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¿Por qué nos ha mentido tanto, Presidente?

La mentira como método.

La ya célebre pregunta de Carlos Alsina a un Pedro Sánchez desencajado y acostumbrado a entrevistas-masaje en sus medios adeptos, ha quedado como un grito en la historia radiofónica cuyo eco resuena en la cueva negra de la democracia a la que han convertido España, volviendo una y otra vez a nuestra memoria casi a cada declaración pública.

La última, su huida hacia adelante presupuestaria en pleno hundimiento del Titanic y con toda su orquesta de ministros tocando (cada vez más desafinados) la melodía de Cerca de ti, yo quiero estar (aunque algunos de ellos rezarían por alejarse nadando, si supieran a dónde o con quién). Fue en el encuentro ante el Círculo de Empresarios de Cataluña -cita obligada ante quienes los líderes de ambos partidos mayoritarios van a rendir pleitesía, a contar sus estrategias, y a pedir permiso, si me apuran- cuando el héroe del Manual de Resistencia se sacó de la manga un nuevo conejo de la chistera: lejos de reconocer el absoluto fracaso y la grosera mentira de que, una vez más, este Gobierno no presentará Presupuestos en 2026, tal como prometieron y se comprometieron una y otra vez hasta prácticamente antes de ayer, lo convierte en un positivo acto de fe al anunciar que se inician los trabajos para la elaboración del Presupuesto 2027. Y lo hace, además, como demostración de su férrea voluntad de culminar la Legislatura ("hasta el 27 y más allá", grita nuestro particular Buzz Lightyear ante su enfervorecida parroquia) y despejar cualquier duda sobre un posible adelanto electoral.

El mismo hecho de que un Gobierno pase por su tercer año sin presentar proyecto de Presupuestos Generales del Estado ante las Cortes es ya una anomalía democrática muy difícil de digerir, hasta el punto de ser motivo por triplicado más que suficiente para presentar cuestión de confianza o convocar elecciones. De hecho, se producen dudas incluso de legalidad constitucional, puesto que presentar ese proyecto es una obligación recogida en nuestra Carta Magna, y España vive con unos presupuestos tan pero tan prorrogados que fueron aprobados por unas Cortes elegidas en la pasada legislatura, y sin el visto bueno de los representantes actualmente elegidos por la ciudadanía.

Pero más asombroso aún resulta que alguien pueda tragarse, ni remotamente, el nuevo anzuelo lanzado por Pedro el Pescador (aunque intente acercarse al Papa). No, tampoco será capaz de presentar Presupuestos en 2027, por la sencilla y doble razón de que sus socios de Gobierno tienen intereses, visiones y proyectos no distintos, sino antagónicos, con lo que resulta imposible ponerlos de acuerdo para un proyecto común; y al mismo tiempo surge la necesidad de supervivencia ante la inminente convocatoria electoral (no solo de generales, sino de municipales y autonómicas) de alejarse del zombi político al que cada vez se parece más el PSOE: como el personaje de El Sexto Sentido, está muerto aunque él no lo sepa.

Y lo cierto es que, sin Presupuestos, el margen de maniobra para la negociación política se acorta drásticamente en un Congreso donde ya está dinamitado el denominado Bloque de Investidura. Y un buen ejemplo es Canarias: la única justificación para el apoyo -aunque sea puntual y con cara de tragarse una tortilla de sapos en cada votación- de Cristina Valido es el cumplimiento de la denominada Agenda Canaria, y si eso no se ve reflejado negro sobre blanco en un compromiso presupuestario, es como tener tos y rascarse la nariz. De acuerdo que el voto de CC no es decisivo (otro gallo nos cantaría si lo fuese, y contase con los mismos escaños que PNV, Junts o Esquerra), pero es sintomático de lo que ocurrirá en otros territorios, donde Más Madrid, Compromís o Bloque Nacionalista Galego también se la juegan en las autonómicas y locales.

"Me asombra que te asombre", me dice un avispado amigo cuando le cuento mis cuitas. Y tiene toda la razón: en la actual política, han convertido la mentira simplemente en un modo distinto de alcanzar tus objetivos. Y como los partidos se parecen cada vez más a sectas sin el menor espíritu crítico (y pobre del ingenuo que aún lo intente), sin capacidad de cuestionar las decisiones mesiánicas de sus líderes, pues no solo no se castiga electoralmente la mentira, sino que se defiende con ardor guerrero por toda la inmunda escala de mandos, incluso a sabiendas de que lo es.

No. La verdad, no es esta la peor, ni la más grande de las mentiras del presidente. Sumidos como estamos en un lodazal de corrupción y con el agravante de la abyecta y repugnante utilización de todos los resortes del Estado al servicio de salvar o al menos, sobrevivir a estos escándalos (las cloacas cuya actuación ya no pueden negar ni ocultar, por muy de Pepe Gotera y Otilio que parezcan), esta última de Pedro Sánchez es apenas una mentira piadosa. Lo preocupante, lo verdaderamente preocupante para este país, es que de verdad haya aún tantísima gente dispuesta a creerle, contra toda evidencia.


Jose Alberto Díaz-Estébanez | Periodista y Diputado en el Parlamento de Canarias

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