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¿El euro ha sido beneficioso para España? ¿Lo será a largo plazo? Son preguntas que debemos hacernos con la mayor objetividad posible.
El euro, con la dosis añadida de credibilidad que le ha concedido a los empréstitos exteriores, ha abierto un mundo nuevo a la financiación exterior; especialmente en un país que ha alardeado de equilibrar sus cuentas públicas mientras los demás se dejaban ir por la pendiente de la deuda. Resulta curioso que este aumento de credibilidad de España se haya traducido en, como se ve en el gráfico, "un abuso de confianza": España ha aprovechado ese plus de credibilidad para endeudarse mucho más que con la moneda anterior –hasta un 10% de PIB anual– frente a los déficits del 4% que provocaron las anteriores crisis devaluatorias de la peseta.

La devaluación corrigió el desequilibrio las dos veces, como se ve en el gráfico. Ahora no disponemos de ese mecanismo de ajuste. De hecho, el euro se hizo para eso: para eliminar ese remedio, supuestamente vicioso, y así obligar a los países a reformarse internamente, lo que parece que impedía la vía fácil del ajuste cambiario.
Pero ¡ay! no se han cumplido los buenos pronósticos: España no ha usado el periodo de gracia concedido para reformarse estructuralmente, pues los políticos en el poder han optado por centrarse en los votos de las siempre inminentes elecciones de turno... y el que venga atrás que arree. Sí, Aznar logró milagros con las cuentas públicas –ayudado por la bajada de tipos de interés y el crecimiento de los ingresos fiscales–, pero en los mercados no; ejemplo claro de esta derrota es el famoso "decretazo" que dejó morir el Gobierno ante unos sindicatos muy poco representativos.
España asumió deudas exteriores para financiar la construcción de viviendas, lo que en principio no era malo –pues había un déficit de oferta y de calidad de casas– pero se endeudó –familias con bancos y bancos con el resto del mundo– hasta alcanzar una posición inversora neta del 80% del PIB (solo por detrás de Grecia y Portugal), mientras las casas subían descontroladamente de precio. Ahora, el pago de intereses de esa deuda al exterior nos cuesta un 3% del PIB. De ahí que por cualquier intento de nuevo endeudamiento nos cargarán intereses mayores.
Entonces, ¿el euro ha sido positivo o no? La moneda única es irreversible por la enorme pérdida de credibilidad que supondría nuestra salida. No es que haya sido bueno o malo, es que lo hemos desaprovechado. No se ha cumplido el cambio de cultura económica que se suponía debía impulsar, tal y como algunos pronosticamos. Ahora bien, paradójicamente, el euro se ha hecho imprescindible: salir del sistema nos costaría infinitamente más que admitir el duro ajuste que nos tocará sufrir. Para lograrlo hay que cambiar los precios relativos internos/externos: en otras palabras, el coste laboral unitario comparado ha de recuperar la competitividad perdida. Y para eso hace falta moderación salarial y más productividad. Se dice pronto, pero sabiendo lo que ha costado moverse en esa dirección con anterioridad, podemos apenas imaginar lo difícil que será en un contexto depresivo/deflacionario. Afortunadamente, parece que el BCE ha reaccionado ya a estos temidos riesgos y está insuflando liquidez con mayor decisión que antes: los tipos de interés van a bajar. Todo esto debería ayudar a suavizar el ajuste y jugar a favor de que la parte laboral aceptase la necesidad de una reforma pendiente desde la llegada de la democracia. Pero la historia es clara al señalar que no es fácil vencer las resistencias seculares y el lamentable estado de liderazgo que padecemos no contribuirá a facilitar el ajuste.
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