano, versión deluxe (que quiere decir distinguida, de lujo). He dedicado unas horas a leer los documentos que cada uno de los contrincantes ha ofrecido a la consideración del pueblo y, confiésolo, la decepción ha sido irremediable.

Iba con mi mejor disposición intelectual, porque soy fatalmente racional y curioso, y eso obliga a apartar prejuicios y fobias para colocar la reflexión en el centro del debate (del tablero, diría Íñigo). Así que hablo con fundamento y propiedad (yo soy uno de los de abajo, y seguramente uno de los pocos que ha leído de abajo arriba los documentos en disputa) y les ofrezco mi valoración para ahorrarles el esfuerzo (¡lo es!) de leerlos y analizarlos. Mi conclusión es que son como dos que van por la misma carretera y empiezan a adelantarse uno a otro: ahora me pasas, ahora te paso yo, etc. El esquema es el mismo, semejante la terminología e idéntica la vaciedad mental y discursiva. Sí, hay matices y diferencias que pueden llegar a ser de fondo y hasta irreconciliables, pero no por sí mismas, sino por lo que tratan de ocultar: decidir quién manda, quién domina a quién. Y como ambos están interesados en lo mismo, acabará todo en cambalache y mucha fraternidad.

Los dos parten de dar por finiquitado el "régimen del 78" sin siquiera definir qué entienden por régmen, ni qué de él se ha finiquitado, ni quién ha sido el finiquitador. A cambio, en el horizonte ya se divisa un nuevo mundo que será, ante todo, femenino, feminista y feminizado, o sea, desmasculinizado, despatriarcalizado y "sin discriminación lgtbifóbica", "en feminizacion constante" y "que revierta las dinámicas masculinas". ¡Hay que ver cómo se esfuerzan en desmasculinizarse para ponerse (ellos) a la cabeza de la feminización!

La otra pata del edificio retórico es "revertir los recortes", lo que Errejón llama "la revuelta antiausteritaria" (sic), porque "la austeridad es un sistema ideológico". A mí me asalta aquí una duda hamletiana. Revertir es volver una cosa a su estado anterior. Lo que nos proponen, por tanto, es volver a lo que había, ya sea en educación, sanidad, servicios sociales, derechos, etc. Si ese abominable régimen del 78 produjo una situación que ahora añoramos, ¿cómo puede ser tan malo?

Otra pista de patinaje compartida es su defensa de la "plurinacionalidad", algo que, por supuesto, ni definen ni explican cómo puede ser compatible con un discurso patriótico basado en la idea de pueblo y país soberano. España es un conglomerado de pueblos y naciones diversas con derecho a decidir cada una su futuro. La solución, "un sistema federal y confederal" que resuelva "la tensión plurinacional de nuestra patria" y que nos una a todos… ¡los que quieran! Al fin y al cabo, "pueblo es una comunidad siempre por construir".

¿Y las diferencias? Sí, haylas. Errejón quiere un partido transversal, que trabaje en las instituciones, que deje atrás las etiquetas izquierda-derecha; no quiere "una izquierda folklórica e impotente", sino "una mayoría heterogénea y mestiza" que seduzca y disuelva los miedos, que dé "seguridades y certezas", "que vaya generando una sociedad dentro de la sociedad: creación de Moradas y bares en los barrios y pueblos (…), universidades populares (…), asociaciones de ocio, deportivas (…), iniciativas para la recuperación de la cultura popular tradicional y el folclore (…), estímulos a grupos de música, escritores, cineastas y artistas comprometidos con el tiempo de cambio. También la presencia en los espacios de socialización más importantes: las asociaciones deportivas y especialmente futbolísticas, las peñas, las AMPAS o las fiestas populares"... Un gran programa de gobierno, como se ve. En esto coinciden ambos dos: una total ausencia de proyecto nacional, de propuestas, de medidas. Imaginen cualquier problema sobre el que les gustaría conocer qué proponen: busquen y rebusquen, que nada encontrarán.

Todo es hojarasca retórica, adornada con expresiones como "desplegar una pedagogía de la praxis", "generar un nuevo sentido común mayoritario", " organicidad y empoderamiento popular", "búsqueda de formas de articulación inclusiva de los disensos", "trenzar el vínculo entre abuelos y abuelas y nietos y nietas", no "subalternizarse". O estas dos perlas de Iglesias, que nos recuerdan a Rajoy: "Es en las instituciones autonómicas donde lo político se materializa en su realidad histórica sobre el terreno"; y "proponemos la soberanía alimentaria frente a los intereses de las corporaciones del agronegocio" (¿vuelta a la autarquía?).

La fórmula mágica: "Ganar al PP para gobernar España". Los demás partidos no existen. Ni con una fiebre delirante de 40º se puede creer en esa victoria. Bueno, quizás en el siglo que viene, en el que hasta Iglesias estará calvo.

(PS. Me olvidaba: como gran propuesta democratizadora del partido, Pablo propone que haya cuatro representantes de los Círculos de Podemos en el Consejo Ciudadano. ¡4 de 62!).

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