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Poco a poco, lentamente, a las gentes bienpensantes de nuestro país se les están acabando las coartadas ideológicas. Desde hace años una ideología totalitaria viene reduciendo la libertad de conciencia de los ciudadanos de Cataluña. Digo de conciencia, porque de opinión y expresión, ya la redujo hace aún más años. Y digo de conciencia porque ya no sólo vale ser y parecer sumiso, es preciso creérselo para sobrevivir a tanta cobardía social, política y moral.
La expresión patológica más evidente es la existencia de miles de ciudadanos conversos que se han fundido con el paisaje nacionalista, ya no para engañar a los otros, sino a sí mismos. Por eso el cierre de algunos focos de contraste con el paisaje catalanista, como dos emisoras de La Cope, tres de Punto Radio y el extraño canje de la Cadena SER que pierde dos, pero le dan tres, no ha levantado indignación en la clase dirigente, intelectual y mediática más proclive a la indignación moral de todo Occidente.
El negocio nacional ha infectado todo, incluido esa conciencia. Nada nuevo para los que hemos vivido la incubación del huevo, sus primeras serpientes y ahora ya sus estragos.
Que nadie se equivoque, lo que para la mayoría de españoles nos parece un proceder totalitario, reconforta a quienes trabajan cada día para la construcción nacional mediante el mecanismo de la exclusión. Duermen a pierna suelta. La cruzada lingüística y la nación es un deber moral que lo justifica todo. De hecho, su fuerza sobre los demás proviene de su superioridad moral. La viven como el pez que no siente su propia humedad. Como la aceptan quienes la viven como contraste: el complejo de inferioridad que han interioriza sin apenas darse cuenta.
Este movimiento catalanista va en serio. No el nacionalista concreto, individual, sino la masa crítica que lo justifica todo y les disuelve en su cruzada. Esa masa es ciega y sorda, sólo berrea los eslóganes de la tribu.
"Limpieza lingüística", ahora limpieza mediática. Que nadie se equivoque, si el Tribunal Constitucional no restaura la igualdad de todos los españoles en el recurso contra el Estatuto, todo será posible. De hecho, el Parlamento de Cataluña, legisla como si fuera un Estado y el Gobierno ejecuta ya como Estado. Y el Gobierno central es su máximo valedor.
Hoy ha pasado el trámite parlamentario el proyecto de Ley Catalán de Educación. Una Ley de País. La escuela será el nido de la serpiente del futuro Estado Catalán. Las voces discrepantes deben ser reducidas. Ya sin temor a ser considerados canallas. Si se van los disconformes, tanto mejor. Y si no, se les echa. La exclusión de Cope y Punto Radio no servirá para escandalizarse, sino para indicar la suerte de quienes se resistan a la asimilación. Tiempos duros.
El sábado, 22 de noviembre, a las 12 de la mañana, Ciudadanos ha convocado a la ciudadanía a una concentración ante las puertas del CAC (Consell de l'Audiovisual de Catalunya), organismo que ha pertrechado esta última fechoría. Calle Enteça, 321, Barcelona.
De momento, la solicitud de dos Ciudadanos ha logrado hacer comparecer en sede parlamentaria al presidente del CAC, Josep Maria Carbonell, para que explique los criterios que han llevado al organismo a convertirse en el brazo ejecutor de esta vergüenza democrática. Son dos ciudadanos ordinarios. Aparentemente. Su fuerza no es ordinaria, es la fuerza de miles de ciudadanos que un día les fortalecieron democráticamente junto a un tercero, en unas elecciones. Sólo nos queda esta lección. Dos, tres ciudadanos, no son nada por sí mismos. Pueden serlo todo junto a otros muchos, si muchos más unen sus fuerzas democráticas en el ritual de las urnas.
Se acabó la adolescencia.
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