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Un amigo mío está indignado. La coincidencia, por llamarla de alguna manera, entre la decisión de la Fiscalía de la Audiencia Nacional de rebajar la petición de pena al etarra de Juana Chaos y el abandono por parte de éste de la huelga de hambre que venía manteniendo nos ha privado de un posible espectáculo que, de haberse llevado a cabo, habría sido como mínimo memorable.
Y es que, como sabemos todos, los progresistas, en particular la rama intelectual y la de los titiriteros subvencionados, se ha venido manifestando en estos últimos años por las causas más diversas. Recordamos el famoso lema del Nunca Mais (al Partido Popular) en Galicia, el apoyo a Sadam Hussein o la negativa a condenar el terrorismo etarra en la gala de los Premios Goya del año 2004, que vino a ser una expresión de apoyo a los asesinos. (Es de suponer que les agradecían la benevolente protección demostrada durante tantos años en el Festival de San Sebastián.)
Pues bien, ahora la cuadrilla progresista, encabezada por Alejandro Amenábar y alguno de los Bardem, quiero decir los fautores de aquella película que elogiaba el suicidio y por tanto la práctica de la eutanasia como el ápice de la libertad, ya no podrán manifestarse en el hospital de Madrid para defender su causa, encarnada por este héroe que quiso morir, en pleno uso de su libertad y su arbitrio, por puro idealismo.
¡Qué pancartas nos hemos perdido! ¡Qué eslóganes! ¡Qué expresiones de indignación moral contra un gobierno socialista que impone por la fuerza sus criterios morales! ¡Qué apología de la autonomía, pero de la autonomía de verdad, la del individuo para hacer con su vida lo que desee! Y qué espectáculo habríamos contemplado viendo a los progresistas subvencionados argumentar frente a los etarras, deseosos de salvar la vida a su colega –al igual que el gobierno–, que la libertad que ellos defienden es de un valor superior a la defendida por los nacionalistas...
Estamos llegando a tal extremo de sinrazón en la vida pública española que la indignación de mi amigo, que en cualquier otro país no pasaría de ser un sarcasmo, cobra aquí una dimensión verosímil.
Ángel Acebes ha hablado, con razón, de que el partidito que disputaron las selecciones de fútbol de las regiones catalanas y vasca es una metáfora perfecta del régimen al que aspira Rodríguez Zapatero. (Me parece que Acebes dijo España, pero eso ya no es España, es otra cosa.) Una manifestación a favor de la muerte voluntaria y la eutanasia ante el hospital donde el gobierno cuidaba con mimo a un asesino en serie a costa de los contribuyente y los demás pacientes, como si en los hospitales públicos hubiera sitio y recursos de sobra, habría sido la encarnación perfecta de una mentalidad –el nihilismo del progresismo español hoy en el gobierno– empeñado en seguir en el poder a costa de lo que sea, incluido el desmantelamiento de la nación, la demolición de la Constitución y el desprecio hacia la vida como la máxima expresión de la libertad.

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