
Cuando llega una ola de calor, no basta con buscar la sombra ni encender el aire acondicionado. La alimentación cumple un papel decisivo a la hora de afrontar las altas temperaturas y prevenir problemas como la deshidratación, el agotamiento por calor o esa sensación sofocante que no remite. Y, aunque parezca contradictorio, buena parte de la población sigue recurriendo a productos que, en lugar de aliviar, agravan los efectos del calor extremo.
Durante los días de temperaturas más altas, la recomendación general pasa por moderar o descartar aquellos productos que elevan la temperatura corporal y aceleran la pérdida de líquidos. En esa lista figuran el café y las bebidas con mucha cafeína, las bebidas energéticas, el alcohol —cerveza incluida—, las infusiones con efecto diurético, las comidas muy grasas o hipercalóricas, los platos muy picantes, los embutidos y ultraprocesados y los helados industriales cargados de azúcar.
El denominador común de casi todos ellos es que obligan al organismo a un esfuerzo digestivo mayor, algo especialmente desaconsejable cuando el cuerpo ya está volcado en regular su propia temperatura. El Ministerio de Sanidad, en su decálogo frente a las olas de calor, insiste precisamente en no abusar de las bebidas alcohólicas, con mucha cafeína o muy azucaradas, ya que pueden hacer perder más líquido corporal.
El caso del alcohol resulta llamativo porque suele asociarse al refresco veraniego. Sin embargo, actúa como diurético: interfiere en la hormona antidiurética y multiplica la eliminación de orina, a lo que se suma un efecto vasodilatador que altera la termorregulación. El resultado es que, lejos de hidratar, una cerveza fría empuja al cuerpo justo en la dirección contraria a la que se necesita.
Frescos y ligeros
La estrategia más eficaz consiste en apostar por comidas ligeras, frescas y con alto contenido en agua. Los planes oficiales de prevención coinciden en priorizar ensaladas y verduras frescas, frutas de temporada como la sandía, el melón, el melocotón o la nectarina, hortalizas ricas en agua como el tomate y el pepino, gazpachos y cremas frías, yogur natural, pescados ligeros y el agua como bebida principal.
Más allá de hidratar, estos alimentos facilitan digestiones más ligeras y reponen las sales minerales que se pierden con el sudor, además de aportar vitaminas y minerales esenciales en los episodios de calor intenso. También, conviene comer poca cantidad y más veces al día, evitando las comidas copiosas.
Uno de los errores más extendidos es dar por hecho que cualquier bebida fría hidrata. Por apetecible que resulte una cerveza o una bebida energética cuando aprieta el calor, ninguna sustituye al agua y, tomadas en exceso, contribuyen a la deshidratación. De ahí que la indicación sanitaria sea clara: beber agua con frecuencia aunque no se sienta sed —porque la sed ya es un síntoma de deshidratación incipiente— y acompañarla de alimentos frescos y ligeros que ayuden al organismo a regular mejor su temperatura.

