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Ada o el ardor ciudadano

Mónica Vergara y Adán Colau pasaron por diferentes programas de Telecinco esta semana, demostrando distintos grados de competencia.

Rosa Belmonte
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Ada Colau llamó criminal a un representante de la banca e inmediatamente se convirtió en una estrella, algo natural en nuestra cultura de usar y tirar. El sábado fue a El gran debate y acabó comiéndose con patatas a las fieras que le echaron. Aunque no perdemos de vista la imposibilidad de discutir en la tele actual, como sostenía Pierre Bordieu, la capacidad dialéctica de la activista por la vivienda es evidente. Visto lo visto, una se acuerda de Richard Dawkins cuando advertía: “Si te invitan a un debate con Christopher Hitchens, no vayas”.

Es verdad que la chica habla bien. Casi como Bibiana Fernández. Y eso atrapa más allá de la razón que uno tenga. Además, Ada, que no llega a los 40, tiene un aspecto normal, sin jerseys de bolas, sin kufiya. Fue al Congreso en representación de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (antes estuvo en V de Vivienda, el movimiento de 2006) y defiende la dación en pago, la paralización de los desahucios y los alquileres sociales, entre otras cosas razonables que requieren cambios legislativos. Es como si los acampados menos exaltados del 15-M se hubieran colado en la sacrosanta casa. “Este señor es un criminal”, dijo de Javier Rodríguez Pellitero, de la Asociación Española de Banca, que había intervenido antes. Lo más curioso vino cuando el presidente de la Comisión la riñó y ella no se desdijo. Que tendría razón el presidente, pero repetirle que había sido invitada pone de manifiesto la apropiación indebida que los diputados hacen de su condición de representantes. No tienen claro quién es el invitado y quién el anfitrión. La soberanía reside en el pueblo y bla, bla, bla.

Mónica Vergara, hija de Maika Vergara, se sometió el viernes al polígrafo de Sálvame Deluxe y nunca se han escuchado más “miente” de la boca de Conchita, la poligrafista. Las preguntas eran del tipo: “¿Estás dispuesta a cualquier cosa por trabajar en televisión?” o “¿Te consta que tu madre ha chantajeado a famosos y compañeros de profesión en alguna ocasión con material comprometido?”. Por supuesto, la madre muerta quedó a la altura del betún. Y ella, también. Los habituales estaban encantados. De todos los personajes satélites que han pasado por Sálvame Mónica Vergara (primero a rebufo de su madre y, luego, por ella misma) ha sido la más rechazada por la pandilla habitual. Por Mila Ximénez (“Ni siquiera Maika Vergara se merece una hija como Mónica”) pero también por los demás. Gracias a su hija, que ha removido el tema, Maika Vergara se ha desvelado para el gran público, que lo desconocía, como una persona y profesional poco recomendable. Gracias a la crisis económica, a la crisis política, a los desahucios, a los chorizos, a esos dinerales que ingresan legalmente los partidos del Estado, el tinglado que tenemos alrededor se ha desmoronado. Y Ada Colau es una que alza la voz, construye frases correctas y convence con sus argumentos frente a una parte de ese tinglado maligno. Hay quien habla de ella como heroína. Para reconocer a los héroes de hoy en día, Paul Johnson apunta tres cualidades. Primero, una absoluta independencia de pensamiento que surge de la capacidad de meditar todo por uno mismo y tratar el consenso actual sobre cualquier tema con escepticismo. Segundo, actuar “con determinación y coherencia”. En tercer lugar, ignorar o rechazar todo lo que transmiten los medios de comunicación, siempre y cuando sigan convencidos de que están haciendo lo correcto. Por último, actuar “con valentía personal en todo momento, sean cuales sean las consecuencias que esto depare”.

Aparentemente, cuadra. Pero mira luego nuestra bonita democracia. O Maika Vergara. Que luego se nos caen los palos del sombrajo.

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