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Miguel Ángel Revilla: populismo sabor anchoa

Revilla ha sido siempre un hombre fiel a un mismo ideario: el oportunismo.

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Miguel Ángel Revilla, expresidente de Cantabria, es el último grito en populismo en nuestro país, y amenaza con darnos el verano. Revilla se dedica desde que perdió las elecciones en 2012 a recorrer España vociferando pseudo conferencias en salas abarrotadas por jubilados ansiosos por oír sus medias verdades, tan enlatadas como las anchoas que le hicieron célebre. Dudo si los jubilados que acuden a oírle lo hacen por no tener nada mejor que hacer o por nostalgia. Digo nostalgia porque a buen seguro alguien de entre el público que hoy le oye ya le escuchó en sus años mozos, dado que Revilla -de 70 años de edad- fue de joven un enérgico delegado comarcal del Sindicato Vertical franquista, un activo impulsor de las ideas de Falange, y un charlatán incansable que impartió durante años con pasión la doctrina del Movimiento en innumerables conferencias.

Falangista cuando mandaba Franco, a partir un piñón con el PSOE mientras gobernó Zapatero, y supuestamente apolítico hoy día, precisamente cuando más repudio genera esta profesión... Lo que no se puede negar es que Revilla ha sido siempre un hombre fiel a un mismo ideario: el oportunismo. Tras las autonómicas de 2003, en las que su partido sólo logró ocho escaños, pactó con los 13 diputados regionales del PSOE un Gobierno respaldado por una coalición de 21 escaños frente a los 18 del PP. En las elecciones de marzo de 2008, cuando el partido de Rubalcaba estaba en máximos de popularidad gracias al gasto público sin control del zapaterismo, Miguel Ángel Revilla mostró su afinidad con los socialistas acudiendo a un mitin del PSOE en Santander para apoyar a Felipe González. Allí el auditorio le recibió mientras cantaba: "¡Ista, ista, ista, Revilla es socialista!".

Dice el refrán que "no hay mayor mentira que una verdad a medias" y en los recitales de Revilla solo hay medias verdades. Miento: también hay dosis enfermizas de un egocentrismo desmesurado. Escuchar a Revilla hablar de sí mismo, de cómo la gente abarrota espacios públicos para escucharle y de cómo "las grandes empresas energéticas como Repsol quieren silenciarle porque no les interesa que se sepa lo que dice" (sic) genera vergüenza ajena. Revilla es un narcisista de libro. Esto lo confirma tanto su adicción a los aplausos de un público a quien él llama "pueblo llano" -sea en un plató de TV o en un bingo de Benidorm- como el haber dejado a su mujer de toda la vida por su joven secretaria, con la que se casó y con la que tiene una niña de corta edad. Ya sé que este canje es poco original, pero los hombres vanidosos siempre se comportan igual.

Coincido sin embargo con Revilla al cien por cien en su amor por las anchoas de Santoña y las vacas pasiegas. Lo único malo es que Revilla no se atreve a decir en sus"conferencias" que con una economía de cuatro anchoas enlatadas –estos peces del Cantábrico son un bien escaso por definición- y cuatro vacas subvencionadas una región no puede aspirar a tener y mantener hospitales como los de Baviera u Holanda. Pero claro, decir eso supondría cosechar menos aplausos, y menos votos, y él no está por la labor. Una vez más, la vieja táctica del político español de no decir lo que no le gusta oír al votante, aunque nos hundamos todos. Populista, vanidoso, oportunista, charlatán de feria, egocéntrico, siempre mantenido con dinero público a Jose Bono le ha salido un competidor. Salgamos corriendo.

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