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PANORÁMICAS

Gordon Gekko, mi villano favorito

Veintitrés años de diferencia entre Wall Street (1987) y Wall Street, el dinero nunca duerme (2010). Pero mientras que el protagonista, Gordon Gekko (Michael Douglas en el papel de su vida), sigue siendo el mismo golfo avaricioso y astuto de entonces, el director y guionista que las ha pergeñado, Oliver Stone, ha perdido filo y potencia; de ahí que haya firmado uno de los finales más ñoños de los últimos tiempos.

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Wall Street 2 es una película mediocre tanto en la forma como en el fondo, a medio camino de lo que podría haber sido y no fue. Aunque a ratos intensa y terriblemente lúcida, la mayor parte del tiempo resulta soporífera y sentimentaloide. Sin embargo, por esos momentos de descripción fidedigna de lo que seguramente es el signo de los tiempos: la alianza entre las grandes corporaciones y el todavía más gigantesco Estado, merece la pena verla.

Gordon Gekko se mueve como una anguila eléctrica emboscada, individualista y genial, dentro del Sistema. Lo mejor de la película son sin duda los retratos de los grandes brokers de Wall Street, por los que Stone siente una secreta admiración. Aunque explícitamente los critique por avariciosos, egoístas y falsarios, de forma implícita los presenta como emprendedores, innovadores, inteligentes, poderosos. Los duelos interpretativos Michael Douglas vs. Josh Brolin, Brolin vs. LaBeouf, Wallach vs. Brolin, Douglas vs. LaBeouf, Langella vs. Brolin, todos ellos impregnados en testosterona y trufados de agudezas verbales, constituyen una interesante variación de lo que podría haber sido un western urbano mayor, pero a Stone le ha salido un melodrama familiar menor.

Crítico con el liberalismo, Stone explica la crisis financiera de los últimos años como consecuencia de la "ausencia de valores", de la caída de la sociedad en el pecado capital de la avaricia y la desintegración de la familia tradicional. Una exposición que hará las delicias de los conservadores tipo Sarkozy, que querrían una vuelta a una "moralidad sólida" como fundamento de un "capitalismo reformado", y de los progresistas que creen, como Zapatero, que los valores de la derecha cotizan en la Bolsa y los de la izquierda, en el corazón.

El hilo que une ambas Wall Street es la idea de que la avaricia rompe el saco; de que la codicia es lo que mueve al ser humano más allá de cualquier límite ético. ¿La consecuencia? Los individuos y la sociedad, enfangados en la corrupción y el caos. Lo mismo que Erich von Stroheim mostró en 1924 en la brutal Avaricia (Greed), sólo que ahora el vicio de la acumulación de capital se apoya en el crimen de una mafia conocida como Wall Street y que hace de multiplicador exponencial del deseo desordenado e inabarcable de atesorar riquezas.

Esto encarna en la figura encanecida pero no por ello menos sardónica y potente de Gordon Gekko, de profesión sus trapicheos financieros y las puñaladas por la espalda a toda persona, animal o cosa que se atreva a interponerse en su camino. Recién salido de la cárcel, Gekko se ve envuelto en la más profunda crisis del capitalismo desde el crack del 29. Y, ya se sabe, en río revuelto, ganancia de pescadores sin escrúpulos como él. Stone es hábil en la descripción de la muerte y resurrección del sistema financiero privado de los Estados Unidos gracias a la intervención Deus ex machina del Estado. Y se recrea en la suerte, tan grata para un izquierdista convencido como él, de ver cómo el sistema que jalea la institución del mercado y la libre competencia, a la hora de la verdad, cuando le toca quebrar al poderoso que ha demostrado ser ineficaz e ineficiente, en lugar de al pequeño e insignificante tendero de la esquina, reniega de sus sacrosantos principios liberales para abrazar la ortodoxia pro-estatista y el capitalismo de Estado. "¡Pero esto es socialismo!", dice el compungido representante del Gobierno de Bush cuando claudica ante la tabla redonda de los caballeros financieros que le amenazan con el apocalipsis de la civilización occidental si no salva sus bancos (y de paso sus sueldos y demás regalías).

La broma de salvar de la competencia a los más poderosos le empezó costando al pueblo norteamericano setecientos mil millones de dólares. En una secuencia apenas esbozada, un comentarista televisivo, en la senda de Juan Ramón Rallo, defiende sin embargo la liquidación de las malas inversiones realizadas por los incompetentes financieros para así ajustar la estructura productiva y encaminarla a los procesos realmente competitivos. Un iluso hayekiano, claro, para estos tiempos keynesianos.

Lástima que una temática tan interesante haya terminado en las fofas manazas de Stone. Si el guión está lleno de trampas, como si doña Corín Tellado hubiese vuelto del más allá para enhebrar una sarta de perlas de buenos sentimientos en el hilo de una historia de perroflautas, la dirección es una colección de clichés y metáforas visuales muy subrayadas sobre el carácter y las motivaciones de sus protagonistas. Unos cuantos ejemplos: la analogía entre el ansia de riqueza y la pasión competitiva en el motociclismo que vincula a LaBeouf y a Brolin; el cuadro de Goya Saturno devorando a sus hijos que adorna el despacho de Brolin; las piezas de dominó cayendo en cascada o el skyline neoyorquino simulando un gráfico de la evolución de la compraventa de acciones. Por si alguien entre el público aún no hubiera captado el mensaje –porque de lo que se trata, al fin y al cabo, es de entretener relativamente para colar de rondón la moralina–, hay una serie de frases ingeniosas, sobre todo puestas en labios de Gekko, cuya presencia domina la pantalla incluso cuando no aparece en ella, para el remache: "La avaricia es buena. Ahora además es legal", "El dinero es una puta que nunca duerme"...

Aunque es complicado explicar el intríngulis del origen y desarrollo de la crisis financiera, lo cierto es que Stone es capaz de avanzar los puntos clave de la misma, simplificando pero sin caer en graves errores. Así, nociones como "riesgo moral" o "apalancamiento" van desgranándose pedagógicamente, ante unos aterrorizados pero fascinados espectadores que presencian cómo las grandes corporaciones juegan a la bolsa como si fuera un casino y, horror de horrores, con el dinero que los confiados e inadvertidos ciudadanos les han confiado.

¿Cuál será la próxima burbuja que explote? A corto plazo, puede ser el oro. En el largo plazo, Stone parece apostar paradójicamente por las energías verdes, susceptibles de convertirse en una moda cultural que lleve a un descenso artificial de su precio. De burbuja en burbuja, igual acabamos liándola de nuevo... y definitivamente.

 

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