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Zoé Valdés

‘Monsieur’ Martínez

La situación de Francia empeora con la entrada del año, desde finales del 2019 las huelgas se han intensificado.

Zoé Valdés
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La situación de Francia empeora con la entrada del año, desde finales del 2019 las huelgas se han intensificado; ahora amenazan con cortes de electricidad a partir del 7 de enero, en pleno invierno. Ojalá quede sólo en eso, en simple amenaza. Lo dudo.

Al parecer mejoraron mínimamente dos líneas de metro, las dos únicas que funcionan. Pero es que la situación es tan terrible que ya la gente se contenta con lo que le den y se habitúa rápido a cualquier trastada proveniente de e impuesta por los que gobiernan, sean los politibanqueros, sean los sindicatos. Sí, porque entre dos sonadas mafias andamos, y apenas.

El patético teatrero Emmanuel Macron aflojó en su discursito de medio pelo –otro que no da la talla ni parándose en puntas ni vistiendo un tutú–, mientras que el sindicalista Philippe Martínez arremete cada vez con menos piedad contra cualquier orden, que a él todas le valen un rábano.

De Philippe Martínez diré lo siguiente: es un sindicalista. En una época en que los sindicalistas –contra lo que se espera de ellos– hacen la vida imposible a los trabajadores y a la gente que con su esfuerzo echa a andar un país. Porque no me vengan a decir a mí que llamar a y concertar huelgas en plenas fechas festivas, durante los períodos más duros invernales, con las escuelas en pleno apogeo de exámenes periódicos, no es mortificar a la clase trabajadora, primero, y a los estudiantes, después. Después se calman un poco, no es que desistan, no. Fingen una cierta calma para volver con mayor encono durante las vacaciones de verano, en que la gente ya tiene sus billetes de tren y aviones comprados desde febrero.

Muchas mujeres trabajan en París y viven en los suburbios, deben entonces levantar a diario a sus hijos pequeños a las cuatro o cinco de la madrugada y dejarlos en la puerta de los colegios hasta que estos abran, se turnan entre ellas para que los niños no queden solos, y entonces deben correr hacia sus obligaciones.

Olvídense de tomar un taxi, en época de huelga los taxistas son los primeros en aprovecharse de la situación: una carrera o trayecto que podía costar 23 euros se monta tranquilamente a 80 o 90. Nadie que gane lo que se gana aquí como salario medio puede meterse más de dos meses de huelgas en taxis, si es que estos deciden funcionar, porque esa es la otra.

Niños sumamente cansados, pérdida de peso. Amargura en los rostros, el mal carácter hace ola, peleas a trancazo limpio para poder subirse a un vagón, insultos, vejaciones… No hay derecho. Al que me diga que Martínez es un tipo que quiere el bien para el pueblo le escupo en cada ojo y le pellizco la lengua con un palito de tendederas, o se la presillo con una engrapadora.

Martínez, además de abominable por fuera, es muy feo por dentro. Martínez es uno de estos seres aprovechados de su ideología que reitera como un mantra en entrevistas que la huelga debe instalarse todo el año en cada sector del país; y sin embargo –¿quién lo duda?– se negaría rotundamente a que en un país comunista como Cuba, en el que no existe el derecho a huelga, se reconquiste ese derecho, entre otros.

Martínez es un egoísta, un hipócrita, un desalmado; me encantaría preguntarle a cuánto asciende su salario, cuáles son sus beneficios añadidos, por ser únicamente la mala persona que es, con intenciones de destrozar mediante el odio y la inquina el funcionamiento normal de un país.

Estoy de acuerdo en que se discuta el tema de la reforma de las pensiones, pero de otro modo menos salvaje, y menos oportunista; de tal manera se conseguiría que las conversaciones liberen a las personas y no las mantengan como rehenes de sus caprichos y empecinamientos.

Martínez, sólo hay que verlo y oírlo –aunque yo ya no puedo, paso de él–, es un empecinado izquierdoso, un alarmante mentiroso, y por lo que puedo observar un desatinado inescrupuloso, como la gran mayoría de estos pajarracos del poder. De cualquier poder.

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