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Rivera Rey

C's ha salido indemne de todos sus errores por tratarse de una magnífica idea, aunque no sé si tan buena como para seguir errando hasta el fin de los tiempos.

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Albert Rivera | EFE

En el I Congreso de Ciudadanos, celebrado en julio de 2007 en el hotel Hesperia, el profesor Francesc de Carreras presentó una enmienda a la ponencia de ideario que, tras ser aprobada por la mínima, supuso la definición del partido como de "centro-izquierda". Al punto, un grupo de militantes (los mal llamados "derechistas" o "liberales") entendimos que semejante etiquetaje conculcaba uno de los rasgos que conferían sentido a Ciudadanos, cual era la primacía de las ideas sobre las ideologías, y causamos baja. A nuestro juicio (si bien, en verdad, nunca hubo un nosotros mínimamente articulado), se trataba de una acotación disolvente, que no tenía otro fin que el de servir de lenitivo moral a aquellos izquierdistas que, como De Carreras, temían la posibilidad de que Ciudadanos (y, sobre todo, ellos mismos) fueran confundidos con derechistas o algo peor.

Rivera, que solía proclamarse liberal, consideró la enmienda De Carreras una minucia, una suerte de nota al pie más o menos orientativa que, en todo caso, no debía desviar a Ciudadanos de su principal cometido, esto es, el de irse perfilando como una maquinaria electoral con hechuras de empresa franquiciadora. De acuerdo con su concepción del partido como artefacto puramente instrumental, que uno de los padres fundadores se empecinara en un adjetivo no dejaba de ser anecdótico. Tanto se lo parecía que apenas dos años después Ciudadanos, una formación con carnet de centro-izquierda, se presentó a las europeas de la mano de Libertas.

Sirva el dato para refutar que la enmienda liberal que hoy plantea Rivera exprese convicción alguna o sea el fruto de un debate en el seno del partido. Antes bien, obedece, como tantas otras medidas en Ciudadanos, a un cálculo electoral. El objetivo, en este caso, es entrar en liza con el Partido Popular, disputarle el voto en cada rincón de España y, a medio plazo, reemplazarlo en el papel de partido alfa del centro-derecha. Obviamente, C's llega tarde. Hace dos años, o incluso un año y medio, habría sido posible. Ahora, después de que el PP haya capeado mil y un temporales, empezando por la crisis y acabando por el pitufeo, se antoja complicado, por no decir ilusorio. Mas la reformulación del ideario encierra otro propósito: liquidar definitivamente el legado del grupo de intelectuales, cuya labor oracular siempre ha despertado en Rivera toda clase de recelos. A ello apuntan, asimismo, la supresión de la frase que alude al origen catalán del partido ("C's es el fruto maduro de una reacción ciudadana que tiene su origen en Cataluña y que posteriormente se proyecta en toda España") y la expurgación del concepto laicismo identitario, en el que la Ejecutiva ve una muesca del pensamiento de la eurodiputada de UPyD Teresa Giménez Barbat, asimismo fundadora de Ciudadanos, y por quien Rivera y su guardia pretoriana sienten una hostilidad rayana en lo patológico.

El afán de que nada en el partido escape al control del líder se manifiesta igualmente en la propuesta que prevé la expulsión de quienes participen en "corrientes de opinión que sean contrarias a los intereses del partido" o efectúen "manifestaciones públicas que puedan ser consideradas desleales o contrarias a los intereses del partido". Y donde los intereses del partido se confunden cada vez más nítidamente (valga la paradoja) con los de Rivera.

Entre las razones que éste aduce para promover dichos retoques se halla la expansión del partido. "Hace diez años", arguye, "éramos una plataforma civil y autonómica y ahora somos un partido nacional y europeo". Se trata, obviamente, de una falsedad. Ciudadanos germinó en Cataluña, es cierto, pero desde primera hora fue un proyecto de vocación nacional, y de ello no sólo dan fe las presentaciones de la asociación por toda España, o el hecho de que la consejera más votada en el Congreso Constituyente, celebrado en Bellaterra en julio de 2006, fuera Verónica Puertollano, que lideraba la primigenia agrupación de Madrid; de ello también da fe el propio Rivera, que solía reivindicar esa misma condición frente a los dirigentes de UPyD cuando éstos tildaban despreciativamente a Ciudadanos de "partido catalán". ¿Llevaban razón entonces Rosa Díez y Carlos Martínez Gorriarán? Eso se desprende, cuando menos, de las alegaciones del presidente de Ciudadanos.

La vigencia del aforismo de Victor Hugo que Rivera ha adoptado como lema del partido, "No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo", tiene una insólita plasmación en Ciudadanos, que ha salido indemne de todos y cada uno de sus errores por tratarse, precisamente, de una magnífica idea, aunque no sé si tan buena como para seguir errando hasta el fin de los tiempos.

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