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Así es la central que Gallardón dice que no existe

Todo Madrid sabe que Vallecas es una zona humilde, aunque pasear por su calles nos ofrece una perspectiva más cercana: casas baratas pero limpias, calles modestas pero cuidadas, un barrio como los de antes... hasta que se llega a las cercanías de la ya famosa central térmica.

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Un vecino relata cómo viven el desalojo por la central térmica Los protagonistas

El audio empezará a sonar cuando acabe el anuncio

Todo Madrid sabe que Vallecas es una zona humilde, aunque pasear por su calles nos ofrece una perspectiva más cercana: casas baratas pero limpias, calles modestas pero cuidadas, un barrio como los de antes... hasta que se llega a las cercanías de la ya famosa central térmica.

Allí el perfil del barrio cambia hasta recordarnos en algunos momentos a una zona de guerra tal y como las vemos en los telediarios: edificios derruidos a medias, casas con un muro descubierto que nos deja ver lo que queda de antiguos cuartos de baño, calles levantadas llenas de barro, escombros amontonados...

¿Estamos en una zona más pobre o más abandonada que las circundantes? No, simplemente son unas calles que han caído bajo la voracidad municipal: una colonia cuya degradación han favorecido (o al menos no han evitado) los responsables del urbanismo de la capital; unos responsables cuyos grandes y ecológicos planes pasan por arrasar lo que hasta ahora había allí, un barrio obrero como muchos otros de Madrid, para hacer hueco a una modernidad que queda muy bien en planos y maquetas, pero pasa por encima del individuo.

Es el caso del bloque de viviendas en la calle Martínez de la Riva que ha permitido que todo el tema salga a la luz: una isla en medio del caos de edificios derrumbados con nueve familias que resisten en sus hogares la apisonadora legal de Gallardón y han visto como todo lo que les rodea ha sido sistemáticamente machacado para hacer su vida más difícil: "Incluso han permitido asentarse algunas caravanas, a las que el Ayuntamiento no sólo no expulsa sino que proporciona luz y agua, y que son auténticos supermercados de droga", nos cuenta uno de los afectados.

Tener una forma ligeramente diferente a muchos de los edificios que lo rodean es lo que, por ahora, ha salvado los hogares de estos madrileños: por esa razón no se pueden hacer derrumbes parciales como se han hecho en muchos portales de los alrededores y que suelen ser letales para la estructura de lo que queda del bloque.

¿Ruina? Pues parece que no

En este caso es imposible acometer esas demoliciones por partes, así que el edificio ofrece una imagen de solidez que contrasta con el evidente estado de abandono: desconchones hay muchos, no en vano la Empresa Municipal de la Vivienda y el Suelo EMVS lleva años sin cumplir con sus obligaciones en cuanto al mantenimiento, pero grietas ni una. Repito: ni una.

Así, no es de extrañar que mientras el expediente municipal que certificaba la supuesta ruina del inmueble es imposible de encontrar en el Ayuntamiento, "no hay forma de que nos lo den, no lo encuentran por ningún lado" dicen los vecinos, dos arquitectos han certificado que el edificio está muy lejos de amenazar con venirse a abajo.

"Y eso a pesar de lo mucho que ha sufrido por las obras de la central térmica" nos comenta Salvador (que se ha tenido que erigir en representante y portavoz de sus vecinos) en el exiguo espacio, sólo una decena de metros, que separa el edifico de las enormes obras de la central, rodeadas por una valla de unos tres metros de altura que esconde la gran construcción que, para no existir, alcanza ya proporciones importantes.

Incluso se ven, desde el propio edificio que el Ayuntamiento quiere derribar ya, los primeros metros de cinco de las seis grandes chimeneas que tendrá la famosa central, en las que los trabajadores se afanan a pesar de ser viernes por la tarde, un horario en el que muchas obras se han detenido ya hasta el lunes.

Y es que el Ayuntamiento tiene prisa: los casi dos millones y medio que se han recibido del Plan E para la central obligan a que la obra se termine en marzo, algo para lo que es imprescindible acabar con el edificio de la discordia ya que, como se ve claramente al subirnos a la valla que rodea la central, la rampa que ya se construye en su interior y que llevará los camiones con residuos pasa justo por donde ahora viven Salvador y sus vecinos.

Otro aspecto llamativo del proyecto es que, en teoría, la central está pensada para dar electricidad y agua caliente a los propietarios de las más de 2000 nuevas viviendas que se construirán en la zona, pero mientras la obra de ésta avanza a lo que parece un ritmo imparable no hay ni una sola vivienda no ya construida, sino que ni tan siquiera haya empezado a hacerse: la central está, pero de las casas ni los cimientos.

Además, tampoco es fácil encontrar esas casas en planos, según cuentan los vecinos en los de la EMVS hay una gran zona en blanco que les hace pensar que la nueva colonia será de viviendas libres y no de protección pública: "Esta zona no se ve en los planos, aquí no hay ni una vivienda protegida", nos dicen.

Expropiados a cambio de nada

En todas partes se construyen nuevos barrios y en muchas hay vecinos que sufren las consecuencias, pero lo normal es que sean compensados por ello: perder tu casa es un trauma pero si a cambio de ello recibes otra mejor las penas son menos.

Lo peor del caso de los vecinos de Vallecas es que, además de todo lo que les está pasando, pueden perder su casa a cambio de nada o de casi nada: sus viviendas eran de protección oficial y debían pagarse en 40 años, pero tras ese plazo el Ayuntamiento se negó a escriturarlas, por eso seguían a nombre de la EMVS y por eso es el consistorio el que debería haberse encargado de mantener el edificio.

Sin embargo, aquellos vecinos que se animaron a litigar por sus derechos y porque les reconociesen lo que les pertenecía (no en vano han estado pagándolo durante 40 años) no sólo lograron sus escrituras sino que, al parecer, les ofrecieron acuerdos extrajudiciales para que dejasen los juicios: "Les llevaban aparte y les decían ‘dime lo que quieres’ y se lo daban", nos cuenta uno de los vecinos que sigue en su casa.

Pero recordemos que estamos en un barrio de gente humilde, y no todos tuvieron el dinero, la capacidad o los arrestos de plantarse en los juzgados para litigar contra el mismísimo Ayuntamiento.

Así, y tras pagar durante cuarenta años por sus modestas viviendas, según los vecinos el Ayuntamiento pretende que "el proceso comience otra vez", es decir, en lugar de cambiar su casa por otra mejor lo que quieren es darles una nueva concesión que tengan que volver a pagar.

Además, mientras tanto los vecinos iban a ser desalojados a cambio de nada: "Nos dejaban en la calle, no nos ofrecieron ninguna alternativa", nos dice uno de ellos recordando el episodio de la orden de desalojo.

Una forma de hacer política

Después de visitar la zona y de hablar con los vecinos, la impresión es que la central térmica de Gallardón y todo lo que está ocurriendo en sus alrededores son un excelente ejemplo de una forma perversa de entender la acción pública: grandes planes de dudosa rentabilidad en los que no se tiene en cuenta a los individuos que los sufren, gastos multimillonarios en plazos que no se aclaran, un cúmulo de irregularidades en prejuicio de los más débiles y oscuros intereses que no se explican ni a los ciudadanos ni a los afectados.

Toda una muestra, en definitiva, de la forma de actuar de Gallardón que, afortunadamente, de vez en cuando se encuentra con una periodista que le hace una pregunta incómoda o, más importante todavía, con unos vecinos que se niegan a ser avasallados desde el poder sin oponer resistencia.

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