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De ratones, conejos y burros

El giro más tonto del desafío de los cubos fue el de Pamela Anderson, que no se sumó por las pruebas con animales que hacen los investigadores.

Rosa Belmonte
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Pamela Anderson | Archivo

Si una cosa ha quedado clara en la campaña del cubo de agua helada es que se han recaudado más tontos que cuartos. Eso sin contar los 1.500 litros que el avión anti incendios echó sobre el fotógrafo belga. Bueno, otra cosa que queda clara es que cada uno merece lo que tolera. Pero el rizo más bobo de todos es el dado por Pamela Anderson, destacado miembro de PETA. No se sumó a la moda viral porque fuera una gilipollez sino a causa de las pruebas que hacen los investigadores de la ELA. Que hacen pruebas con animales. Dice que la ALS Association ha financiado recientemente experimentos en los que se le perforaba el cráneo a ratones y los obligaban a correr en una cinta hasta que se derrumbaban de agotamiento. Ni que los ratones fueran Pixie, Dixie, Jerry (Tom es el gato), Speedy González o el de Susanita. Según Orwell, todos los animales eran iguales pero algunos eran más iguales que otros. Los ratones parecen menos iguales. También recordaba que inyectaron sustancias químicas en los cerebros y espaldas de monos para más tarde ser asesinados y diseccionados. Y asegura que el fracaso masivo es típico de los experimentos con animales. A saber qué pensará de Jeanette Winterson. La escritora se echó a la gente encima cuando tuiteó que un conejo se había comido su perejil y que ella se había comido al conejo (con foto del conejo desollado en la mesa de su cocina). Un ejemplo de lo que le dijeron: "Antes de dejar de seguirte, me haces vomitar. Nunca más voy a volver a leer una palabra que escribas. Descanse en paz el conejito".

Ana Rosa Quintana, durante su programa especial en Palestina, y ante el jaleo que se oía, dijo de pronto: "Se ha escapado un burrito y hay un lío aquí…". Cielos. Un burrito. Seré malpensada pero a mí eso no me parece tan inofensivo. Me acordé de los militantes de Hamas que hace meses ataron cargas de explosivos a un burro y lo dirigieron contra unos soldados israelíes. Cuando estos se percataron de lo que pasaba, le dispararon y el burro saltó en mil pedazos. Y, como contaba Quim Monzó en una columna reciente en La Vanguardia, en Afganistán los talibanes han usado burros bomba. Al principio de la segunda Intifada también se utilizaron. Recuerda Monzó el que apareció una vez en una calle de Jerusalén. Estalló pero sin más muertos o heridos que el pobre jumento. Los de PETA pidieron entonces a Yasir Arafat que no matase burros. Y remata Monzó con que en el Washington Post preguntaron al portavoz de la asociación si también mandarían al líder palestino una carta pidiéndole que no matase personas. La alucinógena respuesta: "No es asunto nuestro inmiscuirnos en guerras entre humanos".

Preocuparse por los animales está bien. Y como Joan Rivers ha dicho más de una vez, los perros son más fáciles de querer que las personas. Pero pertenecer a una organización capaz de preferir los burros a las personas (aunque a veces sean lo mismo) no parece muy razonable. El escritor y productor televisivo Jeff Valdez bromeaba sobre lo listos que son los animales: "Los gatos son más inteligentes que los perros: no es posible convencer a ocho gatos para que se pongan a tirar de un trineo en medio de la nieve". Yo creo que si insistimos ponemos a Pamela Anderson a tirar de un trineo.

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