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Columna publicada el 20-08-2002
“Pude haber sido un santo, fui un verdugo”: sella el endecasílabo de Borges la identidad ambivalente del Inquisidor. Y, más allá, la, monstruosa, de aquel que apuesta por ponerse en el lugar del absoluto. Y mantener el envite.
Abú Nidal no fue un revolucionario; fue un sacrificador. La revolución está hecha de inmanencia, y su absoluto es, si acaso, metafórico. El absoluto del jefe de esa extraña secta llamada Al Fatah (Consejo Revolucionario) vivía en un absoluto para el cual cualquier analogía sería traición no graciable; un absoluto al cual rinde liturgia y ceremonia cada gesto, un absoluto que no admite de sus fieles otra oblación que la muerte. Que, al fin, su organización (no, no su organización, su secta) fuera, con exactitud, un clan de asesinos al servicio del postor más alto, nada cambia de esa intuición mística. En el servicio fiel del absoluto, bien y mal se intercambian, todo valor se transubstancia y no hay ya más horizonte que el de la paradoja, que el vértigo de la acción hace girar sin fin. En el absoluto del sacrificador (aquel que da muerte sagrada), sólo hay la acción (el sacrificio, el propio como el ajeno) o la nada. No existe, tal vez, ascética tan depurada como ésa: existir es aniquilar. El resto, absurdo. Algunos llaman a eso nihilismo. No discutiré el nombre. Bajo muy diversas etiquetas y máscaras, fue la única aportación del siglo XX a la historia de las religiones.
Mató. Otros quizá mataron tanto. O más. Tal, su gemelo odiado: Yassir Arafat; el triunfador respetable frente al perdedor envilecido. Porque Nidal no hizo otra cosa que perder batallas. Frente a sí mismo, las más de las veces. Y envilecerse en cada una de ellas. Y forjarse una santidad de ciénaga, al menos tan legendaria como la fofa de Estado que el corrupto presidente palestino ejerce.
Matar no es nada. Todo hombre sabe hacerlo, llegado su día. La santidad (o el infierno) consiste en matar por matar, sin justificación, sin coartada, sin retórica reivindicativa, en el más empecinado de los silencios: el de aquel que posee la clave del secreto. La santidad (o el infierno) cifra su clave en matar bajo cualquier revestidura, bajo cualquier bandera o firma. Porque, al fin, el absoluto sabe siempre reconocer a los suyos en el misterio. Por eso es absoluto. Y cualquier otro reconocimiento es, para el fiel, vanidad y ceniza.
Abú Nidal vivió en el absoluto. En la muerte (no existe otro absoluto para la pobre, abismal, mente humana). La política era cosa de su hermano gemelo y tan odiado. Arafat mercadeaba con millones de petrodólares y cadáveres, mercadeaba, sobre todo, con palabras, esas curiosas herramientas, mediante el uso de las cuales pueden representar los hombres el exacto contrario de aquello que hacen. La muerte que Abú Nidal administraba exigía la ausencia de justificaciones. Era muerte: todo. Que fuera el sacrificado un diplomático israelí o un dirigente palestino (Arafat incluso, aunque fallara el atentado), que fuera un anónimo grupo de turistas o bien varias decenas de los dirigentes de su propia organización, nada dice. Que tantas veces, en las dos últimas décadas, lo hiciera a sueldo de aquel que pagase lo convenido, revela aún menos.
Fue el sacrificador. Digo fue, si es que es cierto que esta vez ha muerto. Aunque eso, a decir verdad, poca importancia tiene. El absoluto siempre acaba por hallar a sus más puros oficiantes.

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