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CATALUÑA

La ofensiva reaccionaria

Los políticos y formadores de opinión del somatén secesionista, expertos en la manipulación y tergiversación mistificadora, disparan contra quienes defendemos la integridad de España andanadas de epítetos denigrantes: somos la caverna, ultraderechistas, fascistas, y nostálgicos de la Acorazada Brunete. Mientras ellos, que confiesan sin sonrojos su obsesión por devolvernos a la Arcadia medieval, son, a la hora de la verdad, la vanguardia de la ofensiva reaccionaria.

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Màrius Carol despliega en su columna (La Vanguardia, 18/3) todos los recursos de que se valen los auténticos retrógrados para poner la realidad patas arriba y convertir a sus adversarios en los malos de la película. Escribe Carol bajo el título "Minas de caspa":

Alguna prensa de Madrid debería regalar bolsas de Albal para depositar tantas células ideológicas secas como incluyen en sus páginas (...) Catalunya está en el centro de estos ataques casposos: la inmersión lingüística, el pacto fiscal o las consultas no referendarias excitan los discursos más rancios. Y las portadas de esta prensa lejana llegan al quiosco con motas que no son de nieve, sino escamas plateadas. Es descorazonador asistir a esas exhibiciones casi diarias de activación de la caspa de los sectores más reaccionarios.

Lacras feudales

La inmersión lingüística, el pacto fiscal y las consultas no referendarias pero convertidas en armas arrojadizas son, precisamente, los tres instrumentos de que se valen los involucionistas para resucitar lacras feudales; lacras que, si no son el desiderátum de los verdaderos reaccionarios, que baje Carlomagno y lo diga. Porque, curiosamente, o mejor dicho, significativamente, Carlomagno es uno de los puntos de referencia históricos hacia donde miran estos detectores de caspas ajenas. Artur Mas se lo confesó a la siempre alerta Pilar Rahola (Magazine de LV, 26/2/2012), con el añadido de una falacia racista propia de un reaccionario casposo de pura cepa:

Quizás el ADN cultural catalán está mezclado con nuestra larga pertenencia al mundo franco-germánico. En definitiva, Cataluña [¡atención, escrita con eñe en La Vanguardia!], doce siglos atrás, pertenecía a la marca hispánica y la capital era Aquisgrán, el corazón del imperio de Carlomagno. Algo debe de quedar en nuestro ADN, porque los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos.

Doce siglos atrás. Carlomagno. Esta es la Ítaca hacia la que navega CDC en su confirmada singladura independentista, con las estaciones intermedias que Màrius Carol nos prohíbe denunciar, so pena de tener que armarnos con un peine desechable porque "los últimos estudios científicos advierten que la caspa se contagia". Sí, esto se confirma leyendo a algunos colaboradores de la prensa del somatén y oyendo a sus mecenas políticos.

Mitos y camelos

Las estaciones intermedias quedaron perfectamente delineadas en el último congreso de CDC, celebrado en Reus y donde, según la crónica periodística, este partido ha introducido en su hoja de ruta para los próximos años "el concepto de Estado propio",

al que el presidente de la Generalitat volvió a hacer referencia, de forma más o menos explícita, en su intervención de ayer, después de que la ponencia política que lo incorpora fuera aprobada por el 99,90 % de los votos, es decir con uno solo en contra.

Cataluña, insistió Artur Mas, quiere "los mismos poderes que tiene cualquier Estado" y llamó a "construir la gran mayoría" para conseguirlo. Pilar Rahola es categórica (LV, 28/3): "Conociendo a Mas, es evidente que ni es tacticismo cortoplacista, ni es un juego retórico. Algo muy profundo se ha movido en las tranquilas aguas convergentes, y va en una única dirección".

Si toda la entelequia secesionista descansa sobre mitos y camelos, la ilusión de seducir a "la gran mayoría" es aun más desatinada. Otro columnista enrolado en el secesionismo, Francesc-Marc Álvaro, lo explica ciñéndose a la realidad (LV, 26/3):

El primer problema de la organización que ahora dirigirá Oriol Pujol Ferrusola es la creciente fractura entre una militancia declaradamente independentista y un electorado mucho más diverso donde sólo la mitad se decantaría por el divorcio Catalunya-España.

Y a continuación Álvaro reconoce que este es el dilema que apremia a Artur Mas,

el primer presidente catalán que se ha manifestado personalmente a favor de la secesión (lo hizo cuando votó en la consulta informal realizada en Barcelona el 10 de abril del año pasado).

Argumentos deleznables

Este es, en síntesis, el panorama: un Gobierno autonómico que, huérfano del apoyo de una mayoría de ciudadanos, pretende involucrarnos a todos, con argumentos deleznables, en un estado ficticio unido por un cordón umbilical falso a un pasado histórico inventado. Escribe Miquel Porta Perales (Malalts de passat, Laertes, 2000):

Ya hace más de 30 años que Ramon d'Abadal demostró que ni la documentación franca ni la documentación catalana utilizaron a partir del año 850 el término Marca Hispànica para referirse a las tierras que se encuentran a uno y otro lado del Pirineo Oriental. Y Zimmermann ha demostrado que durante los siglos IX y X no hubo ningún nombre que designara exclusivamente los condados catalanes. El término utilizado es Hispania. Por otra parte, dicha Marca Hispànica nunca fue –contra lo que sostiene la historiografía nacionalista catalana– un territorio unido gobernado desde Narbona o Barcelona. Todo es producto de un equívoco que tuvo su origen en el siglo XVII, cuando un clérigo francés inventó la idea de una Marca homogénea e independiente a mayor gloria de los intereses del rey Luis XIV, que deseaba anexarse Cataluña. El nacionalismo catalán sacó buen provecho ideológico: ¡en el siglo IX, Cataluña ya era una nación!

El cordón umbilical que reivindica Artur Mas es, sencillamente, el que une al secesionismo casposo y reaccionario con lo más tenebroso de la Edad Media. Ya cité en mi artículo "Ciudadanos de quita y pon" la definición retrógrada que estampó la agitadora Patricia Gabancho en su libro El preu de ser catalans:

La cultura catalana pertenece a un país que tuvo sus quince minutos de gloria en la Edad Media (...) La Edad Media marca la cima del poder cultural, político y lingüístico catalán; la máxima extensión en el mapa: el ducado de Neopatria y el Partenón de Grecia como joya principal de condes-reyes.

Catálogo de horrores

Los "quince minutos de gloria" de Gabancho fueron para otros un catálogo de horrores. Escribe Fernando García de Cortázar (Mitos de la historia de España, Planeta, 2003):

Olvidado el detalle histórico de que la intervención de los reyes catalanoaragoneses y sus bandas de guerreros, sus victorias y conquistas en Sicilia, Cerdeña y en la península italiana dieron pie al primer capítulo de la leyenda negra española o que la Inquisición había operado en la Corona de Aragón antes de que los Reyes Católicos la utilizaran para erradicar la disidencia religiosa y borrar las fronteras interiores de los reinos (...) Catalán fue uno de los principales organizadores de la Inquisición medieval en la Corona de Aragón, Ramón de Penyafort, y catalanes, aragoneses, mallorquines o valencianos fueron los oficiales y funcionarios de la Inquisición en aquellos reinos. Únicamente la cúspide, el inquisidor, era castellano.

La Edad Media está omnipresente en el argumentarlo del nacionalismo involucionista. Incluso un periodista normalmente culto, moderado y razonable, con quien tuve una relación fluida cuando fui colaborador de La Vanguardia, Lluís Foix, apeló al pasado oscurantista cuando increpó al Gobierno de Baleares porque éste eliminó la obligatoriedad del conocimiento del catalán para acceder a la función pública (LV, 27/3). Foix, que se resignó a ocupar cargos de mucha responsabilidad en un diario que se publicó exclusivamente en castellano hasta el 3 de mayo del 2011, interpreta la apertura del Gobierno balear como una agresión desmesurada contra el catalán, apoya la beligerancia de los intolerantes y concluye:

Estoy seguro de que si Ramon Llull viviera hoy habría acudido a la manifestación de Palma.

¡Por supuesto que habría acudido! En su tiempo, el mismo que anhelan reproducir los secesionistas, Jaime I había terminado de expulsar a los habitantes musulmanes de Mallorca y de exterminar a los remisos. Sólo perduraron, en la clandestinidad, los chuetas. Cuenta Salvador Claramunt (Memoria de España, dirigida por Fernando García de Cortázar, Aguilar, 2004):

El inicio de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con la expedición de la conquista de Mallorca, contó con el especial entusiasmo de los mercaderes y la Iglesia catalana, que colaboraron generosamente en su realización, así como también de importantes familias nobles (...) La repoblación de las islas contó con gentes mayoritariamente procedentes del Ampurdán, así como del resto de Cataluña, de modo que se impuso su lengua y se dieron nuevos nombres a las poblaciones (...) Medina Mallurca, a partir de entonces, se llamó Ciutat de Mallorca.

Llull, favorito de Jaime I y preceptor de su hijo, el futuro Jaime II de Mallorca, habría acudido a la manifestación de los intolerantes si no hubiera estado predicando, como lo hacía, en las puertas de las mezquitas y sinagogas de Alemania, Francia e Italia. Sólo más tarde su discípulo Jaime II lo autorizaría a predicar en el interior de esos templos para convertir a los infieles, aunque no pudo materializar su proyecto de organizar una

nueva cruzada para liberar Tierra Santa.

Rancio arcaísmo medieval

García de Cortázar demuele, en su libro sobre los mitos de la historia de España, las idealizaciones tejidas alrededor de algunas de estas patrañas:

La Arcadia democrática, la edad áurea a la que se refirieron los escritores de la Renaixença y en la que los nacionalistas catalanes se zambullen en busca de antiguas libertades perdidas, coincide con la extrema reacción feudalizante y máximo endurecimiento de las condiciones de vida del campesinado. Lo cierto es que jamás existió aquella edad de oro, salvo que se quiera convertir un reino de siervos y esclavos, con campesinos oprimidos y acusados de deslealtad por sus señores, en una comunidad ideal. Tras las Cortes y la Generalitat –al decir del mito, cuerpos místicos de Cataluña– no habla el pueblo sino el peso de una oligarquía feudal que tiene maniatado al monarca y empeña su esfuerzo en que se amplíen y reafirmen sus poderes absolutos sobre el desgraciado campesinado, incluido el derecho de abuso y maltrato del vasallo, glorificado como una libertad del reino. El pactismo, eje del discurso catalanista, nunca entrañó mayor libertad para el pueblo sino más feudalismo y más poder en manos de la aristocracia, los obispos y los patricios de Barcelona. A finales del siglo XV los reinos de la Corona de Aragón, con Cataluña a la cabeza, seguían anclados en el más rancio arcaísmo medieval y feudalizante.

Élite tribal

Artur Mas arengó a sus catecúmenos de CDC diciéndoles (LV, 26/3):

No nos hemos pasado mil años construyendo un país contra todas las adversidades para que ahora contemplemos, de brazos cruzados, el espectáculo de ver cómo no se nos permite desarrollar nuestra personalidad nacional.

Lo dejó claro: la vocación reaccionaria del secesionismo está por encima de las consignas demagógicas que utiliza para convertir en mayoría lo que hasta ahora no es más que una élite tribal, y aun así, con discriminaciones. El heredero Oriol le confiesa a Jordi Barbeta que se siente más Ferrusola que Pujol (LV,26/3). El pacto fiscal es un señuelo. El objetivo confesado es el retorno a la Ítaca arcaica. Más casposo, imposible.

Juan Antonio Zarzalejos, poco amigo de las posturas radicales, marcó esta vez, literalmente, la línea roja a la que debe ceñirse el gobierno de España (LV, 29/3):

El PP no puede secundar la acción de un Gobierno que en su dogmática congresual apunta a un Estado propio para Catalunya. Hacerlo sería tanto como renunciar a su esencialidad y defraudar a sus votantes.

Puesto que soy uno de esos votantes, suscribo su advertencia. Con la esperanza de que los votantes del PSOE y UPyD ayuden a frenar la ofensiva de los reaccionarios que se sienten unidos por un cordón umbilical a las iniquidades de los tiempos feudales, inquisitoriales y carolingios.

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