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Miguel Ángel Duralde comenta que en casa de sus padres, en Madrid, estuvo viviendo un arquitecto ecuatoriano que se llamaba Amado Stalin Sotomayor. "Nuestro Stalin era encantador, amable, educado y agradecido, especialmente con mi madre que lo acogió también con cariño, y eso que presume de franquista". Don Miguel Ángel me narra otro suceso onomástico. Un primo suyo, carmelita descalzo, estuvo toda su vida en el Perú como misionero. Un día se le acercaron dos "indiecitos" con dos niños que acababan de tener, gemelos, niño y niña para que los bautizara. Habían consultado el almanaque para ver los posibles nombres y los encontraron. La parejita había nacido en un Viernes Santo y debajo ponía: Ayuno y Abstinencia. Nombres más apropiados para los bebés no podían encontrar.
Vicente Úbeda Bel (Alquería del Niño Perdido, Castellón) se alegra mucho de que mi nombre quiera decir Almendro. Augura el cumplido de don Vicente: "La verdad, no le va a usted nada mal. Es el almendro un árbol que, a pesar de cultivarse en tierras marginales o casi, suele ser muy generoso a la hora de la floración, en cuyo momento es un privilegio poder contemplarlo. Con pocos cuidados también es generoso en frutos". Me siento muy halagado. Don Vicente recuerda algunos nombres de personas conocidas: Aldegunda, Argelio y Epifanio. A ese último lo llamaban Pifanio. Añado que epifanía en griego es "manifestación, exposición".
Juan Enrique de la Rica me rebate mi idea de que el nombre de Amando procede de Amand=almendra. El originario San Amandus quería decir el "digno de ser amado" y con él me asocia el bueno de don Juan Enrique. Me cuenta que el tal San Amandus, patrono de los cerveceros, fue un obispo flamenco crítico del Rey Dogoberto y por tal razón fue preceptor de su hijo. Mi amable corresponsal insiste en que ese Amandus deriva del verbo amare y no de "almendra". La prueba es que San Amandus vivió en el siglo VII, época en que todavía se hablaba latín y no francés. Cierto es que amand deriva de amándula y a su vez del griego amygdala, pero esa derivación es posterior. Agradezco mucho las precisiones de don Juan Enrique. Con corresponsales así iría yo a cualquier parte.
Frank Vera (La Habana, Cuba) atestigua que en la Cuba sedicentemente revolucionaria impera la moda de rechazar los nombres del santoral, tenidos por españoles. En su lugar se inventan nombres "impronunciables, impresentables y horribles al oído". Tanto es así que en las escuelas los maestros añaden una V o una H para identificar el sexo de los alumnos. Don Frank narra la historia de una bella joven llamada Sanya. La explicación de su nombre es que sus padres esperaban un varón y tenían preparado el nombre de Sanyo (una marca de electrodomésticos japoneses). "Como la madre dio a luz a una hembra, le pusieron el nombre de Sanya". Más chusco es el otro caso que cuenta don Frank. Eran un par de mellizas llamadas Yanisleydis y Yonisleydis. Una de ellas, al llegar a la mayoría de edad trocó su nombre por Isabel Victorina, "todo un nombre de reina".
Bruno Fazio (traductor de profesión) recoge algunos nombres propios de la lista de sus clientes hispanoamericanos: Qionia, Aleyda, Arelys, Norma-Nelly, Omar-Gustavo, Cynthia-Ivana, Romina-Vanesa. Hay muchos más; recojo solo una selección de los más sonoros. Se comprende que en el mundo hispanoparlante se haya erosionado tanto la fiesta de la onomástica.
Una señora muy cumplida, con el ruego de que no cite su nombre, me aporta algunos nombres de inmigrantes cubanos registrados en el Ayuntamiento de su ciudad:
- Ramonsito (tal como suena, no como hipocorístico).
- Onedollar.
- Iloveny (sacado del I love NY de las camisetas).
Blas Broto cuenta que en los años sesenta se organizó un concurso ("un millón para el mejor") en el que había que presentar un deportista por cada provincia. El de Zaragoza se llamaba Martín Martín Martín.
Ramón Freire (El Rompido, Huelva) advierte que, al citar el nombre de su difunto tío, haya escrito una vez Filopiano y otra Filapiano. "Pero no crea que importa. Es más, conociendo como conocía a mi tío, estoy seguro de que, allá en el paraíso donde se encuentre, y si conserva el carácter que tuvo en esta vida, habrá desplegado una amplia sonrisa y se habrá sentido un poco más feliz. Y es que estaba orgulloso de que casi nadie atinase con su nombre. Por eso todos le conocíamos como tío Fila".
Pedro Manuel Arauz ha podido comprobar el dato de que en Herencia (Ciudad Real) "casi la totalidad de los reyes godos tenían su representación en los naturales de ese pueblo: Recesvinto, Chindasvinto, etc.". Añade don Pedro el extraño nombre de Uriel con que se le presentó un cliente.

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