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Google, víctima y cómplice

Google, la compañía que presume de tener el “Don't be evil” como lema corporativo informal, se ha convertido en el objeto de crítica de todos los defensores de la libertad de expresión en Internet al acceder a las exigencias de control y censura de la dictadura china. La misma empresa estadounidense que no duda en enfrentarse al ejecutivo estadounidense hasta el punto de hacer subir varios grados el siempre caliente debate sobre la privacidad on line, cede ante el Gobierno de Pekín para poder mantener sin problemas su presencia comercial en el gigante asiático. La primera reacción de cualquier persona decente ante esto es el enfado, la indignación más absoluta. Sin embargo, después debe venir la reflexión.

Una cuestión fundamental es el por qué de tan diferente comportamiento en cada país. La respuesta fácil, y además en gran medida cierta, es que Google no quiere perder los beneficios económicos de estar presente en el mercado chino. Sin embargo esto sólo explica el motivo por el que se pliega a las exigencias de la dictadura de Pekín, mientras queda sin responder por qué no cede de igual manera ante los requerimientos de Washington. Para comprender la causa real basta con distinguir entre los sistemas políticos y económicos de Estados Unidos y el gigante asiático.

Estados Unidos es una democracia con un sistema económico de libre mercado. Los responsables de Google saben que contrariar al político de turno no conlleva unas represalias casi seguras por parte de la Administración. En los países capitalistas existen unas reglas del juego idénticas para todas las empresas a las que, además, se les protege en gran medida contra los abusos de los gobernantes. Así, ante la negativa del buscador a entregar una información que considera que afecta a la privacidad de sus usuarios, el gobierno estadounidense no tiene más remedio que estarse quieto o llevar el asunto por vía judicial. El gobernante no tiene capacidad para cerrar o expropiar empresa por simple venganza o para "dar una lección" a otros empresarios con veleidades "rebeldes".

En China ocurre lo contrario. Es una férrea dictadura en la que el Partido Comunista ejerce un poder total y absoluto. Lejos de tener un sistema capitalista, la tan por muchos elogiada liberalización económica tan sólo es parcial y en buena medida aparente. Las compañías siguen sometidas al capricho de los políticos y burócratas. Si una empresa toma una medida que disgusta al aparato de la dictadura, o se niega a plegarse a sus exigencias, sabe que puede sufrir represalias por ello. El sector privado está totalmente sujeto a la arbitrariedad del gobierno y no tiene defensa posible contra sus abusos. Sin democracia no puede existir el mercado. Como sucedía en los regímenes fascistas, en la tierra de Mao no existe un autentico respeto a la propiedad privada y a la libre iniciativa.

Las profundas diferencias entre los modelos políticos y económicos de Estados Unidos y China explican el distinto comportamiento de Google en cada uno de estos países. Una segunda, y nada insignificante, cuestión es la valoración ética y moral que se haga del comportamiento del gigante de Internet ante la dictadura china. Soy de los que creen que es totalmente reprobable, pero admito que tal vez existan matices. Desde una óptica utilitarista hay quienes argumentan que es mejor que haya alguien que dé poca y filtrada información a que no se dé ninguna. Sostienen este tipo de comportamientos ayudan a resquebrajar, aunque sea poco a poco, al régimen comunista. Reconozco que tengo mis dudas.

Sin embargo hay algo que tengo muy claro. La aceptación de las exigencias de la dictadura por parte de Google es mucho menos grave que la ayuda prestada por Yahoo! en la captura de un disidente. El comportamiento de la primera de ellas puede llegar a tener una justificación, aunque sea utilitarista; el de la segunda, ninguna.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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