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Zoé Valdés

Mujeres en la política española

Hay mujeres valientes, informadas y cultivadas que no temen sacarle los colores a la cara la izquierda.

Zoé Valdés
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Hay mujeres valientes, informadas y cultivadas que no temen sacarle los colores a la cara la izquierda.
Cayetana Álvarez de Toledo, en el Congreso. | EFE

Alienta por un lado observar la cantidad y la calidad de mujeres que se ha incorporado de manera brillante a la política española. Me refiero a la única línea política que vale la pena, o sea, aludo a la derecha. El resto no hace política, el resto, o sea la izquierda, lo único que acomete y con alevosía es averiar la democracia, cortar libertades, y así y con ello enriquecerse las alforjas. La izquierda es puro daño, por donde quiera que se le tome no es más que maldad.

Hay una clase política cubierta por las mujeres inteligentes, que defienden a su país, que anhelan lo mejor para España y luchan a brazo partido por ello, como para aplaudir y venerar hasta pasado mañana. No haré listas ni daré nombres, es innecesario, los lectores sabrán a quiénes me refiero.

Son mujeres de rápido pensamiento y verbo más audaz y veloz, se expresan con la verdad y con la intensidad de los conocimientos precisos y claros, saben conversar, sin gritar y mucho menos manotear. Nada puede encasillarlas porque el pensamiento libre nadie conseguirá jamás doblegarlo ni cuadricularlo en moldecillos. Responden a lo justo y lo auténtico. E, insisto, son de derechas. Plenamente de derechas y sin complejos.

Sin complejos porque no se detienen ante la severidad de los prejuicios y perjuicios de la izquierda, esa ideología que va de sobrada, esa ideología parametrada que sólo traza, regula, tacha, abochorna. Esa ideología anticuada y perversa… “La pregunta es perversa”, soltó una de estas grandes mujeres de derechas a una presentadora de izquierdas; si le hubiera clavado una estaca en la sien no la hubiera neutralizado tan bien paralizada como lo hizo.

Resulta muy placentero descubrir día a día que de una punta a otra de España existen mujeres valientes, informadas y cultivadas que no temen sacarle los colores a la izquierda. Cada vez que oigo y veo a una de ellas me reafirmo en que España no puede perderse de ninguna manera con mujeres como esas. España en sus manos está a salvo. El Rey y la Monarquía estarán a salvo en sus proverbiales manos.

El problema de España no es sólo un tema de mujeres y hombres, es un problema de percepción y apreciación de la inteligencia y de la transparencia. La barrera se interpone cuando una de esas mujeres demuestra ser mucho más desenvuelta y transparente que cualquier otro líder, y que además posee muchísima más visión, larga y certera. Sí, en efecto, vendría a ser como otro enredo de puntería, de fino tiro a la diana. Una pena.

Tengo una fe absoluta en esas mujeres de derechas que a diario se presentan en el Congreso de los Diputados, correctamente vestidas, hermosas de mente, soberanas y soberbias, y que exponen sus puntos de vista, conclusiones, lo que deban exponer y concluir con delicadeza pero también con firmeza, o sea, con decencia; enfrentando la mugre mental de la izquierda, la pobreza verbal de la izquierda, la vergüenza de lo que es hoy en día la izquierda y sus adocenadas e hipersometidas mujeres, sus obedientes féminas, doblegadas mediante la idolatría por el macho alfa: ese el líder supremo, el egoísta mentiroso de toda la vida de la indecente y feroz izquierda… Y todo a cambio y sólo por un chalé de lujo, o los cientos de miles de billetes iraníes, entre otras exquisiteces de la izquierda… Porque a la izquierda, aunque suele ser muy bruta, la habitan gustos lujosos. Ojo, lujo nada tiene que ver con exquisitez y mucho menos con elegancia.

Elegancia la de esas mujeres españolas de derechas, porque es una elegancia que llevan en medio del pecho, que les emana del alma, les fluye sin floripondios, de manera natural. Es una elegancia la de esas mujeres de la derecha que han ido sembrando, regando, abonando, cuidando, desde la semilla, la raíz, hasta el tallo y la flor perteneciente a la especificidad de una cultura sólida y más que entera, perdurable.

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