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"Si fuésemos menos ya habrían venido a abuchearnos"

Mil fieles se han dado cita en el campus de Somosaguas para oír Misa. Los radicales de izquierda no daban crédito a lo que veían.

FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
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En 1781 el indio boliviano Túpac Catari se rebeló contra el virrey español Juan José de Vértiz. La Justicia fue implacable con él. Traicionado por sus hombres, fue apresado por las tropas coloniales y condenado a muerte por descuartizamiento. Antes de morir pronunció una frase mítica: "Volveré y seré millones", que más tarde se apropiarían otros como Eva Perón o, más recientemente, los partidarios de Evo Morales.

Algo así ha sucedido con los fieles de la capilla del campus de Somosaguas de la Complutense. Han vuelto, y son millones. Hasta hace unas horas escuchar Misa en la pequeña capilla que hay en el bajo de la facultad de Psicología era digno de valientes. Sin crucifijo en la puerta, sólo identificable por un aséptico rótulo y pintarrajeadas a conciencia sus paredes por ciertos estudiantes de esos que, aunque no suelen practicarlos, se llenan la boca con la tolerancia y el respeto, la capilla de Somosaguas languidecía olvidada por todos.

Eso hasta la semana pasada, cuando a un grupo de estudiantes del sexo femenino se le ocurrió irrumpir en ella para, acto seguido, quedarse medio desnudas frente al altar mientras cantaban consignas anticlericales. La "gesta estudiantil" quedó inmortalizada en unas cuantas fotografías –francamente mejorables– que una de las asaltantes hizo con mucha más fe que habilidad. El escándalo saltó a los medios y la desconocida capilla se convirtió en asunto de actualidad.

Se abrió un debate sobre los límites del renovado anticlericalismo en el que hoza parte de la izquierda española y se emitieron, incluso desde el Gobierno, condenas por lo sucedido. Sólo faltaba que los fieles respondieran a la ofensa. La incógnita era saber cómo y, sobre todo, cuántos.

El cómo se ha traducido en una Misa pacífica aunque, por que no decirlo, reivindicativa de algo tan elemental como es la libertad de culto, consagrada en la Constitución actual y en todas las que le han precedido en los dos últimos siglos. El cuántos ha sido lo realmente sorprendente.

La facultad de Psicología de la Complutense no está en la Ciudad Universitaria, sino en un campus alejado del centro al que sólo se puede llegar o por una autopista o en una de las líneas de Metro Ligero. A pesar de la lejanía, de lo pequeña que es la capilla y de que la Misa estaba programada a la una y media de un viernes, hasta el campus de Somosaguas se han desplazado cerca de 1.000 fieles. No cabían dentro del templo, por lo que la organización ha colocado altavoces en la puerta para que se pudiese seguir desde fuera.

"Si fuésemos menos ya habrían venido a abuchearnos"

La otra sorpresa ha sido la mediática. Cuatro unidades móviles de varias cadenas de televisión y una decena de fotógrafos de prensa, así como varios redactores de periódico han cubierto la Misa. Un estudiante se quejaba amargamente en uno de los jardines de la facultad porque a "su manifestación" en la facultad de Políticas no había ido ningún medio de comunicación. "¿Os paga la Iglesia o qué?", me ha espetado chulesco y desafiante al poco de comenzar la Misa. Luego, viendo que nadie le hacia caso, ha vuelto sobre sus pasos en dirección a Políticas, donde un reducido grupo de estudiantes se ha manifestado en el recibidor de la facultad para protestar contra la presencia de una capilla dentro del campus.

"Si fuésemos menos ya habrían venido a abuchearnos" me dice una estudiante de Económicas que se confiesa "hasta las narices del fascismo de pacotilla de los perroflautas de la facultad de Políticas". Por lo que se ve, en estos lares ser cristiano y parecerlo es un pecado que se paga con la imprecación continua. "Mira, hacen lo que les da la gana, se creen que esto es de su propiedad, lo llenan todo de pintadas, se ponen hasta arriba de porros y aquí nadie dice nada".

Y así es, la facultad de políticas es un monumento al graffiti. No queda un metro cuadrado de pared sin su correspondiente pintada, siempre con lemas de extrema izquierda. "En Psicología y Económicas –las otras dos facultades del campus– no hay tanta presión, pero como están esos de abajo (los de Políticas) siempre incordiando, pues no hay quien pare", dice Gema, antigua estudiante de Psicología que estudió aquí la carrera hace ya más de un lustro, "cuando el No a la Guerra", precisa, "no había quien aguantase la politización que se hizo entonces de la universidad y, en concreto, de este campus de Somosaguas". Gema ha venido hoy a la Misa porque es "católica, y a mucha honra" y porque estaba deseando ver esto. "En mis tiempos algo así hubiera sido impensable", remacha, "la habrían armado seguro".

En el otro lado se hacen las víctimas. Una joven con un aro en la nariz como esos que llevan en las tribus africanas, mira desde la lejanía a la multitud congregada frente a la entrada de la capilla y le comenta en voz bien alta a su acompañante: "es que se me está poniendo mal cuerpo sólo de verlo, no sé como consentimos que nos hagan esto aquí". El compañero asiente con la cabeza y se enciende un cigarrillo. Parece que él tampoco termina de creerse lo que está viendo allí, en "su campus".

Sobre una pequeña loma que hay junto al aparcamiento tres jóvenes escriben en las hojas de un bloc de espiral consignas de protesta. Uno dice "Universidad Laica", el otro "Yo no voy con esa gente", la tercera "Soy budista, ¿dónde rezo yo?" Muy budista no debe de ser porque los rezos de esta religión se hacen en cualquier momento y lugar sin que sea necesario un templo para ello. Por no hablar de que no existe el equivalente a la misa católica en el budismo.

Exceptuando a esta señorita, a sus acompañantes y a los pocos que se han acercado hasta las cercanías de la capilla para maldecir la celebración de la Misa, el resto de estudiantes del campus miraba sorprendido. Algunos se quedaban mirando un rato por si pasaba algo gordo, otros preguntaban y luego proseguían su camino sin más preocupaciones que las suyas propias. Queda demostrado lo que muchos intuían. Los estudiantes, por regla general, no son anticlericales. Ha sido una minoría, "los de siempre" como me recordaba un estudiante del campus, la responsable de profanar el templo la semana pasada.

Hoy esa minoría se ha encontrado de frente a una mayoría una multitud humilde pero orgullosa de sus creencias, pacífica y respetuosa. Mil cristianos, nada menos

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