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Mala pinta

La teoría más plausible es la que sostiene que Puigdemont es visto por ERC y la CUP como un cagón infame a quien no tienen más remedio que respetar.

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Confieso que no tengo claro a qué género pertenece la atorrante película independentista que se exhibe en sesión continua e ininterrumpida en todos los noticiarios del país. Tras la espantada de Puigdemont parece una screwball comedy con ambientación circense. "Circo catalán en el corazón de Europa", titulaba Die Welt el miércoles pasado en Alemania. "El circo de Puigdemont pasa por Bruselas", decía Le Dauphiné Libéré en Francia. "El circo español se traslada a Bélgica", resumía el flamenco De Staandard. A juzgar por esos tres ejemplos no parece que la pretendida internacionalización del conflicto les esté saliendo tan bien como ellos pretendían. Antes fue un documental de familias divididas y amistades rotas. A partir del jueves se convirtió en un drama carcelario. Lo que no sé es si cabe atribuirle dosis de intriga.

¿Hay algún pacto desconocido entre el prófugo Puigdemont y el recluso Junqueras que no conozcamos? ¿Los cuatro exconsejeros que se escabulleron en Bélgica de la acción de la justicia -dos de ellos de ERC y una de la facción más arriscada de la ANC- fueron víctimas de un ataque de canguelo penitenciario o siguieron las instrucciones de un plan preestablecido? ¿La súbita disolución de las brigadas callejeras que debían haber protegido con murallas humanas las instituciones de la República respondió a criterios de deserción o de estrategia calculada? ¿Fueron tan listos de prever lo que iba a pasar y tenían preparada la respuesta de antemano o fueron improvisando de mala manera la mejor forma de salir de un atolladero que les pilló por sorpresa?

Si la conclusión fuera que todo responde a un plan maestro habría motivos adicionales para preocuparse porque significaría que los independentistas saben dónde están y adónde se dirigen. Sin embargo, no parece que sea el caso. Las crónicas que relatan lo que sucedió en la Generalidad los días 26 y 27 de octubre describen a un Puigdemont de criterios cambiadizos, incapaz de mantener una decisión firme ante auditorios discrepantes, y corroído por el miedo personal a acabar en la cárcel. La noche del 27 durmió en Perpiñán y al día siguiente, tras el almuerzo televisado en Gerona, lo hizo en Marsella camino de Bruselas. Su actitud no fue la de un protomártir del independentismo catalán, sino la de un cobarde que quería salvar el culo con la embellecedora excusa de defender el procés en el corazón de Europa.

La teoría más plausible es la que sostiene que Puigdemont es visto por ERC y la CUP como un cagón infame a quien no tienen más remedio que respetar, de puertas afuera, dada la presunta condición de presidente legítimo de la Generalidad disuelta por el Gobierno. Dicen los más avisados que Junqueras dejó de dirigirle la palabra el día que amagó con convocar las elecciones autonómicas que le reclamaba Rajoy para detener la aplicación del 155 y que el entorno de Anna Gabriel se ha juramentado a no participar en ninguna aventura política que le utilice como mascarón de proa. Por eso sorprende tanto que el PDeCAT apueste por él como cabeza de lista para las elecciones del 21-D. Es la peor opción para hilvanar una candidatura conjunta y, sin embargo, la más difícil de repudiar de cara a la galería.

Todo indica que entre los independentistas ha comenzado el juego de ver quién asume el precio de aparecer ante la opinión pública como el culpable de romper la unidad de acción que, mal que bien, les ha traído hasta aquí. A nadie le apetece comerse ese marrón pero, al mismo tiempo, todos asumen que se trata de una ingesta inevitable. Antes de decidir cómo han de gestionar la situación sobrevenida, cada actor quiere saber cuál es grado de protagonismo que le asigna el electorado. ERC quiere crecer atrayendo a los más duros de la antigua Convergencia, a los más pragmáticos de la CUP y a los más audaces de los "comunes". Alrededor de la fortaleza de su liderazgo pivotará la nueva estrategia. El hundimiento de sus socios investiría a Junqueras como caudillo indiscutible de la nueva etapa.

Luego, cuando el escrutinio electoral determine el reparto de fuerzas, el nuevo hombre fuerte de la situación valorará el tamaño de la próxima batalla. No es lo mismo para él tener el respaldo de la mayoría absoluta del nuevo Parlament que no tenerlo.

Las encuestas que conocimos ayer dejan en el alero esa incógnita, pero coinciden casi al decimal en que bastante más del cincuenta por ciento de los electores catalanes se congregarán en torno a cuatro formaciones políticas que comparten otras tantas reivindicaciones esenciales de cara a lo que nos aguarda en el futuro inmediato: la legitimidad del Gobierno depuesto, el derecho a decidir, la libertad de los presos políticos y la anulación del 155. El 53,7 % (78 escaños) respalda esas tesis según La Razón y el 54,3 % (77 escaños) según La Vanguardia. A eso es a lo que habrá que hacer frente, en el mejor de los casos, el 22-D. Los defensores del Régimen del 78 se quedarán diez puntos por debajo y tendrán 20 escaños menos con los que dar la cara. La cosa no pinta bien. Que nadie diga después que no estábamos avisados

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