
Solo un año después de apagar el último de sus reactores nucleares, Taiwán se ha sumado al club de los países arrepentidos de abandonar la energía nuclear. El Partido Democrático Progresista prometió el plan de cierre, que culminaría en 2025, tras el accidente de Fukushima, el detonante también de giros antinucleares como el de Angela Merkel. Sin embargo, el creciente consumo de energía en la isla, la dependencia energética y la necesidad de aumentar la energía baja en carbono han llevado al Ejecutivo a revocar la decisión.
La isla llegó a contar con seis reactores, que se conectaron a la red entre 1977 y 1985: los de las plantas de Chinshan (clausurada en 2019), Kuosheng (cerrada entre 2021 y 2023) y Maanshan, cuyo reactor 1 cerró en julio de 2024 y el último, en mayo del año pasado. Con un mix energético basado sobre todo en los combustibles fósiles (gas natural y carbón suponen un 80% de la generación de electricidad) y un riesgo real de apagones (la isla ha sufrido caídas de la red relevantes en los últimos años), la decisión de volver a la nuclear se apoya sobre todo en la necesidad de una mayor independencia energética: un tercio del gas natural licuado, que produjo el 47 % de la generación eléctrica de la isla, procede de Qatar, mientras que cerca del 70 % del petróleo procede de Oriente Medio. En su día, la nuclear llegó a suponer el 19% del mix.
La eléctrica estatal Taipower ha solicitado ya las autorizaciones necesarias para reencender los últimos reactores apagados, según confirmó hace unas semanas el propio presidente taiwanés, William Lei. En el caso de Maanshan, la fecha barajada para el reencendido es 2028 tras una revisión de la seguridad de sus instalaciones. Si los equipos permanecen en buenas condiciones y no requieren grandes inversiones, la reapertura podría acelerarse, señaló el Ejecutivo. Cuando la central operaba a plena capacidad, los dos reactores generaban entre el 5,5 % y el 6 % de la electricidad total consumida en Taiwán.
Se da la circunstancia de que los reactores de Maanshan son de una tecnología idéntica a los españoles de Ascó y de Almaraz: reactores de agua a presión (PWR) diseñados por la estadounidense Westinghouse del modelo WH 3LP. Y mientras en Taiwán van a intentar encenderlos un año después de que se desconectaran de la red, en España el futuro de la planta extremeña aún es incierto. Las propietarias han solicitado una prórroga de tres años, que ahora estudia el Consejo de Seguridad Nuclear y sobre la que tendrá la última palabra el Ejecutivo, que ha puesto de momento tres líneas rojas pero aún no ha desvelado si habrá cambio de rumbo. Mientras, desde el sector esperan que impere el sentido común y los trabajadores presionan para que la central, que da empleo a 4.000 familias, no se cierre, recordando el ejemplo de otra gemela de la central, North Anna, que operará 80 años, hasta 2063.

