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Elecciones iraquíes

Cuanto antes, mejor

La difícil situación en el triángulo sunita y la petición de un conjunto importante de fuerzas políticas árabe-sunitas y kurdas de aplazar durante seis meses las elecciones generales en Irak, han abierto en la comunidad internacional el debate sobre la conveniencia o no de celebrar dichos comicios en el mes de enero.
 
Es evidente que en una parte del territorio iraquí no se dan las condiciones para celebrar una campaña electoral ¿Alguien se imagina un acto convocado por un partido democrático en Ramadi? El sólo hecho de declararse demócrata es una sentencia de muerte en cualquier de los tristemente famosos enclaves de mayoría árabe-sunita situados entre los ríos Tigris y Eúfrates.
 
Tampoco resulta creíble la existencia de un censo de la ciudad de Faluya, por poner un ejemplo entre varios posibles, y sin disponer de un listado de ciudadanos con derecho de voto el ejercicio de la democracia resulta ficticio.
 
Reconocido todo lo anterior la conclusión a la que llegamos es exactamente la contraria de la que el sentido común parecería indicar: es urgente la convocatoria de elecciones.
 
Si aplazamos seis meses la convocatoria nos podemos encontrar con una situación peor, no mejor. Los terroristas se alimentan de la limitada legitimidad del actual Gobierno y del peso de Estados Unidos. Las deserciones en las nacientes Fuerzas Armadas y Policía iraquíes tienen mucho que ver con la falta de autoridad del Ejecutivo y eso no va a mejorar con el tiempo, sino todo lo contrario.
 
Unas elecciones generales limpias, celebradas con normalidad en la mayor parte del país, darán paso a un Gobierno plenamente legítimo que podrá afrontar el problema del orden público con la autoridad y la contundencia necesarias. No cabrá acusarle de brazo del imperialismo americano y se dará paso a una nueva fase en el proceso de reconstrucción.
 
Las elecciones canalizarán la tensión acumulada en la Shía, el más importante aliado de Estados Unidos hasta la fecha y el mayor problema potencial para el futuro de Irak. Desde Alí Al Sistani hasta el último de los chiítas tienen muy claro que Bush les ha liberado de su mayor problema, de quién les ha asesinado, con armamento químico o convencional, y torturado durante décadas; del régimen que no les ha permitido desarrollarse con libertad. Pero, muchos de ellos temen que la potencia americana quiera establecer un régimen neocolonial. Por eso, sólo el pleno ejercicio de la democracia canalizará esta poderosa fuerza política, les llevará por primera vez al ejercicio del poder y les comprometerá en la dirección de las operaciones antiterroristas en el triángulo sunita.
 
En estas nuevas circunstancias los notables árabe-sunitas, aquellos que se encuentran al frente de los grandes clanes, tendrán que enfrentarse con un dilema nuevo: o combaten al terrorismo y entran en el juego político, tratando de hallar su propio espacio de influencia, o tendrán que hacer frente a la Shía, a los kurdos y a Estados Unidos al mismo tiempo.
 
Este escenario preocupa, y mucho, a los kurdos. Sin una presencia árabe-sunita en el Parlamento no tendrán modo de equilibrar la influencia chiíta y es bien sabido que Alí Al Sistani tiene serios reparos al grado de autonomía concedida a los kurdos. Es lógico que quieran ganar tiempo, pero esa no es la solución.
 
Los árabe-sunitas se tienen que enfrentar a la realidad de la nueva situación política y es justo que los chiítas, que tanto han dejado hacer, se vean recompensados con una representación parlamentaria acorde con su importancia demográfica.
 
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

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