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La inmolación

Se me ha atorado varias veces el ordenador con irritadas misivas en las que se me tacha de ignorante o de pedante por aceptar el verbo “inmolarse” en el caso de los terroristas. Bien, yo no tengo la culpa de que se inmolen, de que se inmolen por causas innobles, pero se inmolan. El problema está en que los occidentales o los cristianos ya no nos inmolamos por nada, ni siquiera los terroristas vascos. Ya no estamos para Numancias. Esa negativa puede ser buena o mala, aunque yo creo que es más bien plausible (digna de aplauso). ¿Qué  hacer, entonces, ante el hecho de la inmolación de los terroristas islámicos, como en su día la de los Kamikazes japoneses?
 
Vamos a cuentas, inmolarse es dar la vida u otra pertenencia muy valiosa en provecho de algo o de alguien que se considera enaltecido. Por ejemplo, la viuda del rajá que se dejaba (es un decir) sacrificar a la muerte de su marido. Eso cuentan las historias. Para los cristianos la inmolación suprema es la de Cristo. Pero muchas religiones han ensalzado el rito de los sacrificios humanos. Recuérdese la historia de Abraham e Isaac (para los que dieron Religión en la escuela). La etimología nos dice que la “mola” era en latín una especie de ungüento (hecho de harina tostada, sal y otras sustancias) con que se adobaba a la víctima antes de sacrificarla.
 
El problema no es solo que ahora nos repugna sacrificar voluntariamente a nadie en beneficio de alguna causa. Lo que nos molesta es que las causas por las que se inmolan los terroristas son particularmente nauseabundas, como, por ejemplo, el triunfo de regímenes dictatoriales. Además, repugna que las inmolaciones consistan en que, junto a los terroristas que llevan un cinturón explosivo, mueran otras personas ajenas al drama. Esos terroristas son ciertamente suicidas, pero, al suicidarse, matan indiscriminadamente. Realmente pueden matar así a otros correligionarios suyos. Ahora bien, el acto brutal sigue siendo un sacrificio humano por una causa, esto es, una inmolación. Lo de que la causa sea buena o perversa es algo subjetivo e irrelevante para esta discusión.
 
La inmolación de los terroristas es mucho más grave y disgustante que los suicidios. Normalmente los suicidas no desean matar a nadie más y no se matan por ninguna causa superior. Por eso mismo los terroristas que se inmolan con un cinturón explosivo, y al grito de “Alá es grande y misericordioso”, son mucho más peligrosos y rechazables que los suicidas, digamos, corrientes. Por cierto, menos mal que Alá es misericordioso.
 
De acuerdo con Jesús Alcocer en que “autoinmolarse” es una expresión idiota. Disiento de él respecto a que “inmolarse” no debe aplicarse más que a causas nobles, por ejemplo, las cristianas. Valga el comentario para Enrique Guillén o María Luisa Cirbián, empeñados en que, al aplicar la idea de inmolación a los terroristas, se les concede legitimidad. No, señor. Protesto contra la presunción de José Augusto Domínguez de que, si aplicamos el concepto de inmolación a los terroristas, “les hacemos el juego”. Ni hablar. Es al contrario, si solo los consideramos suicidas ─como sugiere mi corresponsal─ entonces es cuando minimizamos su carácter dañino, peligroso.
 
Nótese que el suicida ni siquiera es un delincuente en nuestras leyes (no puede serlo por sus razones evidentes). Es delito cooperar o inducir al suicidio de una persona. Pero ahí acaba la cosa. En cambio, inmolarse con el resultado de muerte o daño para otros es un acto monstruoso, por muy santa o patriótica que sea la causa que se alegue. La mentalidad del suicida corriente (por desesperación, ruina, celos, etc.) es distinta, casi opuesta, al de quien se suicida inmolándose por una causa que cree noble y mata a otros. Lo más grave es convencer a otros para que se inmolen de esa forma dañina. Ese es el verdadero crimen contra la humanidad. Normalmente esas personas no son juzgadas por nadie y muchas veces son enaltecidas como héroes. Es posible, incluso, que reciban el Premio Nobel de la Paz. Hasta ese punto el mundo está cabeza abajo.
 
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