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La ascensión de Montilla invita a un análisis en varias capas, existiendo el riesgo de que el fenómeno, como la cebolla, sólo consista en capas, en sugerencias de un núcleo de sentido que no existe. Para empezar, estamos ante una igualación formal de "los otros catalanes" –por usar la expresión de Paco Candel– con los catalanes restantes. Advertencia: más allá de espejismos, en la célebre dicotomía tiene más entidad el grupo "otros" que el implícito "unos" (los catalanes sin más).
Que la igualación sea formal no le resta importancia. Al contrario: José Montilla ha accedido con pompa y circunstancia a la cima institucional de la nación en eterna construcción, ha encarnado el sueño con el que pocos se atreven a soñar, ha coronado una cima que a Artur Mas le resulta inaccesible aun ganando elecciones.
El hecho ha provocado reacciones próximas al racismo entre grupos que parecían civilizados. A quienes conocen la irracionalidad congénita del nacionalismo "moderado", su aullido feroz, dolorido y amenazante nos sorprende menos. Presentaron su reacción tribal como una cuestión de legitimidades variables apoyadas en los votos de cada cual. (Su famoso DVD de campaña demuestra que llevan tres años cultivando amargura y frustración de modo montaraz). Han usado hasta ayer una jerga democrática para negar las reglas democráticas, pues el hecho incontestable es que aquí gobierna legítimamente quien suma más escaños en la investidura, y punto.
Más capas. Los separatistas han propiciado, con su voto, lo anterior: la igualación de los otros catalanes y la desesperación de sus catalanísimos padres, arrojados –ahora sí, pues siete años es ya media generación– a la reconversión profunda o a la nada. Y apartados, en cualquier caso, de los centros de poder donde se administra un presupuesto descomunal y un sinfín de favores y prestigios. La Esquerra lo ha hecho por lógicas razones de posicionamiento político. Gobernando con CiU, la marca ERC estaría indiferenciada, por acudir a términos de marketing, que es, a fin de cuentas, de lo que se trata. Lo han hecho por las razones que sean, pero lo han hecho. Y con ello agrandan una paradoja que les persigue.
Figurillas mediáticas locales se han creído que van a poder instalarse en el paternalismo con José Montilla, recordándole a diario sus problemas con el idioma catalán. Uno cree acorralarle en "la ràdio nacional de Catalunya" con urgencias de clases particulares. Otro le arroja una columna desde La Vanguardia culpándole del fin de la ese sonora.
Como apparatchik profesional de una formación de hecho leninista, él agacha de momento la cabeza y se declara el más humilde servidor de Cataluña. Que se preparen. Nadie sale de las zahúrdas socialistas del Baix Llobregat para hacerse con todo el poder –primero en su partido y luego en su comunidad– sin poseer ciertos rasgos. Se enterarán las figurillas el día que lleguen a su despacho y les hayan cambiado la cerradura.

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