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Eduardo Cardet y Václav Havel

La familia de Cardet, su esposa, sus hijos, su hermana, su suegra, han sumado sus voces pidiendo la libertad de un hombre decente, de un hombre inocente, muy pocos se han sumado a ese reclamo.

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Eduardo Cardet | Movimiento Cristiano Liberación

Conozco perfectamente la obra de Václav Havel, a fuerza grata de lectura y estudio, también me interesé por su vida y por su militancia política anticomunista y, desde luego, en pro de la libertad de su país desde el interior del mismo. Hay similitudes intensas e interesantes entre la vida de este hombre y la de Eduardo Cardet, líder del Movimiento Cristiano Liberación, encarcelado injustamente en Cuba desde hace un año y nueve meses. No notaré todas las semejanzas, que son de orden moral y política, pero hay una que abarca todas las otras: ambos eran y son leales amantes de la verdad.

La verdad se hace cada vez más rara en política, y en todo. El mundo vive ensombrecido por la mentira y los falsos ídolos, los tontos del milenio. La sabiduría del hombre maduro, y la del anciano, que otrora tanto nos sirviera, en la actualidad nadie la oye, a nadie interesa; para la gran mayoría sus palabras son migajas del pasado, y al pasado hay que tacharlo, olvidarlo. Un bulto de jóvenes –por suerte no todos– viven nutridos de ellos mismos, de esa juventud lozana y vacía de conocimientos, sin noción del honor, sin necesidades de profundidad ni pizca de experiencia, pero sí de mucha maldad. Más que ameritar, prefieren aparentar. Y su excesiva apariencia lo embarca y embarra todo. La suciedad de la bobería enmugrece el ambiente. Ser sabios, por edad o por dolor, no significa nada. Cotorrear de modo insulso lo puede todo.

Václav Havel y Eduardo Cardet fueron y son sabios cuando habían ya atravesado la segunda edad y se encontraban un poco más allá del umbral de la madurez. O sea, llegaron a la madurez porque observaron y experimentaron ambos el sufrimiento de los otros, no tan solo en sus ombligos. Cuánto ha destruido el ombliguismo, no es su caso.

Eduardo Cardet vio, seguramente, en sus pacientes, como médico, los padecimientos del cuerpo, y también experimentó, como cubano y líder elegido mediante votos del MCL, la agonía de todo un pueblo. Cuando escucho hablar a Cardet, en un vídeo tomado en México hace algunos años, me recuerda el verbo de Havel, sin oropeles, sincero, abierto; entregados ambos a una sola causa: la de la libertad.

Hablar con soltura, conversar con un público casi siempre difícil (no hay público más reticente en este mundo que aquel que no quiere oír las verdades sobre el comunismo, y pocos públicos lo desean), con la verdad en la mano, con el dolor en el tono, con la firmeza en la mirada, sólo es posible en hombres sabios. Havel lo era, como lo es Cardet.

La familia de Cardet, su esposa, sus hijos, su hermana, su suegra, han sumado sus voces pidiendo la libertad de un hombre decente, de un hombre inocente, muy pocos se han sumado a ese reclamo. La gran mayoría prefiere juntarse, que no unirse, juntarse, reitero, a la marca del embeleque, a la mueca del engaño, a la pobreza espiritual de la mentira. Pero, aunque así sea, también otro número de personas sabemos que la verdad, la sinceridad, el coraje son los elementos claves, morales, que distinguen a los hombres de bien, y Cardet lo es, y Havel lo era.

Durante todos estos años han querido enlodar la figura de Havel. Propio de comunistas: tirar su mierda encima de los limpios. También los repelentes de Cagonia, ex Cuba, intentan ningunear a Cardet y al MCL, dentro y fuera de la isleta lo ignoran. Tratan de desaparecer la huella que durante 30 años ha dejado la organización opositora más sólida de aquel país, y de la que Cardet es el líder indiscutible, avalado por votos, pero también y muy tristemente por el asesinato del fundador y líder del MCL, Oswaldo Payá, junto al joven Harold Cepero. Cardet es el auténtico seguidor del legado de Payá porque es el líder del MCL.

Un líder encarcelado por la tiranía, preso también por la soledad en la que ansían hundirlo algunos. Porque Havel y Cardet también llevan la soledad como distintivo común. La soledad de los que dicen la verdad, y jamás se venderán, ni se doblegarán. La soledad, esa medalla, ese premio, ese reconocimiento universal de los últimos hombres dignos.

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