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La bandera del pollo

El descrédito se lo ganan ellos solos, con sus acciones y omisiones, con sus silencios clamorosos (modelo Rajoy), o sus patochadas cobistas (modelo Basagoiti). Desprecian tanto a sus votantes que se regodean esgrimiendo gestos "progresistas".

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No todos los taxistas son iguales, ni los fontaneros, ni los profesores... Y añadamos cuantas profesiones queramos a este principio tan obvio, incluidos los políticos. Pero ése no es el problema principal, sino los denodados esfuerzos que muchísimos profesionales de la política realizan, a través de sus palabras y sus conductas, para que pensemos lo contrario. Inconsistencia, frivolidad, servilismo, indocumentación, partidismo interesado y ciego de vendedor de infalibles crecepelos... Pero el de mi marca, sin salvación en la rival, aunque a la hora de defender las mamandurrias colectivas cierren filas y caigan todos en tromba, todos: las autonomías no se tocan, el senado tampoco, los miles de ayuntamientos menos, de las diputaciones ni hablar, ni de los cabildos, ni las veguerías. Y así. Pero también está prohibido abordar asuntos que cuestan poco dinero o nada: el agravamiento de penas para asesinos y violadores, el endurecimiento de las medidas contra la ETA (un tal Basagoiti anunció, campanudo, que la legalización de Bildu sería la raya roja que no consentiría franquear y ahí tenemos a la ETA con Guipúzcoa en sus manos y tan ricamente), la higienización de RTVE (tras seis meses de temblores, la montaña parió un ratón), el orden público a merced de cualquier gamberro, o el simple respeto que nos debemos a nosotros mismos como comunidad organizada. El gobierno al que votamos hace seis meses sigue escurriendo el bulto, traicionando a sus votantes y esforzándose con tesón por que concluyamos que sí, que son todos iguales. Sin remisión: estamos en el Infierno de Dante.

El bochornoso espectáculo que la casta política dio en el episodio de la anunciadísima pitada a los símbolos nacionales, tiene ribetes de auténtico ludibrio y no sólo de parte de la izquierda o los separatistas –de quienes ya sabemos qué se puede esperar– sino del partido que asegura, bien que en voz cada vez más bajita, defender la unidad nacional. Con la heroica excepción de Esperanza Aguirre (en nuestro país afirmar lo evidente es heroísmo), todos los demás se escondieron (incluido el gobierno que, al parecer, no se siente concernido por los insultos a la Nación), o rieron la gracia a la chusma vociferante, antes y después del partido. Pero entre todos, uno se llevó el premio a la abyección y cobardía: el ya mentado Basagoiti, que para atacar a la Sra. Aguirre y dar coba a los aficionados del Bilbao y separatistas en general, en su derecho a ultrajar, no tuvo mejor idea que recordar cómo en Bucarest los aficionados (algunos) del Atlético de Madrid habían exhibido "la bandera del pollo". A bote pronto se me ocurre un caudal de calificativos que el tipo merece y que no enumeraré aquí: me conformo con denunciarlo y pongan los lectores los adjetivos, si quieren.

No perderé el tiempo explicando por extenso que el águila de San Juan, procedente de las armas de los Reyes Católicos, formó parte del escudo y bandera de España desde 1938 hasta los primeros tiempos de la actual Constitución, porque es de sobra sabido. Sí destacaré dos aspectos: ese águila se hallaba en la bandera que yo juré (lo que hice de muy buen grado, independientemente de mis opiniones políticas), como muchos millones de españoles todavía vivos. Por añadidura, pregunto: ¿cuántos españoles votantes del PP, incluso vascos, hacen suya la enseña que inventó el orate Arana, plagiándola de la Union Jack, como bandera del PNV (por cierto, también es la de la ETA)? ¿Y cuántos votantes del PP, incluso vascos, respetan –al menos– la bandera con el águila de San Juan como escudo que fue de nuestro país? Se retrata bien quien se rebaja hasta donde sea –"lo que sea", lema de otro prócer – para hacer la pelotilla a quien jamás le votará. Por el buen rollito vale todo.

Y por desgracia no es el desliz aislado de un necio: "Arriba España", se despidió irónicamente de María San Gil uno de sus defenestradores, premiado con un ministerio; "la puta Mili", decía otro fulano (¡a la sazón ministro de Defensa!) para aludir al Servicio Militar; "ultraderechistas", llamó el ojito derecho del Basagoiti a las víctimas del terrorismo, renuentes a aceptar que se margine hasta el recuerdo de sus muertos, esos cuya sangre Rajoy echaba sobre la cabeza de Rodríguez; mientras el actual presidente del gobierno opina que los desfiles militares son un "coñazo"... ¿Para qué seguir? Toda una profunda línea de pensamiento nunca desautorizada por la actual dirigencia del partido.

El descrédito se lo ganan ellos solos, con sus acciones y omisiones, con sus silencios clamorosos (modelo Rajoy), o sus patochadas cobistas (modelo Basagoiti). Desprecian tanto a sus votantes que se regodean esgrimiendo gestos "progresistas", valiéndose del chantaje de la falta de alternativas ("O nosotros, o el PSOE"). Nos hundiremos todos.

De momento, nos vemos el sábado día 9 en Colón, a las 18:00 horas. Y que Dios se ocupe de España, ya que los españoles somos incapaces de hacerlo.

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