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Columna publicada el 13-08-2001
El caso de Gescartera es peor que Ibercorp porque se produce bastantes años después y porque demuestra que las condiciones de corrupción, nacidas de la sensación de impunidad por parte de los amigos del Gobierno en materia económica y fiscal permanecen igual que durante el felipismo. Con un primer agravante: esa máquina de delinquir que es la Agencia Tributaria, ilegal y anticonstitucional desde sus orígenes, no ha sido reformada y su funcionamiento queda al albur de la ineficacia o de la buena fe de sus profesionales, pero basta hablar con un subinspector, uno solo, para que cualquiera se percate de la magnitud de ese apocalipsis de bolsillo que es cualquier cosa menos pequeñito. Y con un segundo agravante mucho mayor: el Gobierno ha ido elaborando consuetudinariamente una doctrina de la irresponsabilidad del PP en materia de corrupción que lleva inevitablemente a la creación de una, dos, muchas Gescarteras.
Aznar llegó desde el principio de su estadía monclovita a una conclusión que no se ha recatado en proclamar a menudo: el mero hecho de que él esté en el Gobierno impide la corrupción por arte de magia personalísima y por la virtud que esta magia transmite al Gobierno y al PP en general. Él no roba, luego nadie en su entorno puede robar. Naturalmente, se olvida de que tampoco González se llevó un duro en el Caso Ibercorp y hasta puso la mano en el fuego por Mariano Rubio. El muy imbécil, dirá Aznar. Él, cómo no, está a salvo de la imbecilidad y de la inmoralidad... véase Gescartera.
Y en cuanto a su partido, como está demostrando con torpeza infinita Javier Arenas, ha desarrollado una técnica de exculpación política acorde con la intangibilidad moral de Aznar: “Nadie del PP roba” –dicen o sugieren sus talantes parlamentarios– y si el PSOE lo denuncia, más roba el PSOE. En cuanto a las explicaciones concretas sobre lo denunciado, nosotros no somos como ellos, que aún no han dicho cuánto se llevaron de Filesa. Nosotros estamos dispuestos a llegar hasta el final. Lo que no haremos, naturalmente, es crear una comisión de investigación parlamentaria porque lo diga el PSOE. También lo dice IU, como en tiempos de González, pero tampoco a eso se contesta. “Nosotros no somos como la Derecha” –decían los socialistas–. “Nosotros no somos como el PSOE” –dicen los populares–. Vaya que si lo son. Tan vanidosos como embusteros. Y, por ende, corrompidos o corruptibles.
Si la responsabilidad política es independiente de la penal –y debe serlo, como bien explicó Aznar cuando estaba en la Oposición a propósito del Caso Ibercorp–, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, a cuya sombra o con cuya pavorosa inadvertencia fundó su almacén de trapacerías, trinques, liviandades y cohechos su subsecretario y jefe del Fisco, el Giménez Reyna mayor, debería haber dimitido ya. Como Solchaga cuando Ibercorp. Todo lo demás es mala literatura. Y tiene enfrente a dos enemigos peligrosos: uno desahuciado por Aznar: la moral; otro, que no hay quien desacredite: la hemeroteca. Por ambos, Montoro debe dimitir por su cuenta antes de que le dosifiquen la dimisión y labren su descrédito los administradores del desgaste político. Que tampoco han cambiado, ni de doctrina ni de costumbres.

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